El vacío liberal sigue abierto y disponible
Hay algo profundamente revelador en que un partido termine despidiéndose de casi todos los que lo fundaron. No es solo una cuestión personal. Es ideológica. Es estructural. Es, en cierto modo, moral. Hay gestos que hablan más que mil discursos. Pocos tan claros como la marcha de quienes levantaron un partido desde sus cimientos.
Vox nació como un grito. No una escisión rutinaria del Partido Popular, sino una réplica al acomodo, al silencio y a la tibieza. En sus primeros años convivían liberales económicos, conservadores culturales, patriotas constitucionales y técnicos con experiencia institucional. Esa mezcla daba músculo y brújula. Había debate, tensión, discrepancia. Eso era señal de vida: los partidos fuertes discuten, evolucionan y se enriquecen dentro de su propia variedad .
Vox ha pasado de ser un crisol de corrientes internas a una estructura vertical y concentrada. La disciplina ha sustituido al debate; la lealtad reemplaza al contraste. Lo que antes era deliberación ahora es ejecución.
Funciona a corto plazo. Un mensaje compacto moviliza. Una organización sin ruido interno proyecta fuerza. Pero tiene un precio alto. Primero, intelectual: sin corrientes internas, el discurso se empobrece. Se repite, pierde matices. El liberalismo económico pierde peso frente a la retórica identitaria. Consolidar al votante fiel no es suficiente. Para crecer hace falta integrar, no cerrar; atraer, no expulsar.
Y aquí surge la pregunta incómoda: España atraviesa un vacío liberal. Ciudadanos desapareció, el PP oscila entre prudencia y ambigüedad, y Vox se estrecha. El hueco se abre. Un partido liberal articulado -con políticas claras de reducción del tamaño del Estado, simplificación fiscal, defensa de la iniciativa privada y respeto por las libertades individuales- podría ofrecer una alternativa coherente dentro del bloque conservador y más allá de él. No se trata únicamente de ganar votos, sino de enriquecer el debate político: aportar propuestas que desafíen la ortodoxia estatista y promuevan un crecimiento económico sostenido, mayor libertad personal y responsabilidad individual.
La política no tolera vacíos. Alguien lo ocupará. Puede surgir un nuevo partido plural. Una plataforma cívica que acabe convirtiéndose en fuerza política. O una absorción estratégica por parte del PP. La oportunidad está sobre la mesa. Sólo hay que tomarla.
Para Vox, la cuestión no es resistir -eso probablemente lo hará- sino decidir qué quiere ser: un partido sólido en su nicho o una fuerza capaz de articular mayorías dentro del bloque conservador. Lo primero da homogeneidad; lo segundo exige pluralismo. La diferencia no es retórica. Es existencial.
Porque en política, como en arquitectura, cuando las columnas originales desaparecen, el edificio puede mantenerse en pie. La pregunta es si sigue siendo el mismo. Y si sigue siendo capaz de albergar a quienes alguna vez creyeron en él. Mientras tanto, grandes líderes y pensadores liberales se han quedado sin partido. El vacío liberal permanece abierto, disponible. Necesitado de liderazgo
Y España observa.