Magro, magistrado del Supremo: «Ha sido muy precipitada la puesta en marcha de los tribunales de instancia»
Magro rechaza pasar la instrucción a los fiscales: "No tenemos suficientes fiscales para esta reforma"
"Ha sido muy precipitada la puesta en marcha de los tribunales de instancia"
"Lo que pedimos es que se nos deje trabajar y que no haya interferencias. Perelló lo está haciendo muy bien"
Vicente Magro (Alicante, 1960) transita entre dos universos aparentemente irreconciliables: las salas solemnes del Tribunal Supremo, donde se dictan sentencias que marcan jurisprudencia, y las páginas de sus novelas, donde explora los anhelos más profundos del ser humano. Juez de la Sala de lo Penal, conoce como pocos la fragilidad de la existencia y la brutalidad de la que es capaz el hombre. Pero es precisamente esa cercanía diaria con la muerte —violenta, prematura, absurda— la que le ha impulsado a escribir sobre lo que permanece cuando todo termina: el deseo irrefrenable de no perder a quienes amamos.
PREGUNTA.- ¿Qué le llevó a escribir su novela Nunca me marcharé?
RESPUESTA.- Han sido tres grandes temas los que me han atraído para escribir novelas estos siete años: la posibilidad de regresar al pasado (tema de Expediente Ámbar), saber qué ocurrirá en el futuro (en Sé lo que vas a hacer), y la tercera, el contacto con personas fallecidas. Esta última novela surgió especialmente por una amiga que, sabiendo que iba a fallecer de una enfermedad terminal, me transmitió con absoluta seguridad que seguiría en contacto con su hijo, que quedaría solo tras haber perdido también a su padre. Esa convicción me impactó profundamente. El título Nunca me marcharé refleja esa necesidad humana de mantener el vínculo con los seres queridos más allá de la muerte, y cómo esa creencia puede hacer menos dolorosa la noticia de una enfermedad terminal.
P.- La novela aborda la inteligencia artificial y la posibilidad de crear «gemelos digitales» de personas fallecidas. ¿Ve esto como un problema ético?
R.- Sin duda. No sabemos dónde nos llevará la inteligencia artificial. Ya existen tres empresas en el mundo que fabrican hologramas digitales o «gemelos digitales». Funcionan así: una empresa trabaja seis meses contigo, conociendo tu forma de pensar, escribir y reaccionar, creando tu réplica digital. Cuando falleces, tu familia puede activar ese gemelo y hablar contigo. Esto plantea dilemas éticos profundos: ¿no sería más saludable asumir la muerte como parte natural de la vida, como decía Séneca con su frase «se nace para morir»? A veces es necesario aceptar que una persona ha fallecido. Sin embargo, muchas personas sienten que mantienen algún tipo de contacto con sus difuntos, aunque no suelen verbalizarlo. La novela explora ambas perspectivas.
P.- Su experiencia en la Sala de lo Penal del Supremo, ¿le ayuda a escribir estas novelas?
R.- Absolutamente. Vivimos diariamente con casos de asesinatos y homicidios muy graves. Debo señalar algo preocupante: he incluido en cuatro sentencias el concepto de «maldad humana». Los crímenes que se cometen en el siglo XXI son mucho más execrables que antes, con mayor maldad y frecuentemente bajo el disfraz de problemas psíquicos. Muchos acusados alegan enajenación mental, pero los forenses certifican que sabían perfectamente lo que hacían y el daño que causaban. Ahora la gente entra a robar en casas sin importarles si hay personas dentro, y las matan si es necesario. Esta brutalidad humana inevitablemente se refleja en mis novelas, donde siempre incluyo crímenes que hay que resolver.
P.- ¿Está la justicia penal preparada para estos nuevos retos de brutalidad y uso de tecnología?
R.- La delincuencia se ha incrementado dramáticamente, tanto en gravedad —crímenes, agresiones sexuales a mayores y niños pequeños— como en el uso de nuevas tecnologías e inteligencia artificial para delinquir. Por ejemplo, con las balizas obligatorias en vehículos, delincuentes están usando esa información para localizarlos y robarlos. La tecnología se creó para mejorar la vida humana, pero la delincuencia avanza al mismo ritmo y la aprovecha. Debemos estar preparados para esta nueva delincuencia tecnológica.
