Iglesias y Sánchez, club portátil  

Iglesias y Sánchez, club portátil  

Quién iba a imaginar que en verano los políticos mintiesen el doble de lo que suelen hacerlo el año entero. Acaso este fenómeno se deba a que durante el estío los días son más largos y las neuronas de los  próceres, calcinadas por un sol abrasador, ya no rigen. Al andar con los fusibles fundidos sólo les queda el recurso de la filfa, en todas sus modalidades, para continuar embaucándonos. El ejemplo de club portátil que han montado en la sombra Iglesias y Sánchez tapa las miserias ideológicas de ambos y les permite reunirse en secreto cada vez que lo estimen oportuno. Por eso el club es portátil, porque han de cambiar constantemente de guarida con el propósito de introducir nuevas falsas promesas allí donde las viejas, fueron rechazadas.

Iglesias, que evita el trabajo por comodidad y busca enriquecerse de manera rápida pegando el salto final del suburbio al infinito, ahora le mendiga a Sánchez, otro vago en funciones que tal baila, un sillón en un gobierno inexistente. A pesar de sus desavenencias pactadas, yo creo que se siguen entendiendo a escondidas. Por algo comparten pésimos amigos y componendas con Otegui. Tampoco le niegan el caldo gordo a los golpistas, a los que les dan cuartel vez tras vez sin que les tiemble el pulso. Para los del club social S.A., ser demócrata consiste en alentar bandas de traidores. Su lema es otro plagio (pues pertenece a Artaud): “Amigos hasta en el infierno”.

Iglesias y Sánchez pueden fingir cuantas peleas se les antojen, que ya nadie cree a semejantes ganapanes. Sabemos que, según se vetan, se parapetan. Están de acuerdo en todo, incluso en los desacuerdos. Y disfrutan de idénticos delirios para sumar votos: sacar de la tumba al dictador y prometer indultos a tutiplén. Forman una piña con el puño en alto, aunque la comandita, mal blindada con aluminio enclenque, todavía no se ha enterado de la poca vida política que le queda. Hay que ser mendrugos como los fundadores de la secta del club portátil para continuar disimulando y negando que integran una alianza de impostores, por no llamarles bandidos.

Los dos grandes partidos de centroderecha habrían de esbozar un plan razonable que evite choques entre ambas formaciones. Si sus líderes Casado y Rivera luchan por lo mismo, no parece inteligente que anden a la gresca, más aún cuando sus enemigos comunes pretenden transformar nuestro país en la Venezuela de Europa. De infradotados para gobernar, como los del club y sus tropecientos compinches impresentables, estamos bien servidos. La idea de unir a quienes creen en España, aparte de ser una idea limpia, resultaría rentable electoralmente hablando, cara a un futuro. ¿O prefieren que el maniquí de Primark siga en Moncloa y el que viste al estilo trapero le exija un ministerio? ¿Ministro de qué, pedazo inútil?

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