Ni tan mal con Trump
Impotencia. No hacen falta más palabras para resumir las experiencias de mi primer viaje a Irán en octubre de 2000 acompañando al presidente Aznar. Me resultó profundamente desasosegante contemplar sin poder hacer nada cómo los hombres tratan a las mujeres allí, peor que a los perros, y cómo tienen que ir obligatoriamente cubiertas por la calle so pena de ser linchadas sin contemplaciones por la satánica Policía de la Moral. Y qué decir de los gays: los iraníes te contaban con pelos y señales cómo cada semana se colgaba —y un cuarto de siglo después se continúa colgando— de grúas en plazas públicas a ciudadanos señalados por su libérrima opción sexual.
Pero había dos Irán: el público, en el que el machismo asesino y la homofobia representaban la marca de la casa, y el privado, donde la gente hacía de su capa un sayo aun a riesgo de acabar torturado, entre rejas o fusilado por la Guardia Revolucionaria. El penúltimo sábado de octubre de hace 25 años y medio, y por cortesía de nuestra Embajada, acudí invitado a una fiesta en una de las mejores zonas de Teherán y contemplé el fascinante espectáculo de ver a las mujeres quitarse esa cárcel de tela que es el hiyab o el chador para quedarse en minifalda nada más franquear el umbral de la casa. El alcohol corría por doquier y las personas homosexuales no hacían natural alarde de ello, por si las moscas, pero tampoco ocultaban su orientación.
Los pelos se me pusieron como escarpias al certificar cómo un país que posee las terceras mayores reservas de petróleo del mundo atesoraba unos niveles de pobreza próximos a los del Tercer Mundo cuando no directamente tercermundistas. La coyuntura actual es peor si me apuran. Lo más curioso de todo es que antes de la mal llamada «Revolución Islámica» —el islamismo es cualquier cosa menos revolucionario— de ese otro asesino que era Jomeini, Irán gozaba de un nivel de vida muy superior al de sus vecinos y no muy lejano al de las naciones europeas más pobres. Con el Sha no existía opulencia pero sí cierta riqueza, entre otras cosas, porque se había convertido en socio preferente de los Estados Unidos. Las mujeres podían circular descubiertas e incluso en minifalda sin que les ocurriera nada, la homosexualidad estaba tolerada, al punto que llegaron a celebrarse bodas entre personas del mismo sexo, y sus nacionales podían salir y entrar libremente en el país.
Que el de los ayatolás era un régimen asesino quedó inequívocamente probado en noviembre de 1979 cuando invadieron la Embajada de los Estados Unidos, que como cualquier otro recinto diplomático es inviolable, y secuestraron durante 444 días a 52 funcionarios. Rapto que se prolongó hasta la toma de posesión del mejor presidente de la historia moderna, Ronald Reagan, que debió advertir a la dictadura local que o devolvía a los 100 estadounidenses o arrasaría el país. La historiografía sugiere que la liberación fue fruto de un acuerdo con cinco puntos a favor de Irán pero la realidad es que desempeñaron el rol de cebo para lograr la liberación. Porque, cumplirse, lo que se dice cumplirse, no se cumplió ninguno. Y amenazas soterradas de aniquilar a los ayatolás llegaron de Washington, vaya si llegaron.
A Trump hay que reconocerle el mérito de acabar sin contemplaciones con los más sanguinarios gobiernos del mundo
Consecuencia: los 52 rehenes fueron liberados en cuestión de horas, el 20 de enero de 1981, coincidiendo con la jura del cargo por parte del republicano. El feliz desenlace fue posible gracias a la personalidad de un Reagan que nada tenía que ver con la calamidad que representaba el anterior comandante en jefe, un cacahuetero de Georgia acomplejado, miedoso y siempre dispuesto a dar la razón al enemigo. Se podría decir que Jimmy Carter fue el primer woke. Y así le fue. Y como tal le recuerdan los anales.
Donald Trump no es Reagan ni lo será en 30 reencarnaciones pero hay que reconocerle el mérito de acabar sin contemplaciones con los más sanguinarios gobiernos del mundo. Primero fue la narcodictadura chavista y ahora le toca el turno a la vomitiva teocracia que hasta ayer mandaba en Irán y que estaba a tres o cuatro telediarios de poder producir armas atómicas. Esa teocracia que ha asesinado en los dos últimos meses a 43.000 jóvenes —de ellos 30.300 sólo el 8 y el 9 de enero— que se manifestaban por las calles del país exigiendo algo tan elemental como libertad, democracia y derechos humanos. Un anatema para la tiranía que, por cierto, financió a Pablo Iglesias y a Podemos en sus inicios.
Siempre se ha dicho que Irán estuvo detrás del atentado en 1985 en el restaurante madrileño El Descanso
Lo de masacrar a sus propios ciudadanos no constituye ninguna novedad en el proceder de los sátrapas iraníes. Llevan lapidando mujeres, colgando homosexuales y fusilando disidentes la friolera de 47 años. Por no hablar de los estratosféricos niveles de corrupción de una clase dirigente cuyos integrantes viven como marajás y acumulan miles de millones en cuentas cifradas en paraísos fiscales. Y tampoco podemos ni debemos olvidar que esta chusma es la gran patrocinadora del terrorismo internacional, desde Hezbolá hasta Hamás —curiosamente pese a que son mayoritariamente suníes—, pasando por la Yihad Islámica Palestina o los hutíes. Y siempre se ha dicho que Irán estuvo detrás del atentado en 1985 en el restaurante madrileño El Descanso, a tiro de piedra del aeropuerto de Barajas, que causó 18 víctimas mortales. Otros expertos también acusan a la dictadura cuasiderrocada ayer de haber entrenado y financiado a ETA.
