Partida de tahúres en la investidura sanchista

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Comienza esta semana una nueva legislatura y de nuevo somos el actor Bill Murray en Punxsutawney. Nuestra democracia es el día de la marmota y después de cada elección despertamos con la canción I got you babe de Sonny & Cher, que en nuestro caso es la cantinela de los vascos y catalanes que codirigen, con planteamientos a veces terroristas y a veces solamente mafiosos, nuestro régimen.

Bueno, no son en realidad todos los vascos y catalanes, sino los políticos que ellos eligen; aunque si una y otra vez los eligen será porque a sus electores les gusta que hagan lo que hacen.

Y mientras tanto el resto de los españolitos nos quedamos mirando como la vaca al tren, y es por eso que los políticos e incluso los periodistas autóctonos nos dicen con suficiencia que lo que pasa es que no entendemos la idiosincrasia de estos territorios. De esos opinadores los hay más tontos y descarados y se atreven a soltar todo el discursito de que son más trabajadores y confiables, más formados y más serios, más desarrollados y más modernos. En su idiocia no caen en que eso es exactamente el supremacismo, que, en el caso de los vascos, se identifica todavía más con la diferenciación racial del nazismo.

También los hay más inteligentes y esos se percatan de que no pueden utilizar esos eufemismos. Siguen diciendo que no les entendemos, pero no te explican nada porque les da vergüenza reconocer que son lo que de verdad son. Alguno dice que la derecha no entiende lo que pasa en Cataluña, pero a continuación debería explicárselo. Aclarar que allí la distinción entre izquierda y derecha se ha convertido en nominal y no orienta la intención de voto. Para la gran mayoría de los catalanes, la distinción en los planteamientos socioeconómicos entre los partidos es, como mucho, el segundo criterio a la hora de escoger el voto. Su primera motivación es siempre la diferenciación exclusivista y supremacista de Cataluña; su única opción, u obsesión, es votar a quien se lo reconoce.

En fin, ahora toca presenciar de nuevo el espectáculo dantesco de una partida en la que se están jugando el dinero, el orden constitucional y la dignidad de todos los españoles. Pedro Sánchez no tiene otra que aceptar todos los envites, aunque sabe que con cada una de las peticiones a las que accede está traicionando a una patria y a unos compatriotas a los que nunca coloca por delante de su ambición. Aunque también sabe que, como en la partida, todos son una cuadrilla de truhanes y juegan con cartas marcadas, las trampas van a estar al orden del día, y en eso de las trampas no hay quien le gane.

Veamos, lo primero de lo que va a aprovecharse es de conocer la necesidad de llegar a un acuerdo que tienen los demás. Todos saben que tienen mucho que ganar si él es presidente y mucho que perder si no lo es. Puede, por eso, ponerse a toda máquina en modo de confrontación y negociación intransigente, con la seguridad de que serán los demás quienes volantearán para evitar la colisión y la derrota del sanchismo, que sería la de todos ellos.

Después cuenta con su falta de escrúpulos, que le permite conceder lo que no debería, pero también comprometer lo que sabe que no puede conceder. Por muy estrafalarias e improcedentes que sean las peticiones, siempre va a poner encima dos huevos duros. Después de todo, los independentistas que también las saben inviables las van a pedir, compitiendo entre ellos a tremendismo, mirando a sus votantes en los tendidos.

Sánchez tiene la gran oportunidad de investirse engañándoles a todos y al mismo tiempo, y componer una mesa de peticiones sin decir no a nada, aunque tenga la misma solvencia que la de Villar del Río en Bienvenido, Mister Marshall. Desde la amnistía absoluta para todo el procés a la suspensión de los enjuiciamientos e investigaciones de los crímenes etarras, desde la condonación de la deuda al traspaso de la caja de la seguridad social, desde conceder las últimas instancias judiciales al compromiso de inamovilidad de sus normas y estatutos. Y, por supuesto, las competiciones y selecciones deportivas, cediendo al Barça cuatro o cinco de las Copas de Europa del Real Madrid y a la selección catalana el Mundial de 2010.

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