Opinión

Permiso para odiar

Permiso para odiar
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Odio el islamismo. También el comunismo, al jodido Maduro, el coñazo buenista que me dice que no puedo odiar. Por lo general tengo la puñetera manía de rechazar aquello que me pueda matar. El buenismo político, mediático e incluso académico ha inoculado en nuestra conciencia el chantaje de que, para ser un ser humano decente, no hay que odiar absolutamente nada. ¡Nada! Ni siquiera al Abouyaaqoub de turno que te venga a abrir en canal, y para eso han inventado la islamofobia. Islamofobia es lo usted padece si no tolera que las autoridades públicas ofrezcan ayuda psicológica a las familias de los terroristas de Barcelona mientras la de la mujer asesinada en Cambrils denuncia el más absoluto abandono institucional. Islamofobia es lo que usted padece si no concibe que un imán excarcelado reciba la indulgencia judicial contraviniendo una orden policial de expulsión a Marruecos. Como está prohibido odiar, lo más importante era que el moro salafista se pueda arraigar. Islamofobia es lo que usted padece si se niega a acatar la práctica del altruismo suicida con esta secta doctrinal.

A pesar de la imposición mediática pueril de estos días, yo puedo odiar lo que me da la gana porque no soy una hurí con un puto velo al servicio de un gañán del barrio de El Príncipe ni de un sultán. Yo elijo odiar a una doctrina en la que, religión y el Estado son lo mismo, y que plantea como indisociable la violencia y el dominio. Yo elijo odiarla porque la mujer es prisionera de la sharía y siempre ha sido menoscaba y cuando no, aplastada. Yo elijo odiarla porque el Corán promulga que su excelencia está en quien extermina a cristianos y a otros árabes. Yo elijo odiarla porque, incluso en su versión más moderada, es dogmática y tribal. La odio porque 518 de sus 3000 versículos recogen el castigo.

¿Por qué la opinión mediática no se ha cuestionado la conexión entre el integrismo y el proselitismo financiero y cultural islamista impuesto por PDeCat, Barcelona en Común y CUP nacional? ¿Su odio común hacía España, Europa, Occidente y las fuerzas de seguridad del Estado? El peligro no es la islamofobia. El peligro es Joaquim Forn, consejero de interior de Cataluña del PDCAT, que ante las cámaras de TV3 diferenció la sangre derramada. 109.633€ anuales por diferenciar a los catalanes de los españoles muertos. Como si se tratara de reses bovinas. Como si las víctimas catalanas fueran sus vacas de cruce para lograr su denominación de origen racista.

El peligro no es la islamofobia. El peligro es Pere Soler y Campins, quien semanas antes del atentado sustituyó a Albert Batlle, ex jefe de los Mozos de Escuadra por manifestar el primero su neutralidad política. Negó hasta en dos ocasiones la entrada a los TEDAX de la Guardia Civil en la explosión de Alcanar y de haberlo permitido, de haber relacionado el rastro de 109 bombonas de butano con el terrorismo salafista, de no haber confundido las páginas de la llamada a la yihad encontradas entre aquellos escombros con El Libro Gordo de Petete, el exterminio islamista de las Ramblas se podría haber evitado. No hubo negligencia, sino estricta obediencia de los Mozos a una autoridad política que ha permeado incluso dentro de la propia jefatura. Una autoridad política que ha simulado fusilamientos frente a cuarteles de una benemérita impía. ¿Entonces por qué hablamos de Islamofobia cuando las más salvajes consecuencias del racismo han sido exhibidas estos días por parte de los mandos catalanes? Sigan con el chantaje, pero a mí concédanme mi derecho a odiar en libertad.

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