Primavera

Así es como nos afecta psicológicamente el equinoccio de primavera

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La primavera ya ha arrancado. Desde el pasado viernes 20 de marzo, el cambio de estación es oficial, aunque no todo el mundo lo esté viviendo igual. Hay quien lo nota enseguida, sobre todo por las tardes más largas o por que el calor del sol ya se nota a ciertas horas del día. Pero también hay otra cara, menos evidente, que se siente más por dentro. ¿Cómo nos afecta psicológicamente el equinoccio de primavera?.

Lo normal es que muchas personas se sientan estos días más cansadas, que duerman peor o que tengan una sensación de no estar del todo centrado, y aunque muchas veces no se piensa que tenga relación con la primavera, lo cierto es que sí qu ela tiene. De hecho, no es una coincidencia, dado que el cuerpo  también cambia con las estaciones, igual que lo hace el entorno. Y justo en estos primeros días es cuando más se nota ese pequeño desajuste, esa especie de “recolocación” interna que no siempre resulta cómoda y que hace que sí, que el equinoccio de primavera nos afecte psicológicamente.

Cómo nos afecta psicológicamente el equinoccio de primavera

El equinoccio de primavera, que este año se produjo el 20 de marzo, es ese momento en el que el día y la noche duran prácticamente lo mismo. A partir de ahí, la luz empieza a ganar terreno poco a poco. Y esto, aunque suene muy técnico, afecta directamente al organismo. No es sólo una cuestión de horas de sol. Es cómo esa luz influye en procesos internos que no vemos, pero que están funcionando todo el tiempo.

De hecho, hay un concepto bastante estudiado que ayuda a entenderlo mejor. Se trata del trastorno afectivo estacional, o TAE. Normalmente se asocia al invierno, pero en los cambios de estación también aparece, aunque de una forma más suave o más difusa. No hace falta que sea algo intenso, sino que a veces se nota en detalles pequeños, como levantarte más cansado, notar que el sueño no es tan profundo o que te cuesta concentrarte más de lo normal. Cosas que, por separado, parecen insignificantes, pero juntas se notan.

Más luz, pero también más ajuste interno

Aquí es donde entra uno de los factores clave: la luz solar. Con la llegada de la primavera, los días se alargan y eso obliga al cuerpo a reajustar sus ritmos. Las hormonas que regulan el sueño y el estado de ánimo, como la melatonina o la serotonina, dependen en gran parte de esa exposición a la luz. Cuando cambia la cantidad de luz, cambian también sus niveles. Y ese proceso no es inmediato, sino que requiere de varios días de adaptación.

Los ciclos circadianos, que son los que marcan cuándo tenemos sueño, cuándo estamos más activos o incluso cómo funciona el metabolismo, se ven directamente afectados. Y hasta que se estabilizan, es normal notar ese pequeño caos. Hay quien lo describe como una especie de «bajón raro». No es tristeza exactamente, tampoco es falta de ganas. Es más bien una mezcla de cansancio y desajuste que cuesta explicar.

El cambio de hora llega justo después y lo complica un poco más

A todo esto hay que sumarle otro elemento que en España siempre aparece en estas fechas: el cambio de hora. Este año será en la madrugada del 28 al 29 de marzo, cuando adelantaremos el reloj una hora y aunque puede parecer algo menor, no lo es tanto.  Esa hora que se pierde se nota, sobre todo en los primeros días.  De hecho, muchos especialistas hablan de un pequeño efecto parecido al jet lag, que si bien no es tan intenso, sí que es suficiente como para que durante unos días haya más sueño, menos concentración o incluso algo de irritabilidad.

No todo el mundo lo nota igual, y ahí la genética tiene mucho que ver

Una de las cosas que más llama la atención es que no todos reaccionamos igual a estos cambios. Mientras algunos apenas lo notan, otros sí que pasan varios días con esa sensación de cansancio o desajuste. Parte de la explicación está en la genética. Hay personas que, por su propio ritmo biológico, se adaptan mejor a los cambios de luz o de horario. Por ejemplo, quienes tienden a madrugar suelen ajustarse antes a la nueva situación. En cambio, los que son más nocturnos pueden tardar algo más en encontrar ese equilibrio.

Luego están los hábitos, que también influyen bastante. Exponerse a la luz natural durante el día, mantener horarios regulares o cuidar el descanso ayuda a que ese proceso sea más rápido. Aun así, incluso haciendo todo bien, es normal notar algo, ya que el cuerpo no funciona como un interruptor que se enciende y se apaga de un día para otro.

Qué puedes hacer estos días para adaptarte mejor 

No hay una fórmula mágica, pero sí pequeñas cosas que pueden ayudar a que el cambio se lleve mejor. No hace falta hacer grandes cambios, más bien ajustar algunos hábitos.

  • Intentar mantener horarios de sueño estables, incluso el fin de semana.
  • Salir a la calle y aprovechar la luz natural, aunque sea un rato.
  • Evitar pantallas justo antes de dormir, porque alteran aún más el descanso.
  • No forzar el cuerpo más de la cuenta en estos primeros días.
  • Son detalles simples, pero marcan diferencia. Sobre todo porque ayudan al organismo a entender antes el nuevo ritmo.

Al final, todo esto forma parte de un proceso bastante natural. Ese cansancio, ese pequeño desorden en el sueño o en el ánimo, no es algo preocupante. Es el cuerpo adaptándose.

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