Silencio, se mata
Mal año para ser zurdo. O comunista caviar. O socialista de gin tonic y pancarta. En apenas una semana, puede quedarse sin dos de sus dictaduras predilectas, Venezuela e Irán, las que han financiado sus desmanes políticos en forma de proyectos totalitarios, y que en España tomó cuerpo tras el 15M en forma de movimientos gangsteriles, uno ejerciendo de intermediarios de dictaduras, y otros, de receptores de fondos de las mismas. Ambos regímenes, uno narcopetrolífero y otro, teocrático, ejercen de vasos comunicantes del terror que ha contaminado Oriente Medio e Hispanoamérica, tutelados en su vasallaje a China y Rusia y desestabilizadores de toda democracia occidental desde hace décadas.
Ahora, bajo una administración norteamericana tan decidida como pragmática, donde la realpolitik se impone a ese constante «deeply concerned» ramplón y pusilánime de una Unión Europea que ya sólo sirve para prohibir derechos y enriquecer voluntades internas, el chavismo ayatolá será historia. Y justo aquí, cuando esa precisa historia se torna frágil, emergen las revoluciones que modifican su transcurso sin que sepamos cómo. Asistimos a un cambio en la geopolítica mundial que amenaza con una configuración diferente de lo que conocíamos. Y para bien. Maduro ya es historia y Jamenei pronto lo será. Lo veremos. Y lo que salga de sus detenciones y juicios será aún peor para todos aquellos que han defendido sus gobiernos de servidumbre y muerte y quienes se han lucrado de manera vil y abyecta de tanta sangre y terror impuesto.
Irán será la tumba del feminismo de mentira. Y el certificado de defunción de un tipo de periodismo que elige afinidades por encima de su capacidad de análisis. Los mismos profesionales de la información que ponían sus micrófonos a disposición de Hamás, guardan ahora la alcachofa para no contar lo que pasa en las calles de Teherán, constatando, como ya sabíamos, que ni eran profesionales ni informaban de lo que ocurre en el mundo. El «corresponsal» falsario es hoy el mayor enemigo de la verdad.
En Irán han salido a las calles los universitarios, cansados de represión y pobreza, a gritarle a Jamenei que su hora, y la de la teocracia asesina, ha llegado a su fin. Eso es rebeldía, y no lo que aquí hacen los subvencionados calimochos de la vagancia que pertenecen a ese soviet de herriko taberna llamado Sindicato de Estudiantes, cuyos responsables tienen los mismos años en el DNI que los que llevan en la universidad sin terminar una carrera. No están ahí para estudiar y aprender, sino para salir como caniches amaestrados a repetir las consignas que los esbirros del chavismo y los ayatolás les dicten, según convenga a la propaganda del día.
En esta misma España conformista, donde a las feministas de mentira y pacotilla les va de lujo reclamando derechos allí donde están protegidos, les vendría bien observar la valentía y descaro que las mujeres iraníes están ofreciendo al mundo. Mujeres jóvenes y mayores han inundado las calles de firmeza y esperanza, quemando el rostro del terror bajo el miedo que todo totalitarismo ejerce contra el que se revuelve. Y lo están pagando caro, muriendo ante el silencio de la charocracia de pancarta y las gritonas comunistas y vividoras de lo ajeno, cuyo tren de vida capitalista fue pagado por el patriarcado iraní -como por la narcodictadura bolivariana- al que tanto deben sus nóminas.
La hiprogresía mundial, y por encima de todas, la española, está dando una lección de lo que son y representan: zurdos con derecho a trinque y defensores de dictaduras a la carta. Porque su silencio, como el de ciertas periodistas de salón y té moruno, tan bien remunerado que justifica cremallera en boca, también mata. Si no fuera por internet y las redes sociales, el mal seguiría triunfando allí donde la izquierda aumenta su patrimonio. Todo ocurre por necesidad y discordia, como reclamaba Heráclito de Efeso en cuestiones de guerra. Y cuando se trata de luchar por la libertad, hace siglos que la izquierda está en el lugar opuesto, tanto como del lado bueno de la historia.
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