El cateto de Andalucía
Hay dos tipos de catetos, como de andaluces: el que ejerce de modo natural, y el que imposta con orgullo su condición. Pertenecer a la segunda tribu es más rentable, por el victimismo que conlleva cada supuesto agravio, real o inventado, con el que nace el negocio sentimental del ofendido. Si se trata de pastorear el acento hasta convertirlo en una máquina de facturar euros, los zurdos cambian la internacional por el aldeanismo de bandera y telera, porque para eso son el pueblo, aunque el pueblo no disfrute de los lujos de oprimido defensor que tienen los nuevos hijos de Blas Infante, ese mahometano marihuanero con afinidad por el Islam, su esencia y sustancias, que acabó convertido a la religión del profeta y que defendía en su obra La dictadura pedagógica la pena de muerte y la conversión de Andalucía en un emirato de ciudadanos súbditos de Alá. Lo que viene siendo un chufla fartusco.
Entre los más conspicuos representantes de ambas categorías, la de andaluz profesional y cateto prefabricado, sobresale (y sobre entra) ese hijo del socialismo caníbal llamado Manuel Sánchez Vázquez, conocido entre sus más íntimos, léase el follonero colega de Otegi, como Manu Zansheh, y olé. Un tipo que ondea la bandera andaluza con una capacidad de patrimonialización similar a la que hace el PSOE con la mentira y sus cargos públicos con las señoritas de compañía. Toda su vida bajo el pesebre de los que robaron a los andaluces le da permiso, al parecer, para representar a toda la región, forzando ad nauseam el diccionario de la RAE y haciendo muecas revolucionarias, porque el pan del señorito se lo ha ganado siempre como una suerte de bufón medieval: agasajando con clichés y volteretas retóricas a la corte y plebe. Cree que así se siente más andaluz, eternizando el estereotipo y gritando su orgullo por el paletismo subsidiado, feliz de pertenecer a esa casta que vive de los que producen, aunque venda lo contrario.
Este prototipo de andaluz y arquetipo de cateto lleva viviendo de ser andaluz profesional toda su vida. Como si Andalucía empezara y acabara en las gracietas subvencionadas del tal Manu, cuando representa, en efecto, lo que el andaluz de bien no quiere ser. La izquierda, que ha gobernado con mano en bolsillo ajeno la tierra en la que Manu se ha forrado a costa de pregones populistas de lastimosa ignorancia, le acoge entre los suyos como abraza al okupa padre de Andalucía, que no es el chufla Infante, sino Fernando III El Santo. Donde la historia dibuja héroes, la izquierda se inventa mártires.
Si el pregonero Manu estudiara el pasado de la tierra de la que dice sentir orgullo, sabría que fue repoblada con vecinos de Castilla, de ahí los escudos de los antiguos reinos de Córdoba, Sevilla, Jaén o Granada, impresos en sus enseñas provinciales. Si dejara a un lado los cansados clichés de carnavalero sectario, sabría que su admirado padre falsario, que soñaba con otro Al-Andalus, razonaba que a tipos como él le expropiaran su yate, sus casas y riquezas por el mero hecho de obtenerlas, sin importar procedencia ni condición. Si leyera algo más que el boletin socialista con el que puebla su retorcido argumentario de bienpagao, le contaría a esos andaluces que le ven en Canal Sur que Blas Infante despreciaba las fiestas populares que ellos consumen, desde los toros hasta las romerías, pasando por las ferias y costumbres sacras, definitorias de la verdadera Andalucía, tierra de España, casa común del arte y la tradición.
Porque Andalucía es campo de letras, poesía y amor, donde se siente cada beso, se besa como se ríe y se ríe como se vive, con ardor y pasión. Porque España empieza en Andalucía y Andalucía camina tras España. La bandera blanca y verde representa una ensoñación impuesta por los enemigos de la libertad y aceptada por el resto tras años de incultura patrocinada. Lo que esos colores debieran significar, esperanza y pureza, la patulea ignorante que reivindica el legado de Infante sin haberlo leído, prefieren que simbolicen una Andalucía bajo yugo del Islam, porque eso es lo que quería el racista Blas, quien se diferenciaba de Sabino Arana o Lluis Companys en que al resto de españoles los llamaba igual: ehpañoleh, porque eso, y no otra cosa, es el andaluz: una modalidad lingüística del español.
Por eso, no hay que hacer chiringuito del acento ni victimismo de la historia. Ni presentar a los andaluces como aquello que no somos para eternizar el eterno y rentable mantra del pueblo oprimido y doliente. Andalucía ha dado a España más cultura y arte que cualquier otra región de la nación, y no merece que un paleto desclasado, millonario y socialista, tanto monta, se dedique a enfrentarnos entre nosotros y con el resto de España a mayor gloria de su cuenta corriente y de las palmas que su cuadrilla de infantería iletrada brinda a su atrofiada gracia. De igual forma que Blas Infante no es el padre de la patria andaluza, Manu Zansheh no es el prototipo de andaluz, sino el arquetipo de cateto.
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