«Intolerancia», los totalitarismos en la residencia de estudiantes

«Intolerancia», los totalitarismos en la residencia de estudiantes
  • Pedro Corral
  • Escritor, investigador de la Guerra Civil y periodista. Ex asesor de asuntos culturales en el gabinete de presidencia durante la última legislatura de José María Aznar. Actual diputado en la Asamblea de Madrid. Escribo sobre política y cultura.

Hay pocas ocasiones en las que el propio espacio de una exposición sea por sí mismo el más perfecto símbolo de cuanto se retrata en ella. Es el caso de Intolerancia. España en una Europa convulsa 1914-1945 en la Residencia de Estudiantes, la cual desempeña un potente papel evocador de cuanto se muestra con la Colección José María Castañé donada a la centenaria institución.

La exposición, comisariada por Miguel Martorell, reúne carteles, folletos, periódicos, fotografías, dibujos y documentos que reflejan la historia de Europa en la primera mitad del siglo pasado. El visitante se asoma al baúl de un viajero, como un maestro Juan Martínez de Chaves Nogales, que hubiera recorrido el itinerario de guerras, revoluciones y exterminios que sacudieron a tres generaciones de europeos.

Un viajero que, a la vez, hubiera ido encontrando en la orilla de la Historia las pruebas, en apariencia menores o insignificantes, de los sucesivos hundimientos de las sociedades europeas bajo las tempestades de acero de los totalitarismos.

Decenas de testimonios materiales, a veces un mero sobre franqueado o una simple baraja de cartas, conducen intensamente al visitante por el sendero de la Gran Guerra, la Revolución Rusa, el ascenso del fascismo y el nazismo, la Segunda República, la Guerra Civil, la Segunda Guerra Mundial o la posguerra.

El acierto de la exposición organizada por la Residencia de Estudiantes hasta el próximo 12 de abril es, como digo, situar en la narración a la propia institución de la colina de los chopos, ejemplo patente del fracaso de una España que parecía decidida a conquistar el futuro sin excluir a nadie.

Desde 1910, la «Resi» fue el emblema de un proyecto de regeneración que se materializó en la llamada Edad de Plata de la cultura y la ciencia españolas. A la evocación de la presencia allí de Dalí, García Lorca, Buñuel, Bal y Gay o Moreno Villa, se suma la de Ramón y Cajal, Negrín, Puche, Méndez, Grande Covián, Ochoa, Hernández Guerra o Corral, mi abuelo materno.

De hecho, la Colección José María Castañé se expone en el pabellón de los laboratorios de la Junta para Ampliación de Estudios, que aunaron a investigadores de todo signo, unidos en el propósito de contribuir juntos al avance y progreso de la nación.

Ese pabellón fue bautizado como el «Transatlántico» por el poeta José Moreno Villa, uno de los testigos que levanta acta precisamente del naufragio definitivo de aquella España posible de ideales liberales ante los embates de las Españas quiméricas de uno y otro signo totalitario. Los que aún residían en la colina de los chopos se sintieron amenazados hasta por los empleados durante la revolución que siguió al golpe militar de julio de 1936. «Algunas mujeres aleccionan a las demás y comienzan a mirarnos como burgueses dignos de ser arrastrados», se rememora en la exposición con una cita de Vida en claro, la autobiografía de Moreno Villa, que da cuenta de cómo se refugiaban allí personas que temían por sus vidas, como José Ortega y Gasset, uno de los promotores del advenimiento de la República, Dámaso Alonso o Menéndez-Pidal.

La cita de Moreno Villa se presenta en una cartela como un fragmento unitario cuando en realidad es una composición de diversos fragmentos de dos páginas de sus memorias, de las que se ha omitido la referencia a las ejecuciones en los vecinos Altos del Hipódromo.

Aquel era el lugar preferido para los «paseos» de los chequistas de Marqués de Riscal 1, entre otros supuestos «incontrolables». Digo supuestos porque el jefe de esta checa, Alberto Vázquez, despachaba aquellos días en el edificio de Correos de la Puerta del Sol con el ministro de Gobernación, el socialista Ángel Galarza.

«Todas las noches oíamos descargas de fusilamientos en las cercanías, y cuando nos levantábamos oíamos contar a las criadas cómo eran las víctimas de los famosos paseos. ‘El de hoy era un señorito fascista. Tenía zapatos de charol y estaba envuelto en la bandera monárquica. El de ayer era un pobre de alpargatas’», escribe Moreno Villa en Vida en claro. El propio poeta pensó en alguna ocasión que «sería polvo en cualquier derrumbadero madrileño».

