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El mito de “yo no tengo nada que ocultar” y la privacidad en el móvil

privacidad en el móvil
Fuente: Unsplash
Nacho Grosso
  • Nacho Grosso
  • Cádiz (1973) Redactor y editor especializado en tecnología. Escribiendo profesionalmente desde 2017 para medios de difusión y blogs en español.

Decir “yo no tengo nada que ocultar” se ha convertido en una respuesta casi automática cuando se habla de privacidad en el móvil. La frase aparece cuando alguien menciona permisos de apps, rastreo de datos o el uso que hacen las grandes tecnológicas de la información personal. El problema es que el teléfono no guarda secretos evidentes, sino pequeños fragmentos de nuestra vida diaria que, juntos, dicen mucho más de lo que creemos.

Un diario personal que siempre llevamos encima

El teléfono móvil es un diario involuntario. Registra dónde estamos, a qué hora salimos de casa, cuánto dormimos, qué buscamos en Internet, con quién hablamos más y qué temas nos preocupan. No hace falta tener conversaciones comprometidas ni fotos delicadas para que ese conjunto de datos tenga valor, basta con la rutina.

Cada vez que desbloqueamos el móvil por la mañana repetimos un patrón muy reconocible: mirar el tiempo, revisar mensajes, abrir redes sociales o consultar el correo y todo eso genera información. Aplicaciones de mapas, transporte, mensajería o compras online van construyendo un perfil muy preciso de nuestros hábitos, incluso aunque no publiquemos nada ni demos “me gusta” a nada en concreto.

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No se trata de esconder algo, sino de entenderlo

Aquí está el error de base del argumento “yo no tengo nada que ocultar”. La privacidad en el móvil no va de esconder, sino de controlar. Igual que no dejamos la puerta de casa abierta aunque no tengamos objetos de valor a la vista, tampoco debería parecernos normal que cualquier app acceda a más información de la que necesita.

Muchas aplicaciones piden permisos que no son estrictamente necesarios para funcionar. Acceso a la ubicación en todo momento, a los contactos, al micrófono o a la galería completa cuando su utilidad real es limitada. En la mayoría de casos aceptamos por comodidad, por rapidez o por simple costumbre, sin detenernos a pensar qué estamos autorizando exactamente.

El móvil sabe más de ti de lo que imaginas

El teléfono conoce nuestros desplazamientos diarios mejor que muchas personas cercanas. Sabe a qué hora solemos acostarnos, qué días hacemos menos actividad o cuándo cambiamos de rutina. Sabe qué buscamos cuando tenemos una duda puntual, un problema de salud o una preocupación económica.

Las grandes plataformas insisten en que estos datos se usan para mejorar la experiencia del usuario, y en parte es cierto. El problema aparece cuando no somos conscientes del alcance real de esa cesión de información o cuando esos datos acaban utilizándose con fines comerciales muy concretos, segmentación extrema o incluso fraudes dirigidos.

Mensajes, fotos y ubicaciones que parecen inofensivos

Un buen ejemplo está en la mensajería. No hace falta escribir nada sensible para que el patrón de uso diga mucho. A qué horas hablamos, con quién lo hacemos con más frecuencia, desde dónde y durante cuánto tiempo. Esa información, cruzada con otros datos, resulta muy valiosa.

Las fotos son otro caso claro. Aunque no se compartan, incluyen metadatos como la ubicación, la fecha o el dispositivo con el que se tomaron. Lo mismo ocurre con el historial de ubicaciones, las búsquedas por voz o los desplazamientos diarios. Son piezas sueltas que, juntas, dibujan una radiografía bastante precisa de nuestra vida cotidiana.

La privacidad también es una cuestión de futuro

Hay otro aspecto que solemos pasar por alto cuando hablamos de privacidad en el móvil, el largo plazo. Los datos no desaparecen cuando cambiamos de teléfono ni cuando desinstalamos una aplicación. Muchos se almacenan durante años, incluso aunque dejemos de usar el servicio.

Lo que hoy nos parece irrelevante puede no serlo dentro de unos años, cuando cambien las leyes, los usos tecnológicos o nuestras propias circunstancias personales. No te castigues, ya que no se trata de vivir con desconfianza, sino de aplicar sentido común digital. Es decir, de revisar ajustes, limitar permisos innecesarios y entender que proteger la privacidad no es exagerado, es simplemente decidir qué queremos compartir y qué no.

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