P.- ¿Qué cambiaría de la justicia penal?
R.- Necesitamos ser mucho más rápidos. La delincuencia que usa nuevas tecnologías es más veloz que nuestro sistema legislativo para adaptar las leyes. Deberíamos aprobar proyectos de ley inmediatos por trámite de urgencia cuando vemos que la delincuencia actúa de formas no tipificadas. No podemos esperar dos o tres años mientras la delincuencia opera con textos legales desfasados. También necesitamos mejorar medios materiales y humanos, y la tecnología judicial. No puede ser que la justicia sea la última administración pública en avances tecnológicos. Llevamos años hablando del expediente digital sin que se concrete. Un Estado de derecho sin buena justicia no es un Estado de derecho.
P.- ¿Cómo ve el tratamiento de las víctimas en el sistema judicial?
R.- Proteger a las víctimas no ataca la presunción de inocencia, son compartimentos distintos. La víctima es pieza esencial del procedimiento. Hoy en día existe la posibilidad de que declaren por videoconferencia, pero recuerdo tiempos donde solo se ponía una pantalla de madera entre víctima y acusado en juicios por violencia de género o agresiones sexuales. Las víctimas tienen derecho a tener miedo. No podemos pedirles que denuncien si luego deben sentarse a tres metros del agresor a relatar todo lo sucedido. No podemos convertir a las víctimas en héroes; son víctimas y el sistema debe protegerlas.
P.- ¿La Ley de Eficiencia va por buen camino?
R.- Faltan muchísimos medios. La puesta en marcha de los tribunales de instancia ha sido muy precipitada. Debería haberse contado más con comunidades autónomas, asociaciones judiciales y el Consejo General del Poder Judicial. La idea no es mala, pero debe hacerse bien, de forma ordenada y con todos los operadores jurídicos de acuerdo, incluyendo comunidades con competencias transferidas y asociaciones profesionales. Esto no se hace unilateralmente desde el Ministerio.
P.- ¿Qué opina sobre pasar la instrucción a los fiscales y recortar las acusaciones populares?
R.- Dejaría la instrucción como está, en manos del juez de instrucción. Aunque el sistema de instrucción fiscal funciona en algunos países europeos, no tenemos suficientes fiscales para esta reforma. El sistema actual funciona bien y el fiscal debe mantener su papel como parte acusadora, igual que la acusación particular o la defensa.
P.- ¿Se respeta desde la política el papel de los jueces?
R.- Debo transmitir un mensaje de confianza: los jueces somos absolutamente independientes. Actuamos según la ley y las pruebas. Los 5.000 jueces en España, ya sea en el Supremo, audiencias provinciales o juzgados de primera instancia, somos independientes sin ningún sesgo político o mediático. La justicia española es muy independiente. Hacemos un esfuerzo tremendo para resolver los asuntos en el menor tiempo posible, pero no todo depende de nosotros. Con mejores medios, instalaciones y leyes, funcionaríamos mucho mejor. Sólo pedimos que se nos escuche más y nuestras opiniones sean puestas en práctica.
P.- ¿Qué lecciones extrae de casos mediáticos como el del fiscal general o el procés?
R: El mensaje es confianza en la justicia. Trabajamos de forma seria y ordenada, según la ley y lo que consta en el procedimiento. El ciudadano es suficientemente inteligente para darse cuenta. No debemos estar contestando diariamente a críticas. La Justicia española es una de las más independientes del mundo, y eso debe generar tranquilidad.
P.- La ola de casos de corrupción, ¿indica un problema o que el sistema funciona?
R.- Que se investiguen casos demuestra que la justicia es independiente. Sólo pedimos que se nos deje trabajar sin interferencias. No es nuestra función hacer contestaciones y réplicas constantes. Que se abra un procedimiento no significa que alguien sea culpable; eso se determinará tras el juicio oral y las pruebas. Lo importante es no prejuzgar, no atosigar.