El andamio del que se apropió Robert Moreno

robert moreno
Robert Moreno dirige un entrenamiento de la selección española.

Una imagen muchas veces vale más que mil palabras. Robert Moreno se subió esta pasada semana al andamio que Luis Enrique pidió con tanta insistencia en sus primeras semanas como seleccionador. La fotografía, simbólica a todos los efectos, nos habla de cómo la relación entre el otrora jefe y otrora trabajador se ha distorsionado hasta el punto de que Robert no va a seguir en la Federación.

El entrenador barcelonés de 42 años ha hecho todo lo posible por aferrarse a un cargo que sabía que no era suyo. Ha puesto a la Federación a los pies de los caballos no facilitando una salida que se daba por hecha si Luis Enrique decidía volver, ha obligado a Rubiales a contestar a un interrogatorio de 90 minutos, ha mandado a sus abogados a reunirse con la Federación en lugar de dar la cara y dio la espantada ante la prensa en el Metropolitano. Todavía hay gente que se enternece ante lo que le han hecho al pobre Robert.

Moreno no está familiarizado con el refrán de "es de bien nacidos ser agradecidos". En el último mes, su comportamiento ha distado mucho de ser el de un caballero o un amigo. Rubiales y Molina se callaron los motivos porque no quisieron dar más escarnio público sobre alguien que se ha aprovechado de la Federación dándose a conocer en el mundo del fútbol.

Hasta el 31 de octubre, las cosas entre Robert Moreno y la cúpula de la Federación iban sobre ruedas. La relación era transparente, hasta el técnico le había comentado en privado a Rubiales y Molina –el director deportivo de la RFEF– que Luis Enrique estaba mejor de la pérdida de su hija y que quizá podría dar el paso de volver.

Las cosas estaban atadas y bien atadas entre los tres implicados. Si Lucho decía de volver, Robert se echaría a un lado. El plan estaba claro, pero a Moreno le gustaba demasiado el Ferrari que le habían dejado en sus manos. No quería volver a pilotar un Opel Corsa y forzó hasta que se quedó sin ni una cosa ni la otra.

Luis Enrique confirmó a Rubiales en ese encuentro en Zaragoza a finales de octubre que estaba listo para regresar. El presidente le dijo que esperaría a después de los partidos que cerraban la fase de clasificación de la Euro 2020 para tomar una decisión. En medio de todo, Robert no estaba para nada contento intuyendo que el granadino cumpliría con su palabra para devolverle el bastón de mando a Lucho.

Moreno estuvo inseguro en estos últimos días como seleccionador. Quería marcar su propio estilo, dejar su sello y hasta se subió al andamio de Luis Enrique en un mensaje para navegantes. De esos comportamientos dieron parte gente cercana al ex técnico del Barça e inmediatamente decidió que Robert había traicionado su confianza. Ni iba a ser su segundo si Rubiales decidía que volviese.

En Cádiz, este pasado viernes, Robert se agarró a un viejo rito del Villarismo para forzar la situación un poco más. A sus próximos les recordó que una vez clasificado para la Eurocopa era tradición del anterior dirigente confirmar al técnico de turno para dirigir ese torneo. Robert sabía que Luis Enrique estaba al acecho y provocó esa pregunta. La Federación sacó a Rubiales ante la prensa y éste se mostró cauto.

Robert enloquecía. Veía el brillo en los ojos de Molina y Rubiales a la hora de hablar de Luis Enrique y cómo esa mirada no se iluminaba con su persona. Exigió a Molina saber qué iba a pasar con su futuro el domingo y éste no le podía confirmar nada. Moreno acudió a rueda de prensa calentito. Cualquier periodista en la sala se pudo percatar de que algo raro estaba pasando.

Al día siguiente, y sin novedades en el frente, Robert forzó las tuercas hasta el límite diciendo que se iba antes de que le echaran. Rubiales cogió el teléfono y confirmó que tenía la palabra de regreso de Luis Enrique y que éste no contaba con el seleccionador por su comportamiento en sus últimas horas como máxima autoridad del equipo nacional. El sueño se tornó en pesadilla para Robert Moreno. Se vio en la Eurocopa con un equipazo luchando por todo, pero se dio de bruces con una Federación que honró su palabra. La lección está clara para el catalán acudiendo de nuevo al refranero. "La avaricia rompe el saco".

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