BRASIL

El suicidio político de la derecha brasileña: un asalto a la democracia que refuerza al corrupto Lula

Lula da Silva
Asalto al Congreso en Brasilia.

El asalto a las sedes del Congreso, de la Presidencia y del Tribunal Supremo por parte de miles de seguidores de Jair Bolsonaro en Brasilia, exigiendo una intervención militar para echar al corrupto Lula da Silva del poder, certifica el suicidio político de la derecha brasileña, además de otorgarle a la izquierda un inapreciable material narrativo para erigirse como una supuesta víctima de la derecha más fanática y cerril. Un favor inestimable fruto de un movimiento violento y desesperado.

Los seguidores de Bolsonaro han cometido un salvaje atentado contra la democracia, como lo ha admitido el propio Bolsonaro desde Estados Unidos al condenar los hechos afirmando en redes sociales que «depredaciones e invasiones de edificios públicos como las ocurridas hoy, así como las practicadas por la izquierda en 2013 y 2017, escapan a la norma».

El ex presidente se refería al asalto al Parlamento estatal de Río de Janeiro por miles de violentos manifestantes de izquierda en 2013, al grito de «¡Ocupa y resiste!», al igual que la multitudinaria protesta contra el Gobierno del ex presidente Michel Temer en 2017 que terminó con el asalto de siete edificios ministeriales. Pero ya se sabe que la izquierda hace revoluciones y la derecha da golpes de Estado. Los primeros son buenos y los segundos son malos. Los primeros sirven para liberar a las clases oprimidas de su explotación, mientras que los segundos sólo buscan la subversión del orden democrático.

Si el presidente es de derechas, cualquier ocupación violenta de un edificio público es catalogada como simple asalto de «indignados» asentado sobre la legitimidad democrática del derecho a manifestarse, mientras que si hay un presidente de izquierdas gobernando como es el caso de Lula, cualquier ocupación de un edificio público será catalogada como intento de golpe de Estado, asaltos igual de condenables como los anteriores.

Capitolio

La comparación con el asalto al Capitolio en Washington de hace dos años tampoco tardó en llegar por parte de políticos, medios de comunicación y analistas. Pero hay tres diferencias importantes que, pese a que no sirvan para minimizar estos gravísimos hechos, por lo menos podrían invalidar los atisbos comparativos: Bolsonaro está en EEUU desde hace dos meses, por tanto al no estar en Brasil no se le puede acusar de incitar a las masas como sí se le acusó a Donald Trump; el Congreso tampoco estaba reunido en sesión plenaria, por lo que no se les puede acusar de intento de secuestro a los representantes de la soberanía popular, y todo ocurrió además con las instituciones cerradas por ser festivo.

Para la izquierda mediática y política todos esos detalles, que sin ningún género de duda son relevantes, no pueden empañar su narrativa dirigida a victimizar a Lula y a su gobierno a la par que se fustiga a Bolsonaro y a la derecha brasileña.

Otras de las consecuencias paradójicas vividas este domingo Brasilia han sido las reacciones de algunos líderes internacionales. Dos dictadores, como Nicolás Maduro (Venezuela) y Miguel Díaz-Canel (Cuba), no sólo salieron a defender a Lula sino que se permitieron el lujo de dar lecciones de convivencia y democracia. Así, el sátrapa venezolano, acusado por crímenes de lesa humanidad, «rechazó» la violencia de Brasil:

Por su parte, el dictador comunista cubano se atrevió a dar lecciones de democracia después de atesorar un largo historial de ejecuciones, desapariciones, asesinatos extrajudiciales, opresión a la disidencia así como a los periodistas:

Del mismo modo que la izquierda sale en tromba a condenar lo ocurrido en Brasil, mira hacia otro lado o vira su discurso respecto a la violencia que sus seguidores tratan de propiciar en Perú donde ya han muerto unas 30 personas y donde los seguidores del golpista ex presidente Castillo tratan de alterar el orden democrático.

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