El Parlament racaneó un minuto de silencio para Méi

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  • Teresa Giménez Barbat
  • Escritora y política. Miembro fundador de Ciutadans de Catalunya, asociación cívica que dio origen al partido político Ciudadanos. Ex eurodiputada por UPyD. Escribo sobre política nacional e internacional.

No, no era su nombre auténtico. El entorno de la víctima del asesinato por arma blanca en Esplugas ha preferido no revelarlo. Pero el apelativo humaniza, y yo la he bautizado con uno muy clásico. Y más cuando el Parlamento de mi tierra no la ha considerado digna de una atención especial. Por desgracia, no fue víctima de su pareja. Una pena. Nadie se levantará para honrarla. Hasta parece que la víctima fuera el agresor.

En Cataluña, las instituciones parecen más preocupadas por no «estigmatizar» a determinados colectivos que por proteger a los ciudadanos. El «buenismo zapateril» ha hecho estragos. El del cuchillo era un magrebí que, según testigos, gritó «Allahu Akbar». Pero, aquí, el «blanco y en botella» nunca es leche. El reciente rechazo de la Mesa del Parlament a un minuto de silencio en su memoria ilustra esta deriva. Vox lo solicitó y la mayoría de izquierdas lo denegó porque no encajaba… en el protocolo de «violencia de género». Condolencias sí, pero sin reconocimiento público del contexto. Es una inhumanidad institucional que prioriza la narrativa sobre las víctimas.

Pero la realidad marcha por su cuenta. En Manresa, los vecinos viven atemorizados por un grupo de jóvenes (muchos reincidentes) que acumula 35 detenciones en un mes por robos violentos. En Barcelona y L’Hospitalet, feudos del PSC, los fines de semana disfrutan de apuñalamientos, tiroteos y homicidios. El quinto asesinato del año en Barcelona y los ajustes de cuentas en L’Hospitalet desmienten el «miratge de la seguretat» (espejismo de la seguridad). Las estadísticas oficiales suavizan los hurtos, pero los delitos graves —robos con violencia, agresiones sexuales— y la multirreincidencia cuentan otra historia.

Los datos son rotundos. Los extranjeros, alrededor del 18% de la población catalana, representan más del 65% de las detenciones en algunos informes internos de los Mossos. Los marroquíes y argelinos lideran las listas en muchos delitos. En las prisiones, los extranjeros superan el 50% de los reclusos. No se trata de criminalizar a todo inmigrante, pues muchos se integran y contribuyen, sino de reconocer que la inmigración masiva no selectiva, especialmente de jóvenes varones de entornos culturales incompatibles con el orden occidental, genera tensiones que siempre fueron predecibles. David McGrogan, profesor asociado en la Northumbria Law School, lo resume: los gobernantes practican el «denial of shit», la «negación de la mierda». En inmigración, la niegan a paletadas.

El problema va más allá de la delincuencia. El burka y los símbolos de sumisión femenina avanzan, y hasta un dirigente local de ERC en Vic pide prohibirlo sin ambages: «Hem de perdre la por», dice el chico ahora. Ya nadie se acuerda del procés. Algunos alcaldes del PSC en Lleida hacen lo mismo. Las bases viven la realidad mientras las cúpulas siguen en la negación ideológica. Negar la percepción ciudadana diaria (calles tomadas, barrios transformados, mujeres veladas que dan miedito) erosiona la confianza. La izquierda catalana acusa de racismo a quien señala lo evidente, pero la ciudadanía lo vive: robos, agresiones y guetos paralelos. Esta política tampoco vende Cataluña al exterior. Madrid atrae el 70% de la inversión extranjera sin embajadas propias; Cataluña, con 21 delegaciones que a menudo sirven para colocar afines, apenas roza el 13%. El independentismo y el buenismo migratorio proyectan inestabilidad e ingobernabilidad. ¿Quién quiere invertir donde las instituciones priorizan la corrección ideológica sobre la seguridad?

Importar en masa sin controles de integración reales ni selección por compatibilidad cultural y económica genera fractura social. McGrogan, como tantos de nosotros, piensa que emigrar es un derecho pero que los estados no han de aceptar cualquier inmigración. Hay un porcentaje de jóvenes varones sin cualificar que provienen de culturas «de honor» que representan un gran riesgo. Algunos políticos empiezan a reaccionar, aunque tarde. Y la previsible caída de Zapatero y de la política de las buenas intenciones que representó, va a ser un terremoto Era todo hipocresía.

Sí, el negacionismo de la izquierda ha fallado: los datos, las víctimas y la calle lo desmienten. En Cataluña, mi tierra, necesitamos pragmatismo: fronteras controladas, deportaciones rápidas de los delincuentes, el fin de la impunidad multireincidente y una integración más exigente. Ignorar la realidad no la hace desaparecer. Solo la empeora. Y es muy escandaloso que sólo merezca un minuto de silencio quien con su muerte confirme la agenda progre. Esa donde el agresor siempre es un varón blanco heterosexual que la mata por «el mero hecho de ser mujer». Ojalá desenmascarar al comisionista de la ceja ayude a salir del túnel.

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