Así se vengó de mí Rajoy por el ‘caso Bárcenas’

Así se vengó de mí Rajoy por el ‘caso Bárcenas’

“¡Yo no he cobrado sobresueldos, yo no he cobrado sobresueldos, yo no he cobrado sobresueldos!”, gritaba como un poseso Rafa Hernando en la tertulia del programa De Hoy a Mañana que presentaba en 13TV —cuya frecuencia era propiedad de Unidad Editorial— mi siempre amigo y ahora mano derecha en OKDIARIO Carlos Cuesta. Al gran político arriacense se le fue la pinza cuando empezamos a tocar el espinoso asunto del cobro de sueldos extra en billetes de 500 por parte de la cúpula del PP.

—Rafa, yo no he dicho que tú cobrases sobresueldos, simplemente he afirmado que buena parte de la cúpula del PP los cobraba. Es más, por lo que yo sé, tú no estabas entre los perceptores—, le corté ante el curso que habían tomado los acontecimientos.

El pollo en directo fue de los que hacen época. El share, obviamente, se fue a la estratosfera. Eso sí: no entendí por qué Hernando, al que conocía por razones familiares desde hacía 25 años, se puso como una moto. Más que nada porque daba pábulo a que al espectador le viniera a la memoria el proverbio latino: “Excusatio non petita, accusatio manifesta”. Precisamente porque le conocía desde los 80 sabía perfectamente que era y es un tipo impecablemente honrado. Tal vez es que tenía que hacer méritos ante la jefatura, quizá es que se puso de los nervios por el tsunami que se cernía sobre el partido en el que militaba y trabajaba desde el año 80, sea como fuere, no le aludí personalmente.

Habían pasado seis días y seis noches desde que el viernes 18 de enero de 2013 un servidor publicó en El Mundo, del que era adjunto al director y jefe del equipo de investigación, una exclusiva para la historia: “Bárcenas pagó sobresueldos en negro durante años a parte de la cúpula del PP”. La cúpula se llevaba 15.000 euracos al mes, los vicesecretarios 10.000 y los secretarios de área 5.000. Bastante más, por cierto, de lo que figura en los papeles del tesorero. La noticia firmada a pachas con Esteban Urreiztieta había abierto todos los telediarios, obviamente el de TVE, no, todos los boletines radiofónicos y un día después prácticamente todos los periódicos nacionales.

El dinero procedía de las mordidas que Luis Bárcenas y Álvaro Lapuerta exigían a constructoras y empresas de servicios y de seguridad

Ahí contábamos cómo el partido en el poder había diseñado en los años 90 un sistema de percepción de emolumentos en B que se nutría de las bolsas con billetes de 10.000 pesetas primero y de 500 euros después que entraban en cantidades industriales por el garaje de Génova 13, que daba a la calle Zurbano. El dinero procedía de las mordidas que Luis Bárcenas y Álvaro Lapuerta exigían a constructoras y empresas de servicios y de seguridad. Decenas de millones de euros que quedaban sistemáticamente al margen de la Hacienda Pública. Nada, por cierto, que no hicieran el PSOE, Convergència, el PNV o la tan minúscula como decisiva y golfa Unió Mallorquina, desaparecida por obra y gracia del trabajo que hicimos durante mi etapa al frente de la edición balear de El Mundo.

La información la tenía un menda hacía semanas. Me la había desvelado un alto dirigente del PP en una cena navideña tras pasar del umbral que separa la sobriedad de la ebriedad. “Yo cobré Eduardo, yo cobré”, me puntualizó con una franqueza que certificaba que el escándalo era verdad más allá de toda duda razonable. Elemental, querido Watson. ¿Cómo alguien se va a autoinculpar de un delito si no es cierto? Se lo conté a Pedro J. Ramírez, naturalmente sin desvelarle la identidad de mi fuente. Le sobrevino esa tos de tísico que exhibía cada vez que había exclusivón incómodo a la vista. Lo que para mí era un privilegio, gozar de una exclusiva de ese nivel, para él constituía una sensación agridulce, una bendición pero también un marrón. Porque si bien El Mundo se llevaba a matar con el marianismo desde el Congreso de Valencia de 2008, era secularmente el periódico más próximo al PP.

