Opinión

El final de los dos Podemos

El final de los dos Podemos
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Errejón está atascado entre dos realidades que, perfectamente acompasadas, se cerrarán y lo convertirán en una especie de calcomanía de Nikolái Bujarin con pinta de Raticulín podemita adolescente. La primera viene recogida en la misiva sepulcral que esta semana le envió Iglesias para señalarle como “el nuevo hereje y falangito de las élites” frente a sus tovarich de partido. En ella evocaba un “macho, o te quedas con el minijob de concubino neocomunista o te cavo la tumba política, mullidita y nórdica. Transversal y fraterna. Como a ti te gusta”. Iglesias concluía con “sabes como yo que la visión editorial que comparten casi todos es que el “moderado errejonismo” representa el mal menor frente al “radical pablismo”. “Sabes como yo que te hace un flaco favor ser el ‘preferido’ de ciertos poderes y que eso no genera credibilidad entre nuestra gente”. “Sabes como yo”, era el delicioso savoir faire estalinista que en español de Vallecas significa: “O sea, Iñigo, que te callas la boca.”

La segunda realidad que aplasta a Errejón es esa gran mentira conceptual que se inventaron él e Iglesias derrumbándose sobre Podemos y Vistalegre II. Aquella mayoría social que nunca les perteneció pasándoles revista una vez agotado el tiempo que les habían concedido tras su irrupción en el Congreso y la expectativa morbosa de su primer envite clave: la pasokización del PSOE entre 2015 y 2016 que, milagrosamente, no llegó a producirse. Fracasada ya su única oportunidad de alcanzar la supremacía de la izquierda y sin la contienda propia de campaña electoral, ya sólo les queda la lucha intestina. El “moderadísimo” Errejón que pedía el Ministerio del Interior a Pedro Sánchez en diciembre del 2015 omitiendo sus años mozos en Contrapoder, la asociación de extrema izquierda que pedía la liberación para de Juana Chaos, y desde cuya IP tuiteaba “nazis de día y de noche policías” para atacar a las Fuerzas de Seguridad del Estado.

Por tanto, la elección entre Errejón e Iglesias no es la elección entre una facción moderada y transversal frente a otra radical y antisistema, sino entre dos tácticas distintas para alcanzar el mismo objetivo. Ambos son dos fanáticos con pluma cursi obsesionados por la utopía igualitaria perdiendo el control de su masa de maniobra, la izquierda cerril española representada por las dos corrientes clásicas de un partido burgués socialista: la primera parte de puñado de pijