Es España, ¡estúpido!

Es España, ¡estúpido!

The economy, stupid’, fue el eslogan no oficial de la campaña con la que Bill Clinton se convirtió en presidente de los Estados Unidos. James Carville, su estratega de campaña, sabía que siempre hay un tema clave que condiciona mayoritariamente el voto. También en España, en todas las elecciones, ha habido una gran causa. Aquel partido que se posicione como el que mejor puede resolverla aventajará a los que se perciban como menos comprometidos o como un riesgo para esa preocupación social.

Así ganó la UCD, en 1979, cuando lo importante era culminar una transición pacífica y era quien mejor representaba la moderación para alcanzarla. Desde entonces, otros temas se han sucedido cómo ejes del debate: el cambio, la corrupción, la economía o la gestión y contragestión del 11M han inclinado el voto hacia el PSOE o el PP, según su posicionamiento en cada momento ante esos asuntos.

Y hoy, el gran tema que nos preocupa es España. Tal cual. Tras tantos años de necesitar el voto de independentistas o sus subvenciones, políticos y opinadores, acomplejados y temerosos de ofender a virreyes y caciques, sustituyeron la palabra España por “este país” o “el Estado español”, y elaboraron disparatadas teorías, a lo Groucho Marx, con aquello de nación de naciones, y otras creaciones literarias.

El patriotismo estaba pasado de moda, la mili se acabó y nadie parecía reivindicar lo esencial: España como nación, el orgullo de una historia, la pertenencia a una cultura y la unidad de destino. Así convertimos la nación española en solo un Estado, a modo de compañía aseguradora o gestoría de servicios varios, al mismo tiempo que se inventaban nuevas naciones y creábamos Estados paralelos.

Pero ya hemos visto que las cesiones y complacencias no eran un juego, y hoy, mirando a España, podemos recordar aquello de ¡qué difícil es construir algo y qué fácil es destruirlo! Ante esa preocupación, los partidos toman posición. Y ahí nos encontramos a VOX, limpio de aquellas cesiones y el único que claramente cuestiona el tinglado autonómico. Le sigue un PP, redimido de antiguas tibiezas gracias a un 155 que nos promete más intenso. También toma posición C’s, que con su defensa de España en Cataluña y su anunciado veto al PSOE pretende recuperar una confianza que sus devaneos le han hecho perder.

Lejos quedan los Podemos y podemas, que preferirían teñir de morado parte de la bandera y siguen enredados en sus peleas de al salir de clase. Y nos queda el PSOE, cuyos estrategas también saben que España es el tema y por ello vamos a oír a Sánchez, en cada corte de telediario, hablar de “una España en la que quepamos todos”.

Eso nos dice y queda muy bonito, pero debemos preguntarnos si, con él en la Moncloa, cabremos “todos” los españoles en “toda” España, con iguales derechos y deberes. Que pregunten a los catalanes que se sienten españoles, a los que allí quieren estudiar en Español, que se lo pregunten a los agredidos por llevar banderas de España o por quitar lazos excluyentes; que se lo pregunten a los guardias civiles de Alsasua o a los que Sánchez manda volver de Cataluña, País Vasco o Navarra para no importunar a quienes le dieron las llaves de la Moncloa; que se lo pregunten a los médicos que, estando mejor preparados, pierden su plaza en Mallorca por no hablar catalán, que se lo pregunten a los miles de jóvenes que se tuvieron que marchar cuando Zapatero dejó una España quebrada… ¿Con sus políticas cabremos todos en España, Sr. Sánchez? El 28 de abril lo preguntaremos, y España será la cuestión.

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