Parece de una película de miedo: los motivos por los que este palacio de Vizcaya está maldito y piden no visitarlo
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Quien recorre la zona interior de Vizcaya a menudo escucha hablar de un lugar que no aparece en las guías turísticas pero sí en las redes y como no, en las conversaciones de los locales. Es un edificio que muchos sólo conocen por fotografías tomadas desde lejos, ruinas que asoman entre árboles y que, por alguna razón, despiertan la sensación de que algo quedó interrumpido allí hace mucho tiempo. No es un monumento abierto al público, ni un enclave acondicionado para recibir visitas, y aun así se ha convertido en uno de los puntos más comentados ya que se dice que es un palacio de Vizcaya que está maldito y es la propia familia la que pide que no se visite.
El interés ha crecido después de que la creadora de contenido Nahikari Nuñez compartiera unas imágenes del enclave en Instagram. Ese gesto, que parecía anecdótico, ha provocado una pequeña avalancha de curiosos que se han acercado a la carretera que conecta Güeñes y Zalla para verlo de cerca. Lo que quizá no esperaban es que detrás de esos muros cubiertos de vegetación hay una mezcla de historia real y superstición que lleva circulando más de trescientos años. El repunte de visitas ha obligado incluso a intervenir a los propietarios, preocupados por el estado de la estructura. Y es que el llamado palacio Hurtado de Amezaga, conocido popularmente como el Palacio de las Brujas de Güeñes, no es un lugar seguro. Es una ruina monumental, inestable, y su acceso puede suponer un riesgo real. Es por ello que se pide que nadie lo visite, pero es que además, su fama como el palacio maldito de Vizcaya provoca que uno se lo piense dos veces antes de acercarse.
Los motivos por los que este palacio de Vizcaya está maldito
La historia documentada de este palacio de Vizcaya sitúa a comienzos del siglo XVIII. Baltasar Hurtado de Amezaga, recién nombrado marqués de Riscal tras su carrera militar en Flandes, quiso levantar una residencia que reflejara su rango. Para ello encargó el proyecto al arquitecto barroco Martín de Zaldua, quien diseñó una estructura imponente, con muros de sillería y volúmenes pensados para dominar el paisaje del valle.
El plan, sin embargo, nunca llegó a materializarse por completo. El marqués falleció antes de ver la obra terminada y dejó una instrucción muy precisa en su testamento, que era que nadie debía continuar la construcción ni vender la propiedad. Sus herederos no respetaron esa última voluntad, y según las versiones populares, fue entonces cuando comenzaron los sucesos que alimentaron su fama de lugar maldito.
Cuál es el origen de esta leyenda
Con el paso de los años, quienes intentaron retomar las obras se enfrentaron a constantes sobresaltos. Historias locales hablan de accidentes súbitos, muertes prematuras y trabajos que siempre parecían torcerse en el peor momento. Nada de ello está documentado, pero en la memoria vecinal esas coincidencias fueron encajando en un relato que ha llegado hasta hoy.
La leyenda más conocida menciona a una joven que habría perdido a su padre a manos del marqués y que, movida por la rabia, lanzó un hechizo para que la construcción no pudiera completarse jamás. No hay pruebas históricas, pero el cuento ha atravesado generaciones y sigue formando parte de la identidad oral de la zona. Y es imposible negar que el aspecto del edificio, detenido a medio camino entre proyecto y ruina, contribuye a que la historia siga viva.
Los dueños piden no visitarlo
La difusión reciente de las imágenes de Nahikari Nuñez no sólo ha revitalizado el interés por el palacio, sino que también ha obligado a recordar algo fundamental: el lugar no es seguro. La propia influencer, tras recibir un mensaje de los propietarios, explicó a sus seguidores que la estructura podría derrumbarse en cualquier momento y pidió expresamente que nadie acceda al interior.
Recomendó, en su lugar, observarlo desde un monte cercano, un punto elevado desde el que se aprecia el conjunto sin poner en riesgo la integridad física. La advertencia ha frenado a algunos, pero no a todos, porque el magnetismo del sitio parece ir más allá del sentido común. Quizá sea por la estética de ruina imponente, quizá por el peso de la leyenda o por la atracción que generan los lugares prohibidos.
Una ruina que sigue atrapando miradas en Vizcaya
Hoy el palacio permanece tal y como lleva más de tres siglos, es decir, inacabado, silencioso y cubierto por la vegetación. Para los vecinos forma parte del paisaje cotidiano, aunque siempre acompañado de un gesto de respeto. Para quienes llegan por primera vez, su presencia resulta desconcertante, como si el edificio hubiera quedado congelado en un punto exacto del tiempo.
Lo que está claro es que, más allá de supersticiones, el palacio Hurtado de Amezaga es un testimonio histórico singular al ser una obra barroca detenida para siempre y reinterpretada por el imaginario popular. Un lugar que atrae como atraen los escenarios misteriosos, pero que requiere distancia por seguridad y también por respeto a quienes custodian lo poco que queda en pie.
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