La política del miedo

La política del miedo

15 años han pasado desde los atentados del 11 de septiembre de 2001. Una línea divisoria que marcó un antes y un después a nivel mundial. Desde aquel día el mundo parece un lugar más inseguro, habitado por personas terribles que en cualquier momento pueden destrozarlo todo. A pesar de haber inundado las calles de cámaras, de habernos sometido a una cultura del pánico, de los interminables controles en los aeropuertos, de cambiar leyes recortando derechos y libertades, hoy vivimos más seguros según los Gobiernos pero con más miedos según los ciudadanos. No sabemos de manera segura quién o quiénes estaban detrás de aquéllos atentados. Pero fueron la excusa perfecta para declararle la guerra a países lejanos, para considerarles enemigos —tanto a sus dirigentes como a sus ciudadanos—, para masacrarlos e imponerles nuestras reglas del juego. Desde occidente nos inventamos armas de destrucción masiva que hoy, ya se sabe, nunca existieron. Cortamos cabezas en nombre de la libertad. Dimos golpes de Estado por la gloria de la democracia. Nos enfrentaron los que tomaron estas terribles decisiones en nuestro nombre con la otra mitad del mundo. Condenaron a la miseria a miles de personas que nada tuvieron que ver con la caída de las torres gemelas. Nos metieron en guerras que no queríamos y, como siempre, terminamos pagando con nuestras vidas en otros atentados de los que se ciernen sombras sobre su autoría.

Lo único que nos queda claro es que quienes dan las órdenes, quienes inventan las excusas, quienes seleccionan objetivos para destruir lo hacen desde sus despachos, con los pies sobre la mesa y fumándose un puro. A ellos no les da miedo. Ellos no montan en trenes ni van a la oficina cada día. Acuden a su Casa Blanca o Moncloa -entre otras residencias presidenciales- en coches totalmente blindados; caminan por la calle —poco— rodeados de guardaespaldas; viven protegidos mientras nosotros perdemos intimidad al estar continuamente vigilados. Montamos en trenes y metros aguantando la respiración y el pánico, nos subimos en aviones pensando que la vida sigue y que no podemos dejar de vivirla. Pero siempre con miedo. El pánico que estos señores pequeños tienen es el que nos obliga a vivir aterrados.

Desde el 11 de septiembre de 2001 gobierna el miedo y es la mejor excusa para dar los mayores golpes a la democracia, a la libertad, a la tolerancia. No solamente las de los países lejanos de Oriente Medio, sino la nuestra. Nos han atemorizado tanto que cedemos lo que sea para tratar de vivir una vida que se parezca lo más posible a la que teníamos antes. Nosotros, los que jamás mataríamos, ni invadiríamos ni torturaríamos; ni mucho menos dejaríamos a otro que lo hiciera en nuestro nombre. Nosotros somos los que pagamos el precio. Como lo pagan los miles de ciudadanos del otro lado del mundo que ven cómo sus países se destrozan sin razón.

Decía Aznar que él no le había pedido a la DGT que condujesen por él cuando se tomaba una copa de vino. Yo no le pedí jamás que invadiera Irak y declarase una guerra ilegal. Es más, le pedí, junto a miles de personas que no lo hiciera. Entre ellas los que después morirían el 11 de marzo de 2004. Como todo el que no entiende lo que significa la democracia, desoyó a su pueblo y colaboró en la masacre de un país. Eso sí, sus colegas vendieron armas y se llenaron los bolsillos —porque está claro que quien no respeta la democracia de su país no puede estar realmente interesado en la supuesta instauración de la democracia en Irak—. Estados Unidos, Francia, España, Reino Unido, Líbano, Irak, Siria… No se puede vivir con miedo. No se debe vivir con miedo. Porque justifica las barbaries que el propio miedo provoca. El de los hombres pequeños que tienen pavor por dejar de parecer grandes.

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