Caso Escuchas al Rey: Por una vez, estoy de acuerdo con Cebrián

Caso Escuchas al Rey: Por una vez, estoy de acuerdo con Cebrián

El 25 de abril de 1991, la Cadena Ser reprodujo en sus informativos unas grabaciones al entonces secretario de Organización del PSOE, Txiki Benegas. Alguien lo grabó, subrepticiamente y sin su conocimiento, mientras hablaba desde el teléfono Motorola Micro TAC de su coche con sus amigos socialistas Germán Álvarez Blanco y Fernando Múgica.

La grabación se producía en medio de una reyerta interna en el PSOE entre felipistas y guerristas por el control del partido. Tan sólo hacía tres meses desde que Alfonso Guerra se había visto obligado a dimitir de la Vicepresidencia del Gobierno por el escándalo de corrupción de su hermano Juan, que trabaja en la Delegación del Gobierno en Sevilla, en donde había montado un despacho de venta de influencias. En las conversaciones grabadas por un desconocido -jamás se pudo conocer su identidad ni su adscripción, si era espía, policía, detective privado o un simple radioaficionado, aunque para Público, sería Villarejo, seguro.

En la cinta Benegas se refería a su secretario general Felipe González como “el Dios” y el “number one” y al ministro de Economía, Carlos Solchaga, lo llamaba despectivamente “el enano”. Ni que decir tiene que aquel supuesto espionaje supuso un escándalo político de una dimensión desproporcionada.

El País en un editorial del 26 de abril señalaba: “Si la información es de interés público…. debe darla a conocer una vez contrastada: ese es el único criterio razonable para un medio de comunicación”. El resto de los medios como El Mundo de Pedro J. Ramírez, Abc, Diario16, dirigido por Justino Sinova, y Ya, por Miguel Larrea, compartieron los mismos argumentos. El diario monárquico, dirigido por Luis María Anson, llegó aún más lejos: felicitó desde su portada al director de la Ser, Eugenio Galdón, por haber reproducido la conversaciones de Benegas.

El País fue más contundente. Se solidarizó con la radio hermana por medio de un artículo firmado por su director, Juan Luis Cebrián: “La Ser emitió las conversaciones -afirmaba- porque comprobó que eran verdad y resultaban de interés público. Es para lo que están los medios de comunicación en una democracia y lo que hubiera hecho cualquier otra radio decente que hubiera tenido acceso a las cintas. Naturalmente, solución tan obvia se aviene mal con las angustias vitales de los mediocres: si la Ser, Prisa y Polanco hacen todo eso es porque son independientes del poder político”.

Veinticinco años después, las mismas palabras de Cebrián deberían valer también para las grabaciones al Rey reproducidas por OKDIARIO. ¿O acaso en este país sólo algunos tienen la exclusividad de la patente de la libertad? Cuando Cebrián hablaba de las “angustias vitales de los mediocres” se refería con muchos años de antelación a dos firmas gregarias de su diario: a Juan Cruz y a Javier Ayuso. El primero sobre las grabaciones ilegales a Don Juan Carlos ha escrito: “Ya ha lanzado Inda su exclusiva, ya la cadena (por La Sexta) la repicó, y ya el periodismo de chantaje conoce una nueva muesca en su cartuchera”. Y Javier Ayuso, el ex director de Comunicación de la Casa del Rey: «Los pinchazos del Rey salen a la luz por no desimputar al pequeño Nicolás del caso con el CNI». ¿Periodismo de chantaje? ¿Desimputar al pequeño Nicolás? Valientes majaderías? Ya podría Cebrián darles un toque de atención como escribió en 1991.

Del Motorola de Benegas al Nokia del Rey  

Benegas presentó una demanda contra la Ser a la que calificó de “terrorismo radiofónico” pero nunca prosperó en los tribunales. Prevaleció el derecho a la información de interés público. La Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa adoptó en Estrasburgo, el 1 de julio de 1993, una serie de principios éticos del periodismo, aprobados por unanimidad, que debían ser aplicados en Europa. En el apartado 23 señalaba: “Las personas que tienen funciones en la vida pública tienen el derecho a la protección de su vida privada, salvo en los casos en que ello pueda tener incidencias sobre la vida pública”.

En España en los últimos años se han publicado en diferentes medios periodísticos otras grabaciones que habían sido obtenidas de manera irregular, pero que su contenido tenía interés público. El Mundo reprodujo una conversación telefónica entre el ex ministro del Interior José Barrionuevo y su colaborador Julián Sancristóbal mientras éste permanecía en la cárcel de Guadalajara por el caso de los GAL. Hablaban de la guerra sucia contra ETA.

Después, transcribió otra conversación telefónica entre Rafael Vera, el que fuera secretario de Estado de Interior, con el magistrado Rafael Mendizábal, en la que ponían a caldo al juez Baltasar Garzón.

Otra de las cintas publicadas fue la que le grabó el agente del CESID Pedro Gómez Nieto al aguerrido Rodríguez Galindo, en su cuartel general de Intxaurrondo, mientras el general de la Guardia Civil le hablaba de los GAL y le adelantaba cómo pensaban eliminar a los etarras en el sur de Francia.

Todas ellas vieron la luz porque prevalecía el interés público como establecía la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa.

Si a Benegas lo cazaron hablando desde un Motorola a Don Juan Carlos lo espiaron conversando desde un Nokia. Se daba la circunstancia de que los primeros teléfonos portátiles en España fueron entregados a Suárez y al Rey por la firma finlandesa. El Rey era un fanático de los móviles y tanto Nokia como Motorola le enviaban cada modelo que salía al mercado.

