Henry Nowak y el extraño silencio sobre el ‘Floyd blanco’

Henry Nowak
  • Carlos Esteban
  • Columnista de Internacional. Quince años en el diario líder de información económica Expansión, entonces del Grupo Recoletos, luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico Alba, escribió opinión en Época, en La Gaceta y ahora como freelance en OKDIARIO.

Vox ha conseguido poner en la agenda el concepto de «prioridad nacional» que, aunque quede enterrado bajo una montaña de condenas, ya habrá movido un tanto la Ventana de Overton en la dirección correcta. Personalmente, me conformaría con acabar con la prioridad foránea, con ese prurito de medios y gobernantes para quitarle hierro a los desmanes de los de fuera y subrayar las faltas de los nativos.

No es algo de España, ojo, que en otras partes están peor. Véase el caso de Henry Nowak en Gran Bretaña. Si un universitario negro hubiera muerto desangrado en una calle británica tras ser apuñalado por un blanco armado con un cuchillo de 21 centímetros y después haber sido esposado por la Policía mientras agonizaba, probablemente llevaríamos una semana de disturbios, especiales televisivos, editoriales lacrimógenos y campañas virales globales. Habría políticos arrodillándose, futbolistas levantando el puño y multinacionales cambiando sus logotipos en redes sociales.

Pero el muerto se llamaba Henry Nowak. Era blanco. Y el presunto asesino no. Así que el silencio resulta casi perfecto.

El caso, juzgado ahora en Southampton, tiene algo de pesadilla diseñada por un laboratorio de polarización racial. Henry Nowak, estudiante universitario de 18 años, volvía a casa tras salir con compañeros de fútbol cuando se cruzó con Vickrum Digwa, británico de origen sij que, según la acusación, caminaba armado con un enorme cuchillo shastar además del kirpan ceremonial religioso que ya llevaba encima. La Fiscalía sostiene que Digwa apuñaló varias veces al joven y lo persiguió mientras intentaba escapar dejando un rastro de sangre.

Pero si la cosa hubiera quedado ahí no estaríamos hablando del asunto; sería un día más en la gloriosa sociedad multicultural británica. Lo peor es lo que vino después.

Cuando llegó la Policía, los agentes esposaron al propio Henry mientras se desangraba en el suelo, aparentemente después de que el agresor afirmara haber sido víctima de insultos raciales. Poco después el chico murió.

Y de pronto mucha gente en Reino Unido empezó a hacerse una pregunta peligrosísima: ¿habría ocurrido exactamente igual si las razas estuvieran invertidas?

La comparación con George Floyd aparece ya constantemente en redes sociales, aunque resulte incómoda para casi todos. No porque los casos sean idénticos —no lo son—, sino porque revelan una asimetría cada vez más visible en la sensibilidad pública occidental. Hay víctimas que desencadenan terremotos culturales y víctimas que apenas generan un murmullo burocrático. Parece, incluso, que sus últimas palabras fueron las mismas que las de Floyd: «No puedo respirar».

En Gran Bretaña la población nativa está ya a dos dedos de la revuelta. Porque el caso Nowak toca simultáneamente tres nervios extremadamente delicados en Europa: inmigración masiva, criminalidad importada y miedo institucional a parecer racista. Una combinación explosiva.

Durante décadas, Reino Unido —como buena parte de Europa occidental— ha desarrollado una obsesión institucional con la gestión racial. Policías, jueces, funcionarios y universidades operan bajo una presión permanente para evitar cualquier sospecha de discriminación. Y eso tiene consecuencias. Un antiguo detective de Scotland Yard escribía esta misma semana en UnHerd que el antirracismo se ha incrustado de tal forma en la cultura policial británica que empieza a distorsionar decisiones operativas básicas. El artículo cita casos recientes en Reino Unido en los que autoridades evitaron actuar con contundencia por temor a acusaciones de racismo, desde fallos policiales hasta errores en servicios psiquiátricos.

Europa lleva años importando población masivamente desde culturas muy distintas mientras simultáneamente desarrolla una especie de terror burocrático a reconocer cualquier consecuencia negativa del proceso. El resultado es una mezcla extrañísima de inseguridad creciente, negación institucional y resentimiento acumulado.

La sociedad occidental aguanta lo que le echen, incluso su propia sustitución. Pero empiezan a llevar mal un doble rasero tan clamoroso.

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