Aire a la nueva dictadura encubierta

Aire a la nueva dictadura encubierta
  • Clara Zamora

Para olvidar las ridículas y abominables lágrimas del hijo jorobado de Dante y los “cominos gubernamentales” – ¿Cómo es posible que nadie en el hemiciclo se levantara y dijera que era intolerable ese lenguaje? “Vaya presidenta de pacotilla”, murmuraba la diosa Decencia, “Ana, ¡cómo te echamos de menos!-, y puesto que el norte del país tiene tantos problemas de amor a sí mismo, he decidido disfrutar por un rato de mis hermanos, más distendidos y alegres. Dando espuela al caballo, comienzo esta loa harta de pan y agua, anhelando la mejor caza en la montaña, la dulce pesca en el lago y la pureza del vino en la bodega.

Como el carnaval está a la vuelta de la esquina, adelanto que es ése el ambiente que justifica este texto, así como mi necesidad de evasión cada vez que pongo la televisión y veo a los protagonistas del nuevo gobierno. Existe todavía una sociedad galante, que se sabe heredera de la francesa en sus prácticas del chichisveo, la incitación y la conquista. Aludo aquí al cortejo y a los juegos de seducción lícitos como auténticas obras de arte intangibles y atemporales. El gobierno de los Picapiedra –Pedro, Pablo y el triunvirato- de esto no tiene ni idea, puesto que parte de su cúpula comparte cama, despacho, firma y no me extrañaría que se rotaran los amantes, sin distinción de sexos; “todo vale”, que diría el clásico… ¡progresismo, caray!

Bajo los auspicios del gran rey que es Felipe VI, se mantiene intacta la esencia de la sociedad española más auténtica. De Madrid para abajo, en 2020, el amor se mantiene aún como sutil resquicio del ideario de refinamiento propio de las sociedades goyescas. Ayer por la tarde, sin ir más lejos, en un punto intermedio entre la capital y Sevilla, un noble español mandó plantar un mástil en el suelo y puso en la punta su sombrero orlado con su corona ducal. Éste tenía también una pluma de águila, de lo que deduje que era un cazador de montaña. Allí se mantuvo toda la tarde. Al caer el sol, con el frío que hacía, apareció un Land Rover con una cuadrilla de toreros y unas gitanitas para rescatarlo. El mástil se quedó hincado. Junto al sombrero, se pusieron tres monteras y cinco claveles rosas.

El conductor del coche, que no era de la zona descrita, hizo una fotografía de aquel simbólico montaje y se lo mandó a su íntimo amigo de la infancia, el líder podemita. ¡Madre mía, cómo cayó aquello! Tormentas de lava. La palidez y las gotas de sudor del chófer hicieron entender al grupo que algo no iba bien. “¿Qué ocurre?”, preguntó el noble español. “Me temo que van a ser ustedes el primer blanco de los traumas del llorón”. Divertido y elegante, continuó el cazador: “¿Te refieres a mí a o estos maestros del capote?”. El conductor, temblando por su metedura de pata, zanjó en voz baja: “Me refiero a las decentes gitanitas. Van demasiado bien peinadas, son excesivamente atractivas y sus valores maravillosos. Es el fin. Lo siento”.

La noticia de este hecho se divulgó anoche a través de los teléfonos móviles de media España, de Madrid a Sevilla, causando una gran efervescencia. La extraordinaria habilidad del noble para manejar el asunto, su elevada destreza, han hecho que todo haya quedado en mera anécdota ligera y airosa, como una becada. Puso unos arqueros junto al mástil, custodiándolo; dos marineros prontos a izar; y un piloto que anunciaba un día magnífico. “Partamos pues sin perder más tiempo. ¿Tendremos buen viento?”. La respuesta fue un profundo silencio. El cambio de atmósfera, a medida que se acercaba la mañana, anunciaba una luz más clara. Todo quedará en nada. “Buen viento, no, señor: el mejor”, se oyó al fondo. Al llegar la aurora, el carnaval de Cádiz estalló con más arte que nunca, las gitanitas se engalanaron al mes siguiente, toreros y cazadores las jalearon y, al seducirlas, dijeron todos a coro: “Ay, ay, se te nota en la mirada que vives enamorada”. Cositas de mi tierra, maravillas españolas imposibles de destruir; pero no quiero interrumpirles, sigan ustedes, por favor, sigan, ¿cómo era eso del “comino”?…

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