Los arqueólogos, estupefactos: unas sencillas piedras halladas en tumbas de Panamá son en realidad esmeraldas traídas desde Colombia en el siglo IX
Un equipo de arqueólogos liderado por Julia Mayo Torné y Carlos Mayo Torné ha confirmado que unas piedras verdes halladas en las necrópolis de El Caño y Sitio Conte, en el Pacífico panameño, son esmeraldas traídas desde Colombia entre los siglos VIII y X. La revista Latin American Antiquity, de Cambridge University Press, publicó el estudio el 24 de abril de 2026.
Durante décadas, estas piedras pasaron por simples adornos de río, confundidas con jade o serpentina en los inventarios arqueológicos. El equipo, formado también por Alexa Hancock, Alfredo Campos, Eleicer Ching, Hanna Fernández y Hector Miranda, las sometió a microscopía óptica, fluorescencia de rayos X portátil, espectroscopía UV-Vis-NIR, FTIR y fotoluminiscencia para confirmar su verdadera naturaleza.
Cómo confirmaron el origen de las esmeraldas colombianas en Panamá
El análisis químico de las piedras reveló concentraciones de hierro, cromo y vanadio, los elementos que dan su color verde a las esmeraldas, coincidentes con las de los dos grandes cinturones esmeraldíferos de Colombia: el Oriental y el Occidental. Tres de las cinco piezas analizadas encajan con el cinturón Oriental y dos con el Occidental, según los datos geoquímicos recogidos en el estudio.
Las esmeraldas de El Caño no se parecen a las gemas pulidas y facetadas de la joyería actual. Son cristales hexagonales ásperos, en bruto o con el desgaste propio de un río, de tonalidad verde translúcida y semitransparente.
Algunas conservan marcas de perforaciones fallidas, otras aparecen incrustadas en figurillas de cobre y oro, y varias muestran señales de haber sido talladas o reparadas más de una vez, señal de que los artesanos preferían readaptarlas antes que desecharlas.
Los investigadores compararon además la técnica de tallado de estas piezas con la de otras esmeraldas de Colombia y Ecuador, agrupándolas según el tipo de perforación y la forma final de cada gema. Esa clasificación mostró que algunas llegaron a Panamá ya trabajadas desde origen, mientras que otras fueron modificadas de forma local, lo que confirma la existencia de talleres propios en El Caño capaces de intervenir sobre un material tan escaso.
Los investigadores descartan un contacto directo entre los mineros colombianos y los caciques panameños. Las piedras viajaron más de 700 kilómetros a través de selvas, ríos y costas mediante un sistema de intercambio escalonado, en el que cada grupo intermediario transportaba los bienes hasta el siguiente sin recorrer la ruta completa.
Por qué es importante el hallazgo de estas esmeraldas para la historia del comercio precolombino
El hallazgo obliga a adelantar varios siglos la existencia de redes comerciales de larga distancia en el área que hoy ocupan Panamá, Colombia y Ecuador. Las jefaturas asociadas a El Caño y Sitio Conte, activas entre los años 750 y 1000 después de Cristo, impulsaron ese comercio de bienes exóticos junto a la producción artesanal local de oro, cerámica y hueso.
El flujo de esmeraldas se detuvo de forma abrupta hacia el año 1000 después de Cristo. Los espejos de pirita y otros objetos exóticos dejaron de aparecer al mismo tiempo en los enterramientos de Gran Coclé, un cambio que los investigadores relacionan con el colapso de las redes de intercambio y una reestructuración política interna de las sociedades locales.
Los autores del estudio remarcan que la comparación tecnológica entre las piezas de Panamá, Colombia y Ecuador demuestra que algunas esmeraldas llegaron ya trabajadas desde su origen, mientras que otras fueron modificadas por los artesanos panameños tras su llegada al istmo.