La lección de los ‘stolpersteine’

stolpersteine, II República, Alemania
imagen_final (9)
  • Pedro Corral
  • Escritor, investigador de la Guerra Civil y periodista. Ex asesor de asuntos culturales en el gabinete de presidencia durante la última legislatura de José María Aznar. Actual diputado en la Asamblea de Madrid. Escribo sobre política y cultura.

El año 2025 nos ha dejado la publicación de Madrid. 100 Stolpersteine. Una piedra. Un nombre. Una persona, con un mapa de situación de los 108 adoquines, cubiertos con una lámina de latón, que se vienen instalando desde 2019 frente a las casas donde vivieron los madrileños, hombres y mujeres, 449 en total, deportados a los campos de concentración y de exterminio nazis.

Esta iniciativa, que comenzó hace treinta años en Alemania de la mano del artista Gunter Demnig, es impulsada en España por Jesús Antonio Rodríguez Pérez, autor de esta publicación, y María Isabel Martínez.

Los exiliados republicanos fueron confinados principalmente en el campo de Mauthausen-Gusen, pero también en Dachau, Bergen-Belsen o Sachsenhausen. En ellos murieron asesinados más de 7.500 compatriotas, a los que también se recuerda en el Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto en el acto que organiza la Asamblea de Madrid.

Detrás de los nombres grabados en los stolpersteine hay un destino trágico, bajo el asesinato, la tortura, el trabajo forzado, el hambre o la enfermedad en el infierno de los campos hitlerianos.

En la calle Madera 47, donde nació, está el stolperstein en recuerdo del coronel Jesús Velasco Echave, que se mantuvo leal a la República en Valencia ante el golpe militar de julio de 1936. Fue uno de los ocho altos mandos republicanos exiliados que las autoridades francesas recluyeron en 1944 en el campo de concentración de Vernet d’Ariège. Todos ellos, a excepción de Mariano Gámir Ulibarri, gentilhombre del Rey Alfonso XIII y después jefe del Ejército del Norte republicano, serían deportados a los lager nazis.

Familia de Jesús Velasco Echave.

A Velasco Echave, ya muy enfermo, lo trasladaron al mismo campo donde murió Ana Frank, Bergen-Belsen, donde fallecería en noviembre de 1944. Al resto los condujeron a Dachau en el famoso «tren fantasma», junto con otros seiscientos presos, un tercio de ellos españoles. De los Ocho de Vernet sólo sobrevivieron dos: Mariano Gámir, uno de cuyos tres hijos falangistas, José, fue asesinado por las milicias gubernamentales en Huete (Cuenca), y José María García-Miranda. Ambos regresarían después a la España franquista.

A unas manzanas del domicilio donde nació Velasco Echave, en una pensión de Trujillos 6, vivía escondido su hijo Antonio Velasco Blanco, nacido en Toledo en 1913 cuando su padre estaba destinado en la Academia de Infantería, donde fue profesor del general Franco. Padre e hijo aparecen en la foto familiar que ilustra este artículo.

Licenciado en ciencias y militante de Falange Española, Antonio Velasco fue detenido en octubre de 1936 en aquella pensión. Preso en la cárcel Modelo, fue sacado el 7 de noviembre en una de las llamadas «expediciones negras» para ser asesinado por fuerzas del Gobierno frentepopulista en Paracuellos de Jarama.

Su hermana Ángela denunciaría el asesinato de Antonio a las autoridades franquistas en febrero de 1940, haciendo constar que su padre, viudo, tenía «domicilio en Francia». Entre la muerte del hijo y la del padre transcurren ocho años; entre el olvido del primero y la memoria del segundo, una eternidad.

Sucede lo mismo en varias casas de Madrid identificadas con los ‘stolperstein’, donde convivieron con los futuros deportados personas asesinadas o desaparecidas por la represión frentepopulista durante la Guerra Civil.

Por las declaraciones juradas que porteros y vecinos tuvieron que realizar ante los vencedores en la posguerra, sabemos lo sucedido durante la contienda española en 31 de los 105 inmuebles que figuran en Madrid. 100 Stolperstein. En 15 de estos 31 inmuebles, la mitad, se denunció la muerte o desaparición de al menos un vecino a causa de la represión frentepopulista, al igual que sucede en algunos portales vecinos.

En nada es equiparable la dimensión del Holocausto nazi, del que fueron víctimas los republicanos españoles, con la represión en las retaguardias durante la Guerra Civil, pese al más que discutible título de algún volumen dedicado a este último tema. Pero la vecindad de víctimas de uno y otro capítulo en un mismo inmueble resulta una coincidencia escalofriante.

En Paseo del Prado 40 un stolperstein recuerda a otro militar republicano: el teniente coronel Eleuterio Díaz-Tendero, también deportado a Dachau, donde murió en 1945, dejando viuda y seis hijos. El último número de la revista Frente de Madrid, del Grupo de Estudios del Frente de Madrid (GEFREMA), incluye un artículo de José María Sánchez Martínez sobre la vida de Díaz-Tendero, precisamente con motivo del stolperstein colocado frente a su casa.

El artículo cita el protagonismo de Díaz-Tendero en la depuración de mandos militares como responsable en el Ministerio de la Guerra del llamado Gabinete de Control e Información. Sus señalamientos costaron persecución, cárcel o muerte a miles de oficiales y suboficiales, en activo o retirados. Centenares de ellos acabaron en las fosas de Paracuellos de Jarama.

