Inteligencia artificial, redes sociales y política

Inteligencia artificial, redes sociales y política
  • Clara Zamora

La política, tal como la veníamos entendiendo en los dos últimos siglos, ya no existe. Se ha desvanecido entre las redes relacionales que impulsan las nuevas tramas de la economía. Si antes un político equivalía a una persona pública que demostraba una precisión conceptual en lo concerniente a asuntos gubernamentales con una opción moral explícita para gobernar a una comunidad bajo la confianza y el respeto mutuo, ahora es un individuo que ha sabido piratear mejor el cerebro de los ciudadanos, dominando sus pautas de comportamiento,  declaraciones y necesidades.

¿Qué ha pasado en medio? La automatización de actividades que vinculamos con procesos de pensamiento humano, tales como toma de decisiones, resolución de problemas y aprendizaje; es decir, la explicación y emulación de la conducta inteligente en función de procesos computacionales; es decir, la combinación de algoritmos planteados con el propósito de crear máquinas que presenten las mismas capacidades que el ser humano; es decir: la presencia creciente de la inteligencia artificial.

Cada vez son más poderosos aquellos que controlan las tecnologías. La esfera política no queda fuera de esta idea. El escrutinio y el control de la percepción son fundamentales para llegar al poder y esto es indisoluble a día de hoy de cómo se obtenga, se analice y se comunique el mensaje que emite cada personaje público. Para desentrañar pautas de comportamiento hay que controlar otra parcela, que hoy ya se entiende como elemental: las emociones. Éstas pueden ser dominadas con sólidos conocimientos de biología, muchos datos y una gran capacidad informática.

Esta mutación del ser humano que está teniendo lugar a marchas forzadas no deja espacio para la pausa que es necesaria en toda capacidad crítica. Nos relacionamos con el mundo a través de una máquina. La conexión con la realidad está así desvirtuada. Es fácil manipular nuestras emociones, nuestras percepciones, todo nuestra psique en general. Hay un fomento de la búsqueda del impacto, lo que conlleva un incremento inaudito de noticias falsas, en esa persecución incesante de atención y reclamo.

Las posiciones extremas se agudizan, bajo los cabecillas de cada bando, que no son sino los más escandalosos. La interacción social es ahora comercio electrónico. El sentimiento de empoderamiento momentáneo que otorga un mensaje viral en la red, que llega a millones de usuarios en un brevísimo espacio de tiempo, debe crear una euforia muy estimulante y adictiva (no la conozco, porque soy muda en redes sociales). Incluso las masas llegan a exagerar sus posiciones con tal de sentirse integradas en uno u otro bando, bajo el amparo de los esos chillones, que son los nuevos ídolos.

El político que domine estas plataformas, el que convierta el big data y las posibilidades que ofrece la nueva inteligencia artificial en su agente estrella, será el vencedor. De aquí el éxito de esa filiación política que creció como la espuma en poquísimo tiempo, sin una ideología coherente ni constante. Ésa que ahora sufrimos en el poder y que nos está destrozando los pocos valores que aún nos quedan. Sus componentes son especialistas en navegar en el borrascoso mundo del yo. La precisión conceptual en la definición de lo político ya no tiene importancia, tal como se viene demostrando. El control de los datos para manipular las emociones es el nuevo secreto del éxito. La conciencia de pertenencia a una comunidad virtual reconforta a los más débiles, y esos son la inmensa mayoría. Y al final, respetar las reglas que marca la máquina digital no es más que respetar las reglas de las finanzas. Estas son las nuevas normas de lo político.

Para concluir, y buscando un rayo de luz en todo lo expuesto, añadiré que la inteligencia artificial aún no nos ha ganado del todo. La creatividad, capacidad de producir nuevas ideas, y la improvisación siguen siendo patrimonio exclusivo del ser humano. De ahí que los temperamentos artísticos aún se libren de su dominio, conservando sus cualidades estimulantes, aunque no sabemos cuánto podrán resistir el cotejo impertinente de esta invasiva  inteligencia del robot.

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