Los primeros móviles que se pusieron en circulación en España tan sólo fueron unos 200. Cada uno de ellos pesaba un kilo, iba en un maletín y costaba casi 700.000 pesetas, más de 4.000 euros de los años ochenta. Después llegaron los primeros móviles analógicos, unos mil, que seguían estando limitados a Madrid y Barcelona y sus alrededores, y sus primeros propietarios pertenecían a la clase política y económica.

Versiones estrafalarias 

Lo más estrafalario y estrambótico que he escuchado y leído estos días es la versión sobre la cinta del Rey que ha aportado mi ex compañero de fatigas. Afirma, sin ruborizarse, que le robé las cintas de su despacho hace 14 años antes de que dejara El Mundo para incorporarme a la dirección de Interviú. Es el mismo mantra que viene repitiendo desde que decidí romper el equipo. Primero, que la película sobre la vida del agente Francisco Paesa, El hombre de las mil caras, no estaba basada en mi libro El espía de las mil caras, sino en sus informaciones de El Mundo -habrá que convenir que también eran mías. Por ello, un juzgado de lo mercantil le condenó a pagar las costas del juicio. Después, que le sustraje los papeles de la cuenta del banco de Luxemburgo en la que el CESID ingresó dinero a Bárbara Rey. Y, ahora, que las cintas de las grabaciones al Rey me las llevé también de su despacho. Todo muy cansino pero hay que dejar las cosas claras para que los lectores conozcan la verdad: las únicas cintas de la cintateca del CESID que publicamos en 1995 en El Mundo fueron la de Barrionuevo hablando con Ana Tutor, la de Pablo Castellanos y la de Adolfo Suárez en una visita a la sede de los servicios de información. La del Rey ha permanecido oculta durante más de 25 años y nadie la olfateó hasta que se hizo con ella OKDIARIO. Esa es la realidad.

Para certificarlo, al margen de mi palabra, sólo basta aplicar el sentido común o llamar a Pedro J. Ramírez, el ex director del diario. Les asegurará que nunca vio esa cinta, que tampoco la escuchó y que jamás leyó su transcripción. Así de contundente. ¿Dónde está el robo? ¿Cree alguien en su sano juicio que, si el entonces director de El Mundo hubiera tenido conocimiento del contenido de la grabación al Rey, habría permanecido veinte años en silencio? Lo más probable es que lo habría desvelado en su libro El Desquite o en uno de sus artículos dominicales. Sobre todo, después de que los servicios secretos le produjeran, como al Rey en Sextante, un vídeo con contenido sexual. ¿Creen ustedes que quien suscribe estas líneas habría aguantado también tanto tiempo con esa exclusiva volcánica en un cajón?

Además, ¿si el potencial filtrador de la cinta, como pretende inocular el espionaje español en sus periodistas acólitos es el comisario José Villarejo y si la causa de la filtración es la guerra entre comisarios que, según ellos, se mueven en las cloacas del poder qué pintaba esa cinta desde hace más de 20 años en el cajón de un reportero? ¿Para qué necesitaba OKDIARIO dos décadas después a Villarejo si la cinta ya la tenía en su poder el diario?

Una acusación un tanto insólita de mi ex socio y jurídicamente comprometedora: que yo recuerde, en mi caso, cuando prometí ante la Fiscalía y el tribunal del caso de las escuchas del CESID que jamás había escuchado esa cinta ni la había tenido en mis manos, estaba diciendo la verdad. En consecuencia, jamás cometí el delito de perjurio. Otros, en cambio, aseguran ahora que la tenían en su poder cuando habían prometido lo contrario en sede judicial. La envidia y los celos inducen a algunos a mentir. En cambio, uno estaría dispuesto a demostrarlo ante un polígrafo. Volveré a prometer: jamás tuve en mi poder ninguna cinta grabada a Su Majestad.

Y para hacerme daño, personalmente, y para menoscabar, al mismo tiempo, la imagen y el prestigio de OKDIARIO se ha aliado con unos periodistas del diario Público que cometen a diario el peor pecado del Periodismo: la mentira. Todo ello siguiendo un guión que destila un olor a cloacas de policías y espías mafiosos. ¿Qué pinta en esa guerra de alcantarillas el responsable de un máster que forma a futuros periodistas y que está avalado por la Federación de Asociaciones de la Prensa de España (FAPE) y por la Universidad San Pablo-CEU? No sé si habrá oído hablar o leído alguna vez a Clausewitz, pero confunde su estrategia. Primero, la periodista del diario de Roures, especialista en la ciénagas informativas, machacó sin piedad a su propio abogado, al ex juez Santiago Torres y, secundada por un colega, zarandea todos los días a dos comisarios de quienes él se ha nutrido informativamente durante más de una década. Gracias a uno de ellos, incluso, logró sobrevivir profesionalmente dos años cuando estaba en plena decadencia. Basta con repasar las hemerotecas. Que le encargue el trabajo -un comentario de texto- a sus alumnos.

Y, por último, es imperdonable tropezar en otro de los peores pecados del Periodismo: la incongruencia. Resulta imposible, y va contra todas las leyes de la física, absorber y soplar, al mismo tiempo. No se puede decir que la cinta la tenía él desde 1995 y que yo se la robé en 2004 cuando me fui a dirigir Interviú y después defender las tesis de Público: que la cinta la ha filtrada el comisario Villarejo para presionar a la Casa Real por el juicio del caso Pequeño Nicolás. Todo un insulto a la inteligencia. Aunque, por otra parte, no me sorprende.

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