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Ni dieta ni gimnasio: el secreto de la longevidad lo tienen tus padres

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Ni dieta ni gimnasio el secreto de la longevidad lo tienen tus padres
Blanca Espada

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Durante años hemos repetido que vivir más tiempo dependía casi únicamente de cómo nos cuidáramos. Por ello, se ha recomendado siempre comer bien, moverse un poco, dormir lo necesario y poco más. Pero ahora llega un estudio que cuestiona ese planteamiento. Publicado en la revista Science, plantea que la genética tiene un peso mucho mayor del que se pensaba y que, en realidad, buena parte de nuestra longevidad viene marcada de fábrica. Los autores han trabajado con grandes bases de datos y familias enteras, comparando edades, patrones y antecedentes, para entender qué hay detrás de las diferencias en esperanza de vida. Y lo que han encontrado apunta a que el ADN influye bastante más de lo que creíamos.

Mientras muchos miran su estilo de vida para encontrar la clave de la longevidad, un simple repaso a las edades que alcanzaron padres, abuelos y otros ancestros puede revelar más información de la que pensamos. Las conclusiones del trabajo, dirigido por Ben Shenhar en el Weizmann Institute of Science, apuntan a que la herencia biológica tiene un peso mucho mayor del que se había estimado hasta ahora. Este estudio llega para abrir un debate que llevaba años estancado. Los modelos tradicionales situaban la contribución genética en torno al 25%, pero los nuevos datos doblan esa cifra y colocan la influencia del ADN cerca del 55%. Una conclusión que obliga a reconsiderar muchas ideas asumidas sobre cómo envejecemos.

El secreto de la longevidad lo tienen tus padres

El nuevo análisis se ha centrado en gemelos monocigóticos, personas que comparten exactamente la misma secuencia genética. Los investigadores separaron, por primera vez de forma precisa, dos tipos de mortalidad: la intrínseca, la relacionada con enfermedades o procesos biológicos propios del cuerpo, y la extrínseca, asociada a accidentes, infecciones o factores ambientales.

El resultado fue contundente. Al eliminar de los cálculos las muertes por causas externas, la influencia genética sobre la longevidad se situó en torno al 50%. Esto supone un cambio de escala respecto a investigaciones previas y dibuja un panorama mucho más determinante para el ADN humano.

Manel Esteller, referente en epigenética del Instituto de Investigación de Sant Pau, explica que este enfoque permite distinguir mejor qué parte de la vida depende de procesos biológicos internos y cuál se debe al azar o al entorno. Según matiza, incluso algunas causas consideradas externas podrían tener un componente genético, como la predisposición a infecciones graves o ciertas conductas de riesgo.

Cuando la longevidad se hereda: lo que dicen los centenarios

Otro punto importante del estudio llega de la mano de Nir Barzilai, director del Institute for Aging Research, donde se investiga a más de 750 personas centenarias y sus familias. Sus datos muestran patrones muy claros: la longevidad extrema tiende a transmitirse.

Según esos registros, tener dos padres centenarios aumenta en un 24% la probabilidad de superar la esperanza de vida media de la población. Si sólo  uno de los progenitores llega a los cien, la ventaja ronda el 13%, y si quien alcanzó una edad extraordinaria fue un abuelo, el impacto se sitúa en torno al 7%. Es decir, la longevidad se reparte en capas hereditarias que, sumadas, inclinan la balanza. Para entenderlo de forma sencilla: si en un entorno donde la esperanza de vida es de unos 80 años se cumplen alguno de estos escenarios, no sería extraño llegar a los 85, 93 o incluso pasar la barrera de los 100 años.

El papel (enorme) del entorno

Aunque el estudio da más peso a la herencia de lo que se había reconocido, todos los expertos insisten en que la genética no actúa sola. Esteller recuerda que sigue existiendo otro 50% que no depende del ADN. Es la parte que construimos día a día: alimentación razonable, descanso, relaciones sociales, actividad física moderada, gestión del estrés y una actitud positiva ante la vida.

La epigenética, cómo el entorno modifica químicamente la expresión de nuestros genes, sigue siendo determinante. Los hábitos pueden activar o silenciar mecanismos que aumentan o reducen el riesgo de enfermedad. En cierto modo, heredamos un marco, pero la forma de vivir lo mueve hacia arriba o hacia abajo.

La investigadora española Ana María Cuervo, referente internacional en envejecimiento saludable, lo resume así: envejecer bien es una combinación de biología y decisiones. La genética abre una puerta, pero el estilo de vida decide cuánto se cruza.

El futuro de las terapias antiedad

El aumento del peso genético no sólo  cambia la forma de entender la longevidad, sino que da fuerza a una línea de investigación en auge: identificar las variantes concretas que protegen frente al envejecimiento. Tanto Barzilai como Esteller coinciden en que estos resultados serán clave para desarrollar, en los próximos años, fármacos y tratamientos dirigidos a esos genes.

La idea no es prometer vidas indefinidas, sino retrasar la aparición de enfermedades asociadas a la edad. Si se logran identificar los mecanismos genéticos que han permitido a personas como María Branyas, la española que llegó a los 117 años, alcanzar edades excepcionales, las aplicaciones clínicas podrían ser enormes.

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