Pasaron los días y se sucedieron las confirmaciones entre bambalinas. Ministros, presidentes autonómicos y apparatchiks de relumbrón respondían con idénticas tres palabras cada vez que les interpelábamos: “Sí es verdad». El jueves 17 había tal cúmulo de contrastaciones que se decidió activar el on que inevitablemente, y muy a nuestro pesar, sacudiría los cimientos de un partido que apenas 13 meses antes se había anotado la segunda gran mayoría absoluta de nuestra democracia. El contraataque genovés se inició ipso facto. Los periodistas de cámara que me replicaban en las tertulias con imbecilidad de argumentario: “Hay que respetar la presunción de inocencia”. Eso sí, olvidaron el consejo de Jesús a los judíos que habían creído en él: “La verdad os hará libres”.

Lo que nunca pensé es que aquel pedazo de scoop me supondría el intento de asesinato civil por parte de los barandas de un partido que gobernaba en régimen de cuasimonopolio. El jueves 24 estaba en mi despacho cuando recibí una llamada de Carlos Cuesta en la que me relató sin ahorrar un solo detalle la cacicada de Génova 13:

—Lo siento, tío, pero la cúpula de 13 me ha dicho que te eche de la tertulia—, me disparó a discreción un Cuesta que acabaría planteando su dimisión por estos actos de censura. Y que si no los consumó fue porque Pedro J. Ramírez le pidió que no lo hiciera, el director de El Mundo argumentaba, y con razón, que aquella ventana televisiva era vital para un grupo que carecía y carece de potencia audiovisual. Aunque no lo esperaba, tampoco supuso un shock vital tremendo. Yo ya era contertulio de El Programa de Ana Rosa y Al Rojo Vivo y no me daba la vida. Además, me tenía que desplazar todos los miércoles por la noche a 40 kilómetros de mi casa por una retribución de 150 euros que, descontada la gasolina y el terrorismo fiscal de Montoro, se quedaba en casi nada.

Mi indignación cuando me echaron de 13TV fue sideral, inocente de mí pensaba que los modos bananeros ya no operaban en España

Cuesta me explicó quién era la mano que mecía la cuna. Tenía el mismo nombre que mi madre, Carmen, y se apellidaba Martínez-Castro o Martínez Castro, que nunca he sabido muy bien si es compuesto o se lo compone ella. Era la jefa de Comunicación de Mariano Rajoy con rango de secretaria de Estado. La conocía desde 1990 cuando hice prácticas en Antena 3 Radio, donde ella era la jefa de la Sección Local y Ana Rosa Quintana la redactora jefe. Siempre me cayó bien pero ahora antepuso el poder al afecto. Y me seccionaron la cabeza. Mi indignación fue sideral, inocente de mí pensaba que los modos bananeros ya no operaban en España. Pero vaya si operaban. Eso sí: me apliqué el made in Spain “no hay mal que por bien no venga”. Me censuraban pero me ahorraban el esfuerzo extra que suponía trabajar a toda leche los miércoles para salir a las siete y media rumbo a Boadilla, sede de 13TV, de donde salía bien pasada la medianoche.

Martínez Castro no me asesinó sola sino en compañía de Marilar de Andrés, otra cínica que tal baila, que fue la que dio el ultimátum a 13TV: “Esto no puede volver a suceder, no se puede volver a hablar de los sobresueldos ni de las finanzas del PP”. Eso sí, fue Martínez Castro la que telefoneó al jefazo de la cadena de los obispos, José María Mas, para que directamente me cortaran la cabeza. La amenaza trasladada a Mas fue sencillamente mafiosa: “O sale Inda u olvidaos de entrar en el reparto de las nuevas frecuencias de TDT”. El directivo valenciano de Cope y 13TV pasó por el aro encantado de la vida. A Dios rogando y con el mazo dando.

