El PP, por delante en votos, por detrás en ideas

El PP, por delante en votos, por detrás en ideas

En Aragón, ganó el PP, pero triunfó Vox. O en términos de contexto prebélico, venció el PP, pero convenció Vox. Ya pasó en Extremadura y volverá a suceder en Castilla y León y Andalucía. Se llama gobernar el contexto e ir por delante de lo que marcan las necesidades de una ciudadanía que hace tiempo mostró su disconformidad y desapego con lo sistémico: exigen y reclaman cambios profundos en varios ámbitos y ya saben que el PSOE representa todo lo contrario de esos cambios y no ven al PP con la suficiente fuerza como para representar una alternativa creíble y, por el contrario, sí un posible continuismo más aseado y menos corrupto. En realidad, la España que reacciona cinco minutos más tarde que Europa está viviendo su particular pendulazo. Más lento, pero más firme. Los españoles no quieren un gestor de las mismas políticas que les están saqueando, sino soluciones contra la presente deriva liberticida y ruinosa. Ese es el mandato ordenado y es algo que tanto en Génova, si se libran de los gurús de AliExpress, como en Bambú, deben aceptar. Porque entender, lo entienden.

En el PP siguen conviviendo las dos familias y corrientes de siempre. Antes eran liberales con conservadores, o democristianos con libertarios, y ahora se reduce a aquellos que defienden endurecer el discurso frente a los que piden tener un discurso. Porque ahí reside el mal que aqueja al partido que sigue ganando las elecciones y cuyo electorado cada día se estanca más en la pesadumbre, el conformismo o la huida. Cuando socialisteas con una campaña en la que el electorado reniega del socialismo, el resultado es el imaginado. Ha vuelto a pasar en Aragón, donde como de costumbre, al PP le ha sobrado la última semana de campaña.

El resumen que enmarca las conclusiones sociológicas de toda esta retahíla de elecciones autonómicas que se están celebrando no hace sino adelantar lo que acontecerá en las próximas generales, que se constituirán a modo plebiscitario por un Sánchez al que ya sólo le queda la épica victimista del mártir: o democracia o ultraderecha, eslogan que venderá a sus estabuladas huestes dentro de poco, más acostumbradas a las barricadas cuando ven que se acaba el trigal de la mamandurria pública.

Por eso, las derechas deben entenderse ya para gobernar, porque sus votantes no van a admitir ninguna componenda que favorezca una continuidad del sanchismo actual. Se entiende que Vox no quiera entrar en gobiernos cuyas medidas no pueda capitalizar. Experimentó en partido ajeno -Ciudadanos- lo que supone ser el que más trabaje y menos rentabilice el éxito de unas medidas bien valoradas por el pueblo. Y se comprende que el PP quiera tenerlo cerca y que entre en la gestión del día a día para favorecer un desgaste en términos que sólo el bipartidismo, más acostumbrado a ese ecosistema, sabe controlar. Pero fuera de las estrategias de partido, reside la necesidad nacional. Y los españoles no aceptarían que el sanchismo continuase por un quítame allá esos cargos y consejerías. Uno, el PP, no puede exigir votos y apoyos gratis para gobernar, sin ceder nada a cambio. Y el otro, Vox, no debe imponer un programa de máximos cuando está en inferioridad numérica y representativa respecto a su natural aliado, al que tampoco debe someter con ultimátums constantes sobre todas las cosas.

El mapa electoral de los próximos años renegará de los recambios y exigirá alternativas políticas que vayan más allá de un coyuntural endurecimiento retórico. Y para ello es clave entender y dominar el contexto. Cuando te ven como un partido sistémico quienes deciden por dónde debe ir el sonido de la música, tu sentencia ya está firmada. Sólo te queda mantener a ese electorado inmovilista y veterano que sigue suscribiendo tus siglas. Y ese electorado está acostumbrado a la tila y tisana, no al electroshock que requiere ahora el país. En el PP no fallan las ideas, sino la ausencia de ellas. Se ha convertido en un gestor reactivo de propuestas y emociones ajenas, sin más discurso que lo que navegue entre la convicción retórica de Ayuso y el pragmatismo formal de Juanma Moreno.

Y en ese estadio de nuevo ecosistema electoral, Vox cada vez gusta a más gente, no por lo que hace, sino por lo que obliga a hacer: al PP, mover su discurso globalista (agenda verde, Mercosur, pacto con el PSOE en Europa) a posiciones más realistas con su electorado. Y aquí reside la clave del entendimiento: son más parecidos de lo que creen y deben gobernar pese a las diferencias que los separan. Quienes van a decidir el futuro mapa de España son votantes mucho más exigentes que el tradicional elector sistémico, cada vez menos importante y decisivo y que irá desapareciendo por la lógica biológica de las naciones. El partido que mejor entienda esta deriva podrá hacerse con mayorías que luego deberá refrendar con políticas acordes a esas demandas, sean coyunturales o permanentes. De eso va ser un partido útil.

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