Sobresimplificar a Vox

Sobresimplificar a Vox

La sobresimplificación es un recurso recurrente en las personas para llegar a entender fenómenos o tendencias con grandes matices que requieren de un proceso complejo para su comprensión. Preferimos decantarnos por el ‘blanco’ o ‘negro’, ‘bueno’ o ‘malo’, lo ‘fácil’ frente a lo ‘difícil’, obviando una amplia gama de grises que enriquecerían nuestra visión de la realidad. Todo esto es muy pertinente en la observación que hacemos del mapa político. Las formaciones convencionales no han tenido problema a la hora de autoubicarse en el centroderecha o centroizquierda del espectro político, siguiendo la apetencia por conquistar un terreno donde se concentra la mayoría de votantes. La tradicional falta de una alternativa viable a la derecha del PP ha hecho que en diferentes momentos este partido haya sido acusado maliciosamente, dentro de una estrategia para atemorizar al electorado, de hacerle guiños a la extrema derecha, al franquismo o a cualquier otro grupo ultra.

La misma sobresimplificación de la que fue víctima el PP, desde su refundación en los 90, y por la que fue atacado a través del llamado discurso del miedo, afecta ahora a VOX. A la formación que dirige Santiago Abascal se le acusó primero de ser un partido populista, un calificativo que no parece importarle mucho a sus dirigentes puesto que lo que desean es estar fuera de los llamados partidos políticos convencionales. A la par de haber sido tachado como partido populista, se le sumó la acusación de pertenecer a la extrema derecha, algo que tampoco parece importarles mucho a los dirigentes de la formación. La posición de VOX respecto al acuerdo de gobierno entre PP y Ciudadanos en Andalucía, con su denuncia al evidente conglomerado clientelar creado a raíz de la Ley de Violencia de Género, ha contribuido a alimentar este calificativo. Desde luego que uno de los méritos de VOX reside en atreverse a criticar públicamente lo que muchos pensaban y pocos se atrevían a decir. En ningún momento he escuchado o leído a alguien de este partido que dé la espalda a las víctimas como desde la izquierda se ha manifestado claramente en un nuevo ejercicio de sobresimplificación.

Se dice que la inmigración y el terrorismo son los grandes impulsores del voto a los partidos populistas en Europa. Otro ejercicio de sobresimplificación. En cada país los votantes se comportan, afortunadamente, de manera diferente y no impera esa clase de pensamiento único que algunos voceros pretenden hacernos creer. La inmigración supone un cleavage o punto de corte en países como Suecia, Francia, Dinamarca o Alemania, pero aquí en España pese a que la llegada de inmigrantes se duplicara con creces en 2018 respecto a 2017, no forma parte del discurso político dominante. Lo mismo ocurre con la amenaza terrorista. La movilización de votos a VOX procede del desencanto de los electores con la gestión de los partidos convencionales y hacia quienes pretenden hacer saltar por los aires el espíritu del 78, bien con su política rupturista de la unidad de España o bien por sus amistades peligrosas con secesionistas.

El diario The New York Times anunciaba este fin de semana el principio del fin del populismo a nivel global. Si tenemos en cuenta que los llamados gobiernos populistas dirigen los designios en una veintena de países frente a los cuatro de hace treinta años, creo que los partidos antiestablishment o contrario a las elites darán mucho que hablar en las siete elecciones parlamentarias previstas en 2019 a lo largo de la UE (más Suiza), en las seis elecciones presidenciales (Macedonia y Ucrania también) y, por supuesto, las elecciones europeas de mayo. Vender la piel del oso antes de cazarlo me parece otra sobresimplificación.

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