A esta puñalada consumada, que es poco más que un arañazo al lado de lo que quiere hacer conmigo Pablo Iglesias, que no es otra cosa que meterme en la trena, le sucedieron dos frustradas. Carmen, por favor, como era conocida en el mundo periodístico, intentó mi decapitación también en el programa de Ana Rosa y en el de Antonio García Ferreras. Allí se encontraron con un muro de libertad que dijo “no”. Dos periodistazos cuya concepción del periodismo libre es antagónica a la que exhibieron tipos como Mas, cuya carrera profesional es turbia como el agua de la ría de Bilbao. Estamos hablando de un íntimo de Juan Cotino que participó en el hundimiento de Bancaja y en un cuasidelictivo intento de librar a la Infanta Cristina de su imputación en el caso Urdangarin.

Pasaron los meses y el día que terminaban los sanfermines de 2013 publicamos los celebérrimos sms de Rajoy a Bárcenas, enviados precisamente a raíz del bombazo de los sobresueldos y la caja B. “Luis sé fuerte, hacemos lo que podemos”, era la frase que resumía un intercambio epistolar que demostraba lo pichón que era el presidente del Gobierno en ejercicio. Nuevamente, la que se lio fue parda. Rajoy estaba contra las cuerdas. Pero Pedro J. había cometido un error una semana antes víctima de su irrefrenable yo-mí-me conmigo. Quiso ser el niño en el bautizo, el novio en la boda y el muerto en el entierro, se reunió a mis espaldas con Bárcenas, el tesorero le contó no menos de 15 scoops de primer nivel y él los metió todos en su carta dominical.

Aquella felonía fue en el fondo una tontería. Es como si Ben Bradlee hubiera intentado robar el protagonismo del Watergate a Woodward y Bernstein. Al día siguiente se lo pasé por los morros a Ramírez: “Te has cargado 15 exclusivas que publicadas mes a mes hubieran acabado con Rajoy, esto es un maratón, no los 100 metros lisos”. Antes lo digo, antes acierto. El Mundo se quedó sin munición, los kitchenistas empezaron a robar pendrives, vídeos y demás pruebas incriminatorias y el 26 de agosto le anticipé al director de El Mundo que sus días estaban contados: “Zarzuela [que ya le tenía ganas por haber permitido la publicación del caso Urdangarin], Moncloa y varios grandes empresarios han puesto en marcha una operación para descabalgarte”. No me equivoqué un ápice. En enero lo apartaban de la dirección del diario que había fundado.

Publiqué los sobresueldos, la caja B y los sms pese a que he votado infinidad de veces al PP, pese a que considero que es el partido que mejor ha gobernado proverbialmente este país, empezando por Aznar y terminando por el propio Rajoy. Lo mismo que me ocurre con Juan Carlos I: alabo su gestión de la Transición tanto como detesto sus corruptelas. Pero soy periodista y los periodistas tenemos la obligación de contar todo aquello que conocemos y podemos probar. No hay corrupción buena, la del partido más próximo a mis ideas, y corrupción mala, la de mis antagonistas ideológicos. Toda es mala. Ahí seguiremos hasta el día del juicio final aunque nos vuelvan a cortar la testa, aunque nos intenten asesinar física o civilmente o aunque nos fabriquen toda suerte de montajes. La América postWatergate fue mejor que la preWatergate y la España y el PP postBárcenas son infinitamente mejores que lo que les precedió. Destapar la corrupción hace más fuerte a un país. Espero que Bárcenas tire de una vez de la manta. Meter la mangancia debajo de la alfombra degenera en una bola gigantesca que acaba desprestigiando el sistema democrático y generando la excusa para que los totalitarios se hagan en las urnas con el poder e instalen una dictadura o una autocracia. Que se lo digan a los venezolanos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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