Brillante regreso de ‘Faust’ a una versión original espectacular en el Teatre Principal de Palma
La recuperación de la versión de 1859, una propuesta de danza contemporánea y un excepcional reparto vocal, protagonistas del inicio de la 41 Temporada d'Òpera
Brillante ejercicio de musicología en el inicio de la 41 Temporada d’Òpera del Teatre Principal de Palma, reponiéndose el Faust de Charles Gounod, ausente del ciclo operístico los últimos 17 años, solo que esta vez nos disponíamos a ver la versión original de 1859, en lugar de la definitiva, que data de 1869 y habitualmente es la que se representa desde entonces. Buena parte de la culpa, si no toda ella, es del director de escena Denis Podalydés cuando recibió el encargo de esta producción por l’Opéra de Lille.
Hablamos de un sólido director de escena, formado en el Conservatorio de Arte Dramático de París, que el 2006 le valieron seis premios Molière a su adaptación de Cyrano de Bergerac, incluido el de mejor director. No era la primera vez que colaboraba con l’Opéra de Lille (Falstaff el 2023), en esta ocasión optando por acudir a la versión original de Faust, rescatando los diálogos hablados y descartando el ballet de La noche de Walpurgis.
De tal manera que se venía a recuperar el gran bastión de l’Opéra-Comique francesa basado en un cierto equilibrio entre el drama y el canto, aunque en realidad, Faust de Gounod se estrenó en el más exigente Théâtre Lyrique que no aceptaba ataduras a ningún género estricto. En la versión vista en la inauguración de la 41 Temporada d’Òpera, tampoco está el ballet porque no existía en la versión original. Charles Gounod compuso el famoso ballet de la noche de Walpurgis en 1869, porque para representar Faust en l’Opéra de París era obligatorio incluir un segmento de danza con cuerpo de baile.
Aquí entramos en la segunda sorpresa, que tal vez pueda entenderse como un guiño a la versión de 1869, solo que en clave de danza contemporánea, porque el divertimento de Gounod estructurado en siete danzas sucesivas ahora se transforma en un reemplazo, obra de la coreógrafa Céline Bon en la que el ballet tradicional se reduce a dos únicos protagonistas, Louise Carrière y Elsa Tagawua, llegadas expresamente de Francia debido a la gran complejidad del magnífico diseño de Céline Bon en complicidad con Denis Podalydés, caracterizado por la integración total con la escenografía, y de hecho Céline Bon colaboró en el movimiento escénico general. En lo referente a tan singular pas de deux, asistimos a una desbordante fisicalidad (muy visceral en definitiva) al objeto de acentuar la idea de caída hacia el abismo y la naturaleza misma del pacto diabólico con Mefistófeles.
Si los dos elementos descritos, drama-canto y danza minimalista, ya eran de por sí significativamente atractivos para asistir a esta representación de Faust, la tercera sorpresa llegó por la excelente armonía y química, en el quinteto protagonista: un Fausto sudafricano, el tenor Sunnyboy Dladla; un Mefistófeles francés, el bajo-barítono Nicolas Cavallier; una Marguerite italiana, la soprano Veronica Granatiero; su hermano Valentín, un chipriota, Yiorgo Ioannou, y una Siebel mallorquina, la mezzo Begoña Gómez.
Los cinco espléndidos, perfectamente descritos sus perfiles, bien arropados, siempre, por el atractivo escénico de la combinación de teatro-drama y canto. Aclarar que el personaje de Siebel, aun siendo masculino, Charles Gounod compuso la tesitura de este papel pensando en el registro y color de una voz femenina, porque era tradición que el papel de adolescente varón se asignase a voces femeninas. Begoña Gómez estuvo magnífica.
Los cinco estuvieron magníficos ayudando, como he dicho, la majestuosidad de un escenario capaz de albergar ese constante movimiento de masas, con un coro igualmente inspirado, así como el resto de secundarios con especial relevancia, los siniestros ayudantes de Mefistófeles, excelentes practicantes del teatro de gestos. Sin olvidar el cuadro técnico, en tensión permanente y absoluta concentración para dar respuesta a tan compleja escenografía. Fue un reto inmenso que supieron asumir, para que el reparto en su conjunto se centrase únicamente en la dinámica que iba a corresponderle a cada cual.
No quiero olvidarme del niño que interpreta al hijo de Marguerite y que lo más probable sea integrante del coro infantil del Principal, pues desde muy temprano reciben lecciones de interpretación. Fantástica la naturalidad con que interactúa con Verónica Granatiero y Begoña Gómez, además de saber estar en todo momento sobre las tablas. Por lo demás, es permanente llegar a fascinarnos con el continuo bombardeo de imágenes, muy estilizadas, con la excelente iluminación de claroscuros que firma Bertrand Couderc.
La orquesta en el foso, nuestra querida OSIB, también debía adaptarse al hecho de regresar a la idea original, que, como he apuntado, no es la que se representa en teatros de ópera. Trabajo confiado a Alejandro Cantalapiedra en su condición de director musical para las funciones en el Principal.
El minuto de silencio, por las víctimas del accidente ferroviario de Toledo, también se puso de parte del público al mantenerle dolorosamente tenso y a la vez motivado en sus expectativas sobre lo que estaba por acontecer.