¿Qué coño es la UE?

UE

Se acuerdan del «¿qué coño es la UDEF?» de Pujol. La frase es fea, pero su sonoridad es útil. Me sirve hoy, salvadas las distancias y la corrupción pujolesca, para mirar la última campaña de publicidad institucional de la Comisión EuropeaProtegemos lo que importa: nuestra democracia—. Tantos españoles se preguntan, ¿esto es la UE?

Tres carteles: medios libres; tu voz cuenta; ciencia libre. Y un eslogan tripartito, trinitario, casi litúrgico: Valórala. Dale forma. Protégela. Uno hace clic en el Escudo Europeo de la Democracia y se le queda cara de tonto. Bruselas nos avisa de que la democracia está bajo presión y nos invita a votar, a firmar peticiones, a poner en marcha iniciativas ciudadanas, a hacer voluntariado. Magnífico. Pero la pregunta sigue ahí, agazapada bajo el carrusel de imágenes corporativas: ¿de qué democracia hablan? ¿De qué amenazas? Y, sobre todo, ¿de quién viene la amenaza?

Hagamos el ejercicio.

¿La prensa? Está amenazada, sí, pero en la dirección contraria a la que la Comisión señala. Estos días, el Congreso —mayoría de PSOE y Sumar— ha suspendido cautelar e indefinidamente las acreditaciones de Vito Quiles y Bertrand Ndongo. El parlamento ha expulsado del Congreso a dos periodistas amparándose en una reforma del Reglamento aprobada ad hoc a finales de 2025, justo para poder hacerlo. La traducción es sencilla: cuando la norma incomoda al poder, se cambia la norma.

¿La libertad de expresión? Pregúntenle a Jon González. Ingeniero industrial, anónimo durante años, publicaba en X gráficos sobre pensiones, IRPF y poder adquisitivo. Datos del INE, de Eurostat, de la AIReF. Sin consignas. ¿Su delito?: Sus argumentos molestaban al gobierno, a La Sexta Xplica, a toda su prensa ensobrada. No le rebatieron los números: le buscaron la nómina. Una campaña coordinada por columnistas y dirigentes de la izquierda lo doxeó, ventiló dónde trabaja, escribió al jefe. La cuenta desapareció hace una semana. La persecución y el señalamiento del disidente son una de las formas más eficaces de acallar la réplica política. Se utiliza en España.

¿La ciencia libre? Vayamos a Irlanda. Enoch Burke, profesor de instituto, acumula más de quinientos días en prisión. Técnicamente, por desacato a una orden judicial. Pero el desacato deriva de una causa anterior: su negativa a usar pronombres they/them (tercera persona del plural) para una alumna. El matiz jurídico importa. No anula el fondo. El Estado irlandés ha encarcelado, una y otra vez, a un profesor por una disputa sobre el lenguaje. Cuesta menos contarlo que digerirlo.

Tres casos. Tres preguntas. ¿Dónde está la Comisión defendiendo a los periodistas a los que el gobierno español impide acceder al parlamento? ¿Dónde está su Escudo de la Democracia cuando quienes disienten son acosados impunemente —siempre desde la izquierda— en campañas en las que participan activamente los miembros del Gobierno? ¿Dónde quedan las proclamas sobre libertad de cátedra mientras un hombre pasa las Navidades entre rejas por negarse a acatar la gramática woke? El silencio es estruendoso. Y es lógico. La maquinaria de Bruselas no está ya en las cosas del comer. Esta última campaña publicitaria no apunta ahí. Apunta hacia un enemigo difuso —»injerencias extranjeras», «amenazas a las elecciones»— que permite gastar presupuesto sin incomodar a nadie del cártel.

Hay otra duda más. La campaña publicitaria gira en torno al Escudo Europeo de la Democracia. ¿Dónde está ese escudo cuando el Gobierno de España altera el censo electoral con un proceso de nacionalización masivo? Aquí no hay escudo ni riesgo para la democracia bruselense. Todo está bien.

Y mientras se imprimen los carteles, más allá de la burocracia de la UE, la realidad es otra. La Europa real no es la del eslogan. Es la del joven que cumple los treinta y tantos compartiendo piso porque la vivienda en propiedad se ha vuelto una quimera para quien no herede. Es la del trabajador con contratos encadenados que cotizan poco y cobran menos. Es la del agricultor castellano que ve entrar tomates marroquíes sin los controles fitosanitarios que a él se le exigen, y que ahora encima tendrá que competir con el vacuno del Mercosur, firmado por la Comisión contra el criterio expreso de Francia, España e Italia. Y es, sobre todo, la del trabajador industrial de Sagunto, de Tarragona o del Ruhr, que ve cómo se cierran plantas químicas, automovilísticas, siderúrgicas, porque la política energética de la UE —renovables a marchas forzadas, gas caro, electricidad cara, regulación asfixiante— ha hecho inviable producir aquí frente a Estados Unidos y a China.

Más aún, la inseguridad galopante que acosa los barrios españoles (los de toda Europa, en realidad) es un problema terrible y real. El escudo bruselense no llega a las víctimas de las manadas; no impide los crímenes cometidos por quienes llegaron ayer (en Cataluña, el 50% de la población reclusa es extranjera); no protege de los machetazos ni de las reyertas entre bandas latinas. La Comisión Europea no ha sacado ninguna campaña publicitaria por una Seguridad Social abarrotada por quienes nunca cotizaron, por quienes han venido a España para vivir de los subsidios. Para esto no hay infografías.

El aparato europeo no recuerda el apagón que sufrió España el 28 de abril del año pasado. España no tiene un sistema eléctrico capaz de sostenerse solo con renovables, aunque el Gobierno y la Comisión, verdes como las sandías, lo pretendan. En fin, que empiezan a fallar cosas que jamás pensamos que podían fallar. La UE no hace campañas sobre esto.

Y, sin embargo, los datos macroeconómicos siguen siendo, oficialmente, espléndidos. Mentira o, en su versión amable, maquillaje. El PIB crece porque crece la población, no porque seamos más productivos. El PIB per cápita, ese sí, lleva décadas estancado. El poder adquisitivo se erosiona. La presión fiscal aumenta por la puerta de atrás —vía no deflactación del IRPF— y por la vía de las cotizaciones sociales. Los ministros se carcajean en las tribunas. ¿Dónde está la UE en todo esto? En ningún cartel. En ninguna tarjeta. En ningún eslogan.

Conviene recordar de dónde venimos: la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, 1951; Euratom, 1957. El nombre lo dice todo: carbón, acero, energía nuclear. Industria. Energía. Soberanía productiva. Defensa. Aquello no era un think tank de comunicación: era un proyecto material para reconstruir un continente arrasado por la guerra a través de la economía real. Sobre fábricas, reactores, raíles y comercio. Sobre cosas que se pueden tocar y que dan de comer. La Unión Europea actual se ha convertido en otra cosa: un aparato burocrático que redacta directivas, taxonomías verdes, estrategias de género y campañas institucionales en infinitas lenguas, mientras la industria que la justificaba agoniza. La criatura ha devorado al padre.

La campaña Protegemos lo que importa es la metáfora exacta de esta deriva. Carteles bonitos. Mensajes vacíos. Una invitación amable a «participar». Mientras los problemas reales —vivienda, empleo, industria, agricultura, energía, fronteras— se gestionan a base de regulación añadida, fondos condicionados y silencios estratégicos cuando el Gobierno amigo aprieta a sus críticos. La democracia, Chesterton u Orwell manejaban una idea: las cosas más importantes deben dejarse en manos de la gente corriente. Esa democracia no se protege con publicidad. Se protege con un nivel de vida que permita a un joven emanciparse, con un trabajo que dignifique, con una industria que dé futuro, con un sistema eléctrico que no falle, con instituciones que defiendan al periodista incómodo aunque vote a quien no nos gusta. Lo demás es decorado.

Ese decorado va, de hecho, en dirección contraria. A la gente corriente le mandan esos eslóganes vacíos. Chorradas de efecto placebo. Mientras tanto, las cosas importantes las deciden en despachos oscuros las Von der Leyen, Mertz, Merkel o Sánchez de turno. Sirva como muestra aquel canciller alemán Schröder que, tras el boicot institucional a la energía nuclear alemana y europea, terminó siendo consejero de la gasista rusa. Curioso conflicto de interés que la prensa supuestamente libre jamás denunció.

Así que sí: vuelvo a la pregunta. ¿Qué coño es la UE? Cada vez tengo más claro que no es ya lo que dijo ser cuando nació. Los carteles, lejos de tranquilizarme, lo confirman.

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