A Europa le da miedo que Trump le deje
La casta europea detesta a Trump. En Berlín, París, Londres, Bruselas o Madrid cuentan los días para su retirada. No soportan su sinceridad, ni sus chistes, ni el ejemplo de rebeldía que da a sus pueblos. A la vez, les aterra que se marche de la OTAN y les deje sin el paraguas nuclear y sin las bases. En la Conferencia de Seguridad de Múnich, los líderes europeos han expresado sus diferencias con Trump, pero esta vez sin aspavientos ni pateos.
Esta reunión, que se celebra desde 1963, suele pasar desapercibida en los medios de comunicación españoles, a pesar de su importancia. En 2007, el eterno presidente ruso Vladímir Putin declaró que a su país le preocupaba la continua expansión de la OTAN. En 2021, se celebró la salida de Trump de la Casa Blanca y en 2023 se discutió la reacción a la invasión rusa de Ucrania.
En 2025, el vicepresidente de Trump, JD Vance, se presentó para anunciar que «hay un nuevo sheriff en la ciudad». Regañó a las élites europeas por su persecución a la libertad de expresión; y les reclamó que aportasen más fondos a la OTAN. Y, lo más doloroso, les echó en cara que desprecien las quejas de sus compatriotas por la inmigración masiva.
Este año, el enviado de la Casa Blanca fue el secretario de Estado, Marco Rubio, orlado con el éxito de la intervención militar en Venezuela para capturar al dictador Nicolás Maduro. Aunque fue más suave en las formas que Vance, mantuvo el mismo fondo. Alabó la civilización cristiana y europea, lo que a muchos oyentes les irritaría, y subrayó que el objetivo de Washington no es desarmar la OTAN.
«Queremos aliados capaces de defenderse para que ningún adversario se sienta tentado a poner a prueba nuestra fuerza colectiva», dijo Rubio. Y subrayó que la fortaleza no debe limitarse únicamente a lo material, a las armas, sino que debe abarcar también lo intangible: el orgullo por la historia propia y la común, al igual que la liberación del miedo y del pesimismo.
La mano tendida de Rubio se resume en esta frase: «para los estadounidenses, nuestro hogar puede estar en el hemisferio occidental, pero siempre seremos hijos de Europa».
Como en enero hizo el canadiense Mark Carney en el Foro de Davos, el canciller alemán, Friedrich Merz, constató el fin del mundo de posguerra. El orden internacional, que se basaba en derechos y reglas, ya no existe, dijo con pena. A pesar de «la brecha» abierta entre Estados Unidos y Europa, ambas orillas del Atlántico deben cooperar y, en consecuencia, la OTAN, a la que definió como «una ventaja competitiva compartida», tiene que mantenerse y reforzarse. Por ello, Merz y Emmanuel Macron desvelaron que están estudiando la manera en que el arsenal nuclear francés proteja también al resto de la UE.
Una vez pasada la rabieta, el discurso y los planes de Trump han sido aceptados por los europeos.
Sin embargo, los tontos no descansan. Unos aparecen en las bodas cuando están borrachos y otros, los más peligrosos, quieren sus minutos de atención.
La estonia Kaja Kallas, jefa de la diplomacia de la UE, replicó a Rubio: «Europa no es decadente ni woke, ni su civilización está amenazada». Para juzgar lo acertado o erróneo de sus palabras, basta pasear por una capital al atardecer. Los Estados europeos son incapaces de proteger sus fronteras ni de cuidar de sus ciudadanos, como lo demuestra la regularización de casi un millón de inmigrantes en España y los casi 14.000 apuñalamientos registrados en Alemania en 2023.
Pedro Sánchez ha sido el primer presidente de gobierno español que participa en esta conferencia y ha hecho el ridículo. Un ridículo progresista, eso sí. Se ha opuesto al rearme nuclear con apelaciones a terminar con el hambre en el mundo y ha propuesto, como alternativa, un «rearme moral». Una vez exhibido su «corazón así de ancho», Sánchez se jactó de su colaboración con la OTAN, en concreto de haber «triplicado su gasto y duplicado el número de tropas desplegadas» en el flanco oriental.
En conclusión, España, como con todos los presidentes socialistas (y algunos que no lo eran), vuelve a mostrarse ante la OTAN, Marruecos y Rusia como un país patético, un aliado de poco fiar.
Después de los discursos de Múnich, los políticos y periodistas europeos han propuesto, aparte de aumentar la fortaleza militar, redoblar los avances hacia una Europa federal y unida. Se trata de una consigna tan repetida que ya aburre. Cada vez está más claro que la UE beneficia a Alemania y sus satélites (Países Bajos, Austria). El Acuerdo con Mercosur se resume en el sacrificio de los sectores agrícolas de España, Italia y Francia para que la industria automovilística, farmacéutica y química alemana venda más a Argentina y Brasil.
Por otro lado, la división entre los gobernantes y los ciudadanos europeos se agranda. ¡Esto sí que es una brecha como la que separa a Estados Unidos de Europa! Los dirigentes europeos califican toda crítica como «desinformación rusa», preparan la censura de las redes sociales, hablan de prohibir los partidos identitarios, desde Vox a Alternativa para Alemania, y restauran el servicio militar.
La lección de Múnich es que, al final, Trump se ha salido con la suya. La OTAN seguirá siendo operativa, pero sus miembros europeos gastarán más en defensa y, además, establecerán sus propios objetivos estratégicos, sobre todo frente a Moscú. Por tanto, la Casa Blanca pagará menos por la OTAN y podrá dejar ese frente de su imperio a los europeos, mientras él se centra en China y el Pacífico.
Que los tertulianos sigan diciendo que Trump es un botarate.
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