Que es o era un Estado dedicado a exportar el terror lo sabe mejor que nadie Alejo Vidal-Quadras, que vive de milagro tras ser balaceado por sicarios de la tiranía iraní en pleno centro de Madrid sin que el Gobierno de Pedro Sánchez haya presentado a día de hoy la más mínima queja ante los socios de Pablo Iglesias. Los iraníes han matado impunemente en todo Occidente y hasta la llegada del segundo Trump se iban sistemáticamente de rositas. Que se lo digan o se lo cuenten a Salman Rushdie, al que persiguió durante décadas una fatua dictada por Satán Jomeini que culminó con su apuñalamiento en Nueva York en 2022, o a los familiares de los fallecidos en los ataques terroristas iraníes a la Embajada de Israel en Buenos Aires y a la Asociación Mutual Israelí Argentina (AMIA) que dejaron un reguero de 107 cadáveres y cientos de heridos.
Desde ayer el mundo es un lugar más decente y Donald Trump un presidente infinitamente más respetable
La gran diferencia entre el malvado Donald Trump, sus antecesores y los demás dirigentes del mundo libre, empezando por esa Unión Europea que se diluye cual azucarillo, es que todos miraron hacia otro lado con este integrante de un imperio del mal que completan una Rusia y una Corea del Norte que ojalá sean las siguientes de la lista. El vigente inquilino del Despacho Oval ha decidido pasaportar al infierno al Hitler del siglo XXI, Alí Jamenei, y remitir al hotel rejas a ese otro asesino de masas que es el narco Nicolás Maduro.
Las asignaturas pendientes que han representado durante décadas Venezuela e Irán van camino de resolverse. Desde luego Irán y sus ciudadanos respiran aliviados desde ayer, los bailes y los aplausos en las calles no dejan lugar a la duda, y tres cuartos de lo mismo cabe colegir de nuestros hermanos venezolanos. Cierto es que el exterminio de la satrapía iraní no ha hecho más que comenzar y que lo de Venezuela va lentito, ahí sigue la narcodictadora Delcy Rodríguez, pero no lo es menos que en ambos casos se empieza a divisar luz al final del túnel. Sea como fuere, están mejor que ayer y peor que mañana.
Sánchez se puso ayer implícitamente del lado de los terroristas que mandaban en Irán y su TVE ensalzó la llamada a la paz de ¡Putin!
El descabezamiento de las capos de la dictadura iraní garantiza un mundo más seguro, entre otras cosas porque Hezbolá, Hamás, Yihad Islámica, hutíes y demás terroristas se quedarán sin las descomunales remesas de dólares y euros que Jamenei les enviaba puntualmente para continuar matando a los que no piensan como ellos y a los infieles. Y esperemos que sea el principio de la democratización de la nación con una de las élites mejor preparadas de toda la región.
Cruzo los dedos para que el petróleo no sea el objetivo primero y último de esta cruzada. Que estemos, en resumidas cuentas, ante una cruzada democratizadora y no sólo económica. El arriba firmante entiende que repetir errores pasados, como el de un Irak en el que se eliminó a todos los jerarcas del régimen de Sadam sumiendo al país en un caos, se antoja un cortoplacismo suicida. Que la realpolitik es tediosa pero sustancialmente más efectiva a largo plazo. Buen ejemplo de ello es nuestra Transición, guiada por un ministro de Franco, el gran Adolfo Suárez. La meta última ha de ser implantar la democracia y los derechos y libertades más fundamentales en naciones que llevan décadas bajo la bota de la tiranía. Sólo así los Estados Unidos podrán enorgullecerse de esa superioridad moral que los ha convertido en la democracia más sólida, en la mayor superpotencia de todos los tiempos y en un indiscutible faro ético.
Sánchez se puso ayer implícitamente del lado de los terroristas que mandaban en Irán y su TVE ensalzó la llamada a la paz de ¡Vladimir Putin! Con una tiranía sangrienta de este calibre no puedes mostrarte imparcial. Si condenas a quienes quieren derribarla, es que estás a muerte con el mal absoluto, en estos dilemas morales no caben las medias tintas. Los españoles de bien, mientras tanto, nos alegramos de la muerte de Jamenei y del fin de su tiranía por Mahsa Amini, la muchacha apaleada hasta la muerte por la Policía de la Moral por no usar correctamente el hiyab, por los 43.000 compatriotas que han corrido su misma suerte en los últimos tiempos, por Salman Rushdie, por Alejo Vidal-Quadras, por las personas fallecidas en la AMIA y en la Embajada de Israel en Buenos Aires y por las miles de víctimas provocadas por Hezbolá, Hamás y la Yihad Islámica Palestina en Líbano e Israel. Desde ayer el mundo es un lugar más decente y Trump un presidente infinitamente más respetable.