Nunca tuve una Barbie

Barbie

A pesar de que Barbie es una muñeca que se lanza al mercado americano en 1959, en Colombia (país en el que nací) solo aparecen en las tiendas a finales de los años 80. A mediados de esa década, cuando yo comencé a pedir juguetes, mis únicas opciones eran muñecas (bebés o mamás), juegos de cocina, o como mucho bicicletas o patines. Y como no había mucho donde elegir, ni tampoco excesivos recursos, tenías que cuidar y jugar mucho con tus juguetes.

Un día, algunas niñas comenzaron a aparecer en mi colegio con unas muñecas rubias que sus padres les traían de Estados Unidos. Aún recuerdo ver las primeras Barbies con cuerpo de mujer, ropa para cambiar, y accesorios que nada tenían que ver con una vajilla. Me fascinaban.

Pero para una niña de clase media era impensable tener en una Barbie en esa época; eran muy caras y mi familia no podía darme ese lujo. Por ello mis padres me llevaban a la Fábrica Nacional de Muñecos (que ya no existe) y me compraban bebés. Cuando finalmente las Barbies inundaron los comercios, yo ya era una adolescente y las muñecas habían dejado de interesarme. El desquite llegó cuando tuve a mi hija e hice lo que hacemos los padres hoy, dar en exceso aquello que nos fue negado.

Pero la Barbie no fue lo único que no pude tener; hay una larga lista de cosas que por diferentes razones -no solo económicas – mis padres decidieron no darme. Así que, cuando crecí, en algunas vacaciones tuve que trabajar para poder comprarme, por ejemplo las zapatillas de moda, ya que de lo contrario debía esperar a mi cumpleaños o a la Navidad. Los regalos únicamente se daban en fechas especiales.

En los años 90 el concepto del tiempo era distinto, y si por ejemplo querías tener la canción de moda en MTV, una de dos, o pedías el CD a Estados Unidos y tardaba meses y eran carísimos, o esperabas que llegara a las tiendas de discos. Estas restricciones nos obligaron a ser pacientes a la fuerza, ya que el mundo se movía de esa forma. Hoy puedes tener una canción en el mismo momento del lanzamiento.

Y todo ello ha conducido a que valores como la paciencia, la espera, la perseverancia, la calma -entre otros-, que nuestras sociedades crearon a lo largo de siglos, se hayan subvertido, gracias a la tecnología, por la inmediatez, la rapidez, la brevedad, la aceleración, etc.

Muchos pensarán que esto es evolución, pero ¿podríamos clasificar de «evolución humana» el poder enviar un WhatsApp a nuestros padres en lugar de visitarlos? Creo que la tecnología ha evolucionado mucho más que nosotros y nos permite tener no solo el acceso a la información de forma instantánea, sino tener casi cualquier cosa en 24 horas, y poder comprarla bastante más barata, pero ¿a qué precio?

El éxito de Amazon radica básicamente en la adrenalina que te genera la inmediatez de la entrega, porque ese último libro que pediste por esta plataforma, lo hubieras conseguido de igual forma en una librería, pero te hubiera tomado más tiempo. No obstante, «ganar ese tiempo» ¿te sirvió para que comenzaras antes a leer el libro?, o ¿solamente lo dejaste en la mesita para después?

Desde hace un tiempo ha habido una profunda ruptura entre nuestros valores más profundos y los nuevos que nos impone la tecnología, y esto no estaría mal si hubiéramos tenido una especie de transición o continuación entre unos y otros, pero la realidad es que hubo destrucción, y por el camino se han perdido cosas realmente valiosas para los humanos.

Nunca tuve una Barbie, pero nunca me generó un trauma no tenerla, la vida era así. Y cuando podía, jugaba con las Barbies de mis amigas, y así aprendí a esperar mi turno. Hoy agradezco infinitamente esos «no» de mis padres, esos límites que me impusieron, y todas las cosas que no pude tener en el momento. Todo eso me enseño que no basta con «desear» algo para tenerlo, hay que trabajar por ello. Sin esos valores, la vida hubiera sido una pesadilla de angustia y ansiedad.

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