La nefasta gestión sanchista es intencionada

socialista

La filósofa y escritora rusa, nacionalizada estadounidense, Alisa Zinóvievna Rosenbaum, más conocida como Ayn Rand, dejó escrito que: «No hay diferencia entre comunismo y socialismo, excepto en la manera de conseguir el mismo objetivo final: el comunismo propone esclavizar al hombre mediante la fuerza, el socialismo mediante el voto. Es la misma diferencia que hay entre asesinato y suicidio». Hace apenas un año, en el cierre del 41º Congreso Federal del PSOE en Sevilla, pudimos ver a Pedro Sánchez cantando la Internacional con el puño en alto, junto a figuras de su nueva ejecutiva como María Jesús Montero y Santos Cerdán: «Cambiemos al mundo de base hundiendo al imperio burgués. Agrupémonos todos en la lucha final y se alcen los pueblos por la Internacional», cantan a gritos. La Internacional fue el himno de la URSS desde su fundación hasta 1944 y refleja la esencia de la ideología comunista que pretende poner fin violentamente al capitalismo y a la democracia liberal. Socialistas y comunistas coinciden en este mismo objetivo y solo difieren en la forma de alcanzarlo. Por eso, su aplicación práctica siempre, en todo el mundo, ha tenido las mismas consecuencias resumidas en el dicho popular: tiempo de rojos, hambre y piojos. Los socialistas pretenden que haya muchos pobres que les voten.

El Muro de Berlín cayó cuando el imperio de la URSS se vino abajo, arruinado, tras décadas de matar de hambre a su población. Los cubanos llevan más de 60 años más pobres que ratas. El chavismo ha hundido en la miseria a una Venezuela rica en recursos naturales. Y en España, Felipe González dejó a más del 20% de los españoles en el paro, con una recesión económica del 1,1% del PIB y una inflación de casi el 5% anual. Zapatero tuvo que malvender casi un tercio de las reservas de oro que tenía en propiedad el Banco de España mientras negaba una crisis que nos dejó al borde de la intervención europea, con casi 5 millones de parados y noticias diarias sobre una prima de riesgo que se elevaba por encima de los 600 puntos, lo que provocaba que los intereses devorasen nuestro Presupuesto. No hace falta tener ningún superpoder para saber lo que va a pasar de nuevo en España si sigue gobernando un personaje que, como Pedro Sánchez, canta puño en alto la Internacional.

Ya se observa que todos los servicios públicos están colapsando al mismo tiempo que la recaudación de impuestos alcanza cifras récord. Los españoles no pueden llegar a fin de mes asfixiados por los altísimos impuestos y la desmesurada subida en el precio de los productos básicos y la vivienda, mientras los trenes descarrilan por el deficiente mantenimiento de las vías, la sanidad y la educación se desmoronan por la llegada masiva e incontrolada de inmigrantes ilegales y el presupuesto se dedica a contratar a prostitutas en las empresas públicas, a enchufar a inútiles con carné, o a pagar los chantajes que los golpistas catalanes y los recogenueces vascos exigen para permitir que Sánchez aguante unos meses más en la Moncloa.

En España la corrupción es transversal. Los grandes casos que han afectado al PSOE y al PP a lo largo de los años están más o menos equilibrados o, al menos, nadie puede afirmar que ninguno de ellos esté libre de esa lacra, aunque cada uno use la corrupción del otro en beneficio propio. En lo que sí existe una diferencia indiscutible entre ellos es en la gestión de los servicios públicos. Se puede afirmar sin la menor duda que el Partido Popular, con el esfuerzo de los españoles, nos ha sacado una y otra vez de las sucesivas crisis económicas en las que el socialismo nos ha hundido cada vez que ha gobernado. Y la diferencia está en la base y fundamento de ambas ideologías; mientras que liberales y conservadores permiten que más o menos funcione el mercado, el socialismo aún hoy sigue luchando contra el capitalismo y pretende destruir nuestro modelo social. Pedro Sánchez pretende arruinar España porque, además de gafe e inútil, es socialista.

Lo último en Opinión

Últimas noticias