Sabes que una persona ha vivido una infancia complicada cuando de adulto tiene alguna de estas 5 costumbres
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A lo largo del tiempo, la psicología ha mostrado que ciertos patrones de conducta se originan en la manera en que una persona vivió su niñez. En muchos casos, una infancia complicada deja marcas que no siempre son visibles, pero que se manifiestan en los gestos, los silencios o las costumbres del adulto que aquella persona llegó a ser.
No se trata de diagnósticos ni de juicios, sino de reconocer comportamientos que pueden haber surgido como estrategias de adaptación ante contextos difíciles. En el fondo, reflejan una forma de protegerse o de mantener el control ante un entorno que alguna vez resultó impredecible.
Las 5 típicas costumbres de adulto que reflejan una infancia complicada
Reconocer estas costumbres no implica etiquetar a nadie ni convertir la infancia complicada en un sello permanente. Al contrario, permite comprender que muchos comportamientos actuales son huellas de estrategias que alguna vez fueron necesarias.
Y estas huellas no son hechos que pasen desapercibidos, ya que cabe remarcar que estudios epidemiológicos clásicos como el ACE Study (Adverse Childhood Experiences) mostraron que las adversidades infantiles se asocian con consecuencias físicas y psíquicas en la adultez.
1. Evitar el conflicto, aunque duela callar
Una de las señales más frecuentes de quienes atravesaron una infancia complicada es la tendencia a evitar los enfrentamientos. De pequeños, el desacuerdo pudo asociarse al peligro o al castigo, por lo que aprendieron a ceder rápidamente y a buscar armonía a cualquier precio.
Estudios cómo el publicado en la revista Clinical Psychology Review indican que las dificultades para regular emociones tras maltrato o negligencia se traducen en estrategias como la evitación o la supresión, que persisten en la vida adulta
Pero en la adultez, esa costumbre se traduce en una aparente calma: aceptar lo que otros dicen, cambiar de tema o suavizar la tensión con una sonrisa. Sin embargo, después suele aparecer el malestar. No es una sumisión, sino una respuesta aprendida para mantener la paz.
Con el tiempo, algunas personas logran encontrar un equilibrio. Aprenden que la tranquilidad no consiste en evitar el conflicto, sino en expresar los límites sin temor. Decir «esto me incomoda» o «prefiero hacerlo de otra forma» deja de ser una amenaza y se convierte en una muestra de madurez emocional.
2. Controlar los pequeños detalles cuando la vida se desordena
Otra conducta asociada a una infancia complicada es la necesidad de controlar los aspectos más cotidianos: la limpieza, los horarios o el orden de los objetos. Este comportamiento no surge de la obsesión, sino del intento de crear estabilidad donde antes hubo caos.
Un adulto que organiza cada tarea o mantiene su casa impecable no siempre busca perfección. Lo hace porque el orden le ofrece una sensación de seguridad. Un escritorio despejado o una rutina estricta pueden ser símbolos de calma en medio del descontrol emocional que alguna vez conoció.
Esa estructura, lejos de ser negativa, puede funcionar como ancla. Pero si se convierte en una forma de rigidez, el desafío está en permitir que la flexibilidad también tenga lugar. Aprender a confiar, aunque sea un poco, en que lo imprevisto no necesariamente es sinónimo de peligro.
3. Reír antes de hablar de lo que duele
El humor puede ser un escudo. En quienes tuvieron una infancia complicada, la risa suele aparecer justo antes de los temas más sensibles. No es una falta de profundidad ni de empatía, sino un modo aprendido de aliviar la tensión emocional.
Durante la niñez, bromear pudo ser una manera de calmar a los adultos o de suavizar situaciones difíciles. Ya en la madurez, esa estrategia se mantiene: ante un comentario incómodo o un recuerdo doloroso, la persona bromea para desviar la atención.
El problema no es el humor, sino el silencio que a veces deja detrás. Reír puede servir de alivio, pero también puede ocultar lo que necesita ser dicho. Identificar ese mecanismo es un paso importante hacia una comunicación más sincera y reparadora.
4. Dificultad para reconocer los propios logros
Quienes crecieron en entornos donde el reconocimiento era escaso o condicionado suelen tener problemas para aceptar elogios. Una infancia complicada puede enseñar que destacar trae consecuencias negativas, como críticas o envidia.
En la vida adulta, esto se traduce en restar valor a los propios méritos o en desviar las felicitaciones hacia otros. No se trata de falsa modestia, sino de una reacción automática que busca evitar la exposición.
Reconocerse como capaz o talentoso implica desafiar ese aprendizaje antiguo. Un gesto tan simple como decir en voz alta «esto me salió bien» puede tener un profundo efecto en la autoestima y en la forma de relacionarse con el éxito.
5. Expresar afecto a través de acciones
No todas las personas demuestran cariño con palabras. En muchos casos, quienes vivieron una infancia complicada encuentran más natural hacerlo mediante gestos concretos: preparar una comida, reparar algo roto, o llegar puntual a un compromiso.
Estas muestras de cuidado no son frías ni distantes. Son, en realidad, una forma práctica de expresar lo que no siempre se aprendió a decir. El afecto se traduce en hechos, no en frases.
Este tipo de amor, basado en la acción, puede ser profundamente estable y confiable. Sin embargo, cuando falta el componente verbal, surgen malentendidos. Aprender a acompañar los gestos con palabras puede fortalecer los vínculos y dar mayor claridad emocional.
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