Tres vecinos de Díaz-Tendero en Paseo del Prado 40 fueron asesinados en los primeros meses de la contienda civil: Teodoro Velasco Esterlich, factor de la estación de Mediodía, fusilado en Paracuellos de Jarama con otros presos de la cárcel de Porlier, que dejó cuatro huérfanos; Moisés Juan Perezagua Gil, delineante y empleado de la casa Schneider, sacado de la Modelo y también asesinado en Paracuellos; y Casimiro Fernández Suárez, camarero, cuyo cadáver apareció en el depósito judicial después de ser detenido en la puerta de la finca.

En Concepción Jerónima 6 un stolperstein recuerda al practicante Ángel Hernández García, miembro de la Resistencia francesa, deportado al campo de Mauthausen, del que fue liberado. En 1936 fue asesinado un vecino de la misma finca: Elías Álvarez Álvarez, veterinario militar, conducido a Paracuellos en una de las sacas de la Modelo.

En el mismo inmueble donde vivía Hernández García tenía su negocio de marmolista el escultor Enrique Arévalo Cruz, discípulo de Benlliure, cuyo cadáver fue encontrado en agosto en las afueras de Madrid tres días después de su detención. Uno de sus hijos, Enrique Arévalo Calvet, fue también asesinado. Otro hijo, Carlos, dirigirá en la posguerra la película Rojo y negro, que retrata el Madrid de las checas del que fueron víctimas su padre y su hermano.

En Santa Clara 3 una de las placas creadas por Gunter Demnig rinde homenaje a Carlos Blasco Sasera, otro de los Ocho de Vernet, muerto en Dachau en 1944. En la misma casa vivía el sacerdote Apolinar Rodríguez del Pozo, detenido en septiembre de 1936 al hallarse en su casa periódicos derechistas como el Abc.

El sacerdote fallecería en 1937 en la cárcel de San Antón sin haber sido juzgado. Los otrora vecinos Blasco Sasera y Rodríguez del Pozo murieron presos con la misma edad, 67 años, una de esas casualidades conmovedoras del destino.

Enrique Calcerrada Guijarro, deportado con 23 años a Mauthausen, donde sobrevivió para contarlo en un libro de memorias, es recordado en Bravo Murillo 20. Quien no pudo contarlo fue su vecino Francisco Bustos González del Valle, empleado de los ferrocarriles MZA, asesinado en agosto de 1936 por agentes de la checa de Fomento, dependiente del Gobierno republicano.

Isidro Montes Granados, superviviente de Mauthausen, tiene su «stolperstein» en Sánchez Barcáiztegui 7, donde vivía también José Rodríguez Docal, teniente de Carabineros retirado, fusilado en Paracuellos. Allí también fue asesinado el teniente de artillería Luis López Guzmán, vecino en Santa Isabel 17, donde otro stolperstein recuerda a Juan García Ramírez, muerto a los 24 años en el campo nazi de Gusen.

Sebastián Manglano Bronte, miembro de la Resistencia francesa, participó en el sabotaje de los submarinos alemanes de la base de Lorient. Fue uno de los pocos españoles que pasaron por el campo de exterminio de Auschwitz, del que fue liberado.

Manglano Bronte es recordado por un stolperstein en Claudio Coello 44, donde uno de sus vecinos era Luis San Gil Coronel, marqués de Peramán, ingeniero de Caminos. San Gil fue asesinado en noviembre de 1937 en la trampa urdida por militares comunistas en el «túnel de la muerte» de Usera para matar y robar a derechistas, captados con el señuelo de ayudarlos a pasar a la zona «nacional». Dejó viuda y cinco huérfanos.

El stolperstein con el nombre de Pablo Agraz Alonso, superviviente de Mauthausen, está ubicado en José Antonio Armona 4. Vivía con sus padres y sus seis hermanos en el piso 1.º izquierda según el padrón municipal de 1935. Su vecino de puerta, en el 1.º derecha, Rafael Román Rodríguez, empleado de coches-cama, desapareció en septiembre de 1936.

La familia de Román Rodríguez publicó el 18 de septiembre un aviso en los diarios El Sol y La Libertad solicitando información sobre su paradero. Su cadáver fue hallado dos días después en la cuneta de la carretera de Valencia despojado de todas sus pertenencias, incluidos los zapatos.

La pequeña letra de la Historia, la que se escribe en los márgenes de los grandes hechos y personajes, nos permite imaginar a estos españoles, vecinos de sangre, saludándose en el portal, el ascensor o la escalera de sus casas de Madrid al comenzar o terminar un día cualquiera de sus vidas.

No serán pocos los portales en Madrid donde coincidan también con otros exiliados, con caídos en combate en alguno de los dos bandos, con muertos por enfermedad a causa de las penurias de la guerra, con víctimas de los bombardeos o de la represión franquista.

Marcados todos ellos sin saberlo aún por destinos tan aciagos y crueles, quizás compartieron amigablemente entonces una impensada conversación sobre el tiempo, la situación política o un acontecimiento familiar feliz o luctuoso.

Unidos en vida por la cordial cotidianeidad de la vecindad, sus muertes y padecimientos a causa del odio y el fanatismo nos llaman a enlazar también sus memorias en una sola compasión. Porque olvidar a unas víctimas y recordar a otras es olvidarlas a todas.

Lo último en Opinión

Últimas noticias