Ajustando y reajustando pensiones (I)

Ajustando y reajustando pensiones (I)

Le dijo el Señor a Pedro: “Antes de que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces…”. Dos meses atrás, desde las altas instancias de nuestro Gobierno, enfangado a día de hoy en un puzzle de asuntos que van desde Cataluña hasta las alcantarillas de la corrupción por doquier y que le impiden poder gobernar con todas las garantías que el desempeño exige, se afirmaba que la recuperación económica iba viento en popa y a toda vela, pero que no daba para más. Es decir, para poder subir las pensiones. Otrosí, el máximo representante de nuestras cuestiones hacendísticas bramaba en contra de que otras formaciones políticas —las de la digamos oposición— defendieran actualizar las pensiones para 2018 revisándolas —o sea, aumentándolas— según el IPC (Índice de Precios al Consumo), tildando tal propuesta de visión anticuada.

De repente, en los últimos días de abril, se obró el milagro y hete aquí que el prodigio de la furia vasca, en plan “Lázaro, levántate y anda”, impulsó un giro copernicano en el asunto. Si queréis presupuestos generales del Estado para 2018 —que por cierto ya tendrían que haberse aprobado bastante tiempo atrás porque los presupuestos son eso: presupuestos y no “postpuestos”—, lo de las pensiones se arregla y se aumentan al dictado de lo que reclaman nuestros pensionistas, vinieron a decir los amigos vascos. Fue semanas atrás cuando visité Bilbao y justo aquel fin de semana en el que los pensionistas y el pueblo vasco se movilizaron por las calles de las principales ciudades de Euskadi. “Nosotros nos manifestamos y protestamos con convicción y con fuerza porque aquí cuando los vascos salimos a la calle lo hacemos plenamente convencidos”. Ese noble y convincente espíritu de protesta, de garra vasca, de empuje de sus gentes, rememorando pasajes pretéritos en el marco de la reconversión industrial que el País Vasco vivió en su día, calaron en mí a medida que mis interlocutores expresaban con energía las reivindicaciones de los pensionistas.

Y así fue como sobre el 25 de abril pasado otra vez me percaté de que la economía y la política van de la mano. Las apetencias electoralistas prevalecen. La erótica del poder encandila. Decía Sir Winston Churchill que “el político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones”. Eso es justamente lo contrario de lo que sucede aquí, en España. Nuestros políticos, siempre en general, solo miran las próximas elecciones y apuestan a resultados meramente electoralistas sin que les importe un rábano el futuro del país y el mañana de sus gentes ni la viabilidad durante los próximos años de nuestras finanzas públicas.

Estoy absolutamente de acuerdo con que las pensiones merecen ajustes y mejoras, que no parches y remiendos sobre la marcha ni golpes cara a la galería que sirvan a título de lucimiento personal del presidente de turno o del ministro del ramo. Porque aquí quienes al final se rascan el bolsillo de verdad somos los contribuyentes y los cotizantes. Durante muchos meses he lamentado que el Pacto de Toledo y todo lo que el mismo significa haya estado en situación de stand by, en tierra de nadie y que mientras nuestros políticos —léase los representantes del pueblo en el Congreso— cumplían al pie de la letra con sus períodos vacacionales el debate, larvado, de las pensiones seguía preocupando a los españoles. En tanto que la inflación, o el IPC, se mostraba plana o incluso en retroceso, los pensionistas aguantaban. En el momento en que la inflación oscila al alza, los pensionistas, condenados al pírrico aumento anual del 0,25% de sus pensiones, dejan sentir su voz. Su pérdida de poder adquisitivo no solo es algo puntual sino que avizora un deterioro a futuro.

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