Jennifer Doudna: la científica que revolucionó la genética con CRISPR
Jennifer Doudna y su papel clave en el desarrollo de CRISPR, la revolucionaria técnica de edición genética que transformó la biotecnología.
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Hay científicas que hacen buenos trabajos. Hay otras que cambian su disciplina. Y luego está Jennifer Doudna, que directamente cambió las reglas del juego.
Cuando hablamos de editar genes estamos hablando, en gran parte, de ella. De su curiosidad. De su intuición. Y de su capacidad para ver algo extraordinario donde otros solo veían bacterias.
Pero lo interesante de su historia no empieza en un laboratorio lleno de pantallas futuristas. Empieza, como tantas historias potentes, con una adolescente leyendo un libro.
Una chica curiosa en Hawái
Jennifer Doudna naceen Washington D. C. en 1964, y su vida la desarrolló en Hawái, entre naturaleza. El entorno natural fue el ideal para su curiosidad. No era solo mirar una planta o un insecto: era preguntarse qué estaba pasando por dentro.
De adolescente cayó en sus manos The Double Helix, el libro donde James Watson contaba el descubrimiento de la estructura del ADN. A muchos estudiantes les habría parecido una lectura densa. A ella le pareció fascinante. Ahí se dio cuenta de que quería dedicar su vida a eso: a descifrar los secretos más ocultos de la biología.
Estudió Bioquímica, se doctoró en Harvard y, con el paso del tiempo, acabó como cátedra en la Universidad de California en Berkeley. Pero lo verdaderamente importante no era la fama académica, sino su manía por entender el ARN, esa molécula «hermana» del ADN que había sido relegada a un segundo plano.
Mientras otros muchos investigadores miraban hacia otros territorios más atractivos, ella siguió explorando el mundo del ARN. Y fue precisamente ahí donde empezó la revolución.
El hallazgo que lo cambió todo
La historia de CRISPR no empezó como un gran plan para curar enfermedades. De hecho, empezó estudiando algo bastante básico: cómo se defienden las bacterias de los virus.
Las bacterias, aunque diminutas, no son indefensas. Tienen una especie de sistema inmunológico primitivo que guarda fragmentos del ADN de los virus que las atacaron. Así, si el virus vuelve, lo reconocen y lo destruyen. Ese sistema se llama CRISPR.
De los laboratorios a los hospitales
A partir de ese momento, todo se aceleró.
Investigadores empezaron a preguntarse: ¿y si corregimos mutaciones que causan enfermedades genéticas? ¿Y si modificamos células del sistema inmunológico para que ataquen mejor el cáncer? ¿Y si creamos cultivos más resistentes a sequías y plagas?
CRISPR abrió muchas puertas desconocidas hasta entonces. En investigación básica, permitió estudiar genes con una precisión nunca vista. En agricultura, facilitó la creación de plantas más adaptadas al cambio climático.
Lo que antes costaba años y millones de dólares ahora podía hacerse en mucho menos tiempo y con recursos más modestos. Fue una democratización de la edición genética.
El Nobel… y la responsabilidad
En el año 2020, Jennifer Doudna y Emmanuelle Charpentier recibieron el Premio Nobel de Química. Fue histórico: por primera vez, el galardón en esa categoría se concedía exclusivamente a dos mujeres.
El reconocimiento fue enorme, pero también simbólico. No solo premiaba un descubrimiento técnico, sino una transformación profunda en las ciencias de la vida.
Ciencia con conciencia
Lo interesante de Jennifer Doudna no es solo su inteligencia científica, sino su postura ética. No se limitó a desarrollar la herramienta y mirar hacia otro lado. Se implicó en conversaciones internacionales sobre regulación, bioética y responsabilidad.
Ha insistido en que la ciencia no ocurre en el vacío. Que cada avance tiene consecuencias sociales. Que el entusiasmo por innovar debe ir acompañado de reflexión.
Un referente más allá del laboratorio
También hay algo poderoso en su ejemplo como mujer en la ciencia. Durante décadas, los grandes nombres de la biología molecular fueron mayoritariamente masculinos. Ver a dos científicas compartiendo el Nobel envió un mensaje claro: el talento no tiene género.
Doudna se ha convertido en referente para estudiantes, investigadoras jóvenes y para cualquiera que necesite modelos distintos en el mundo académico.
Pero, curiosamente, su trayectoria demuestra algo muy sencillo: las grandes revoluciones a veces nacen de la curiosidad más básica. Ella no empezó queriendo “cambiar el mundo”. Empezó queriendo entender cómo funcionaba el ARN.
Una revolución que sigue en marcha
CRISPR no es un capítulo cerrado. La tecnología sigue evolucionando. Existen versiones más precisas, métodos que permiten cambiar una sola letra del ADN sin cortar toda la cadena, aplicaciones que apenas estamos empezando a imaginar.
Estamos viviendo las primeras décadas de la era de la edición genética. Y, pase lo que pase en el futuro, el nombre de Jennifer Doudna ya está grabado en esa historia.
Su legado no es solo una herramienta. Es un cambio de mentalidad. La idea de que el código de la vida, ese que durante siglos parecía intocable, puede estudiarse, comprenderse y, con cuidado, modificarse.
Eso produce entusiasmo. Y también vértigo. Quizá por eso su figura resulta tan fascinante: representa el momento exacto en que la humanidad empezó a tener, literalmente, la posibilidad de reescribir su propio destino biológico.
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