OPINIÓN

¿Inmigración? ¿Qué inmigración?

¿Inmigración? ¿Qué inmigración?

Hemos sufrido, en poco tiempo, una riada mortal en Valencia, un apagón total sin precedentes en España, un aumento de crímenes violentos, choques entre inmigrantes y recién llegados en Torre Pacheco y un verano de incendios récord que aún no han cesado. La deuda pública alcanza el 103,48% del PIB, somos los primeros en paro juvenil en la UE (25,3%), la vivienda ha subido un 11,7% en el último año, período en el que han entrado ilegalmente en nuestro país unos 60.000 extranjeros. Pero no hay que preocuparse, que el gobierno está al mando: Sánchez comenzará el curso político con un acto sobre cambio climático y otro sobre feminismo. Esto es ir al fondo del problema.

Con Estados Unidos saliéndose del Acuerdo de París, Trump llamando «estafa» al cambio climático antropogénico y China representando el 35% del total de emisiones de carbono a la atmósfera, la influencia que puedan tener las medidas españolas en la lucha contra el clima es virtualmente nula, teniendo en cuenta que todo lo que emitimos en este país a la atmósfera es inferior al 0,5% del total.

¿Feminismo, en serio? Hasta que regrese el Reino de las Amazonas, España debe de ser el país más feminista del mundo, con su Guardia Violeta vocacional de charos para pararle los pies al patriarcado. Pero ni siquiera es original nuestro Pedro en esto de salir por peteneras y gobernar sobre absolutamente nada.

Es sabido que ocho de cada diez ciudadanos de la Unión Europea están hasta la coronilla de la inmigración masiva, y la situación es especialmente alarmante en Alemania, cuyos servicios sociales no dan abasto para atender a tantos refugiados de pega. Pues bien: en Colonia, una de las ciudades más azotadas por la criminalidad importada, donde está a punto de iniciarse la campaña de las municipales, todos los partidos salvo los apestados de Alternativa para Alemania han firmado un acuerdo formal para decir solo cosas bonitas sobre la inmigración. Palabra.

Imaginen unas elecciones en Ucrania en las que ningún partido mencione la guerra. No es el elefante, es el diplodocus en la habitación. Uno tiembla pensando en la aplicación de las directivas europeas para acallar las voces disidentes, que irán a más si no ponemos pie en pared (con una pequeña ayuda de los yanquis, no queda otra), cuando los propios políticos se ponen expresa y formalmente de acuerdo para evitar el tema que más preocupa a sus conciudadanos, a los que aspiran a representar.

No recuerdo qué autor venido del frío soviético advirtió del peligro de que la Unión Europea acabara convirtiéndose en una URSS sonriente. Lo clavó.

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