Obituario

Obituario
  • Carlos García-Mateo

Ha muerto un hombre. Sería exagerado decir que nos ha dejado un héroe. Aunque, en cierto modo, lo fue bajo la idea de una heroicidad en zapatillas. Aquel ser hecho tras la última guerra civil europea (los españoles, siempre audaces en el matarse, la hicimos tres años antes que allende los Pirineos). Modelado por la vida, tras la destrucción. Las posguerras -lo enseñó el cine italiano de realismos en las calles romanas- excitan la inteligencia con su abrumadora energía, urgencia por inventarse. El hambre, simbólica y estomacal, crea la mejor literatura, el ingenio sensual por sus exigencias. Italia, hablando de los transalpinos, no era tan bella e ingenua como tras la contienda, todos aquellos vitelloni bailando sobre los cuerpos de casi medio millón de compatriotas. Pero volvamos al héroe caído. Crecido en el franquismo, boda franquista, pisito franquista, oficina franquista. También educación franquista, si bien sobrevolando el curioso principio de “cada maestrillo tiene su librillo”, se cinceló en las nociones de un cura maestro que acudía a las barriadas pobres todas las tardes, al salir de la escuela. Le llamaron a eso ‘conciencia social’.

El finado y su señora, urbanitas de provincias, salvaron ambos todas las brusquedades y apatías que cincuenta años procuran. También las estrecheces de un país que se decía ‘en vías de desarrollo’. Ella era mujer de su tiempo, acondicionada por un modesto pero buen trabajo en una caja de ahorros: el presentimiento de una existencia más o menos cómoda, bajo las certezas de la larga postguerra, alargada hasta 1989. Así, los severos años cuarenta y cincuenta fueron enterrados después de la visita del mandatario americano y la conversión del régimen en dictadura turística. Dinero, visitantes y paulatina adaptación generacional a los bordes del rancio sistema. Y cuando llegó la Constitución, España ya se había hartado de tocarse, de leer libros ‘prohibidos’ y de parecerse a las hechuras estéticas del régimen del General. La literalidad del sexo (los atribulados y la medianía intelectual lo llaman ‘género’), el sistema de relaciones, de afectos y desafectos, no estaba acogotado ya por ninguna ideología romántica. Tampoco por el autoritarismo actual, mucho más simulado y capilar, extendido cual manto de (mala) conciencia. La democracia incidía en esa cosa llamada ‘centro’, única manera de gobernar este apéndice, esta fortaleza al sur del continente. Entonces fue cuando el héroe en bata y zapatillas se miró al espejo y le dijo a su mujer que se veía ‘de centro’. Una compostura ya en pleno desgarro, gracias al denodado esfuerzo de un tal Zapatero.

Todo eso -los detalles de una vida- ha quedado en el olvido de esta nueva era, que los desprecia como el joven mata por ocupar, cultural y físicamente, el espacio que habitan sus antecesores. Hay un lazo paradójico desde la dura postguerra hasta el ahora, desmadrado en una novedosa reinvención del fascismo, criatura que se alza salvadora. Nuestro héroe, viejo régimen, anodina normalidad (puesto, casa, coche, hijos, felicidad y orden pequeñoburgueses) yace bajo el cielo estridente, voluble como un poeta feliz. Hoy, tiempo huidizo, en que ciertos valores se toman en solfa, quizás haya hecho bien en morirse.

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