Al autor de La rebelión de las masas, enfermo y debilitado, le saca de la «Resi» su hermano Eduardo con la protección de una escolta de milicianos al servicio del Colegio de Abogados, para subirlo a un tren en Atocha con destino a Alicante, donde embarca para Marsella. Un mes después hará lo mismo el director de la Residencia, Alberto Jiménez Fraud.

Habla Moreno Villa también de otros casos en que los empleados de la Residencia fueron detenidos en checas o incluso asesinados, como Anguiano, su administrador. Es posible que se trate de Manuel María Anguiano Herce, funcionario del cuerpo de contables del Estado, asesinado en agosto de 1936. El Gobierno de la República lo cesó por desafecto un mes después del hallazgo de su cadáver, como si no bastara con que fuera asesinado.

A propósito de la represión en las retaguardias, el siniestro vocabulario sobre extirpar o exterminar al enemigo se adjudica en la exposición exclusivamente al bando franquista, cuando en el lado republicano se empleó igual de profusamente o puede que incluso más, porque se utilizó también contra sus propias filas.

«Es necesario extirpar, como se extirpa del campo las plantas dañosas, al trotskismo de las filas proletarias de nuestro país. Es necesario extirparlo y aplastarlo como a fieras rabiosas», clamaba por ejemplo Dolores Ibarruri, Pasionaria, en un mitin en Valencia reseñado en el diario comunista Venceremos el 12 de agosto de 1937.

Ocupa un lugar especial en la exposición la persecución y la damnatio memoriae impuesta por el franquismo después de la guerra contra la labor de la Junta para Ampliación de Estudios, presidida desde su fundación hasta su muerte por Ramón y Cajal e inspirada en los principios de la Institución Libre de Enseñanza.

En mayo de 1939, apenas cumplido un mes del final de la contienda, un decreto ministerial disolvió la Junta y clausuró sus instituciones, como la Residencia de Estudiantes, a la par que se encarcelaba y depuraba a muchos de quienes habían tenido vinculación con aquel proyecto regeneracionista y no se habían exiliado.

La exposición ilustra este propósito de cancelación de la obra de la Junta con la demolición y reedificación del auditórium de la propia Residencia de Estudiantes, en la calle de Serrano, obra de los arquitectos Carlos Arniches y Martín Domínguez, reconvertido bajo el proyecto de Miguel Fisac en la actual iglesia del Espíritu Santo.

En la guerra los restantes edificios de la «Resi» fueron empleados sucesivamente como guardería para niños refugiados, cuartel de guardias de asalto y hospital de carabineros. A su vez, los campos de deportes fueron lugar para competiciones entre equipos de las distintas unidades militares republicanas.

El auditórium se convirtió en escenario de diversos actos políticos, sobre todo de las Juventudes Socialistas Unificadas que lideraba Santiago Carrillo, que llegó a intervenir en alguno de ellos. También tuvieron lugar actividades culturales, desde lecturas poéticas a conciertos, pasando por proyecciones de cine.

A cargo de estas actividades culturales en el auditórium estuvo la sección madrileña de la Federación Universitaria Escolar (FUE), cuyo secretario general y después presidente era Manuel Balgañón Márquez. Responsable también de la Universidad Popular y del reconstituido grupo teatral La Barraca, la figura de Balgañón tiene un singular protagonismo, y disculpe el lector el momento publicitario, en mi nuevo libro “Cómicos en guerra. Historias del mundo de la escena y el cine en la Guerra Civil”, que está desde hoy en librerías.

Con mi investigación sobre Balgañón he descubierto que toda su actividad al frente de la FUE madrileña, incluida la programación del auditórium de la «Resi» y las actuaciones de La Barraca para amenizar a las tropas republicanas en el frente, fue una tapadera para encubrir su labor a favor de una de las organizaciones más numerosas de la «quinta columna» franquista en Madrid.

Dejo este sorprendente capítulo desconocido de la historia de la Residencia de Estudiantes como colofón a la visita de una exposición muy recomendable, reforzada por el simbolismo de un lugar que evoca la España que pudo ser antes de que el odio y el fanatismo la empujaran a exterminarse a sí misma.

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