Descentrados

Descentrados

No tengo muy claro que el PSOE de Sánchez haya ganado las elecciones por abanderar un programa de centro, según proclaman estos días la mayoría de los politólogos, que apostillan que en España nunca suelen salir victoriosas las propuestas que se escoran en exceso a la izquierda o a la derecha. Ni la exacerbación del sectarismo, ni la plena asunción de la doctrina del metoo, ni la recuperación de la Internacional para los mítines son marcadores que quepa identificar con lo que entendemos por centro; cuando menos, en lo que éste tiene de inclusivo, de invocación de lo que nos une. Tampoco parecen muy centradas, tómese la expresión en un sentido laxo, la disponibilidad a pactar con fuerzas como ERC o Bildu, o la renuencia de Sánchez o Batet a proclamar (siquiera para desdecirse, un arte en el que son consumados maestros) que el Gobierno jamás indultará a los políticos que están siendo procesados por el 1-0, en caso de que sean finalmente condenados. Volviendo la vista atrás, ¿fue el PSOE de Zapatero un partido que defendiera postulados de centro? ¿Fue la Ley de Memoria Histórica, por citar uno de los legados más controvertidos de aquel Gobierno, una iniciativa asimilable a un programa de centro?

A mi modo de ver, el triunfo de Sánchez se explica más bien por la extraordinaria movilización que, en las filas de la izquierda, provocó el espantajo de Vox, una formación que penará en la irrelevancia durante los próximos cuatro años, pues los 24 diputados que ha obtenido apenas darán para hacerse notar con proclamas de trazo grueso (quién no ha visto, a estas alturas, el vídeo de Espinosa de los Monteros y los quinquis). Otro factor crucial para inclinar la mayoría, además del reclamo del dóberman, fue el uso casi omnímodo por parte de Sánchez de todas las plataformas de poder que tuvo a su alcance, y la enorme ventaja que le concedieron esos 10 meses al frente de un Ejecutivo concebido como una maquinaria electoral, y cuyo verdadero vicepresidente fue, en verdad, un publicista.

En cuanto a la debacle del PP, no creo que el único responsable (ni siquiera el principal) sea su presidente, Pablo Casado. Bien es cierto que colocó en las listas a personajes insólitos (dejémoslo en insólitos), que no brilló lo suficiente en los debates y que no supo qué trato dispensar a Vox, pero la fuga de votos hacia Abascal y Rivera vino determinada, sobre todo, por la atonía y extravío de sus predecesores. En verdad, el PP lo tenía muy cuesta arriba, y prueba de ello es que Cayetana Álvarez de Toledo, que llevó a cabo una campaña ejemplar (valoración en la que también coinciden sus adversarios), que estuvo permanentemente bajo el foco, y siempre para bien, apenas sí consiguió sacar adelante su propio escaño. La desafección al PP era ya una inercia cuasi tectónica, como para que ella sola, pese a su valía, pudiera revertirla.

En lo que atañe a Ciudadanos, su incremento es notable, pero insuficiente. Los logros de un partido deben juzgarse en función de las expectativas, y las de Ciudadanos no eran modestas. No en vano, Rivera se veía a sí mismo como presidente del Gobierno, no como tercero en discordia. Tercero, sí: ni siquiera está en disposición de afirmar, como viene haciendo, que le corresponde el liderazgo de la oposición. El objetivo, insisto, era otro. Y el hecho de que, con un PP en su hora más baja, no haya sido capaz de sobrepasarlo, habría de invitarle a una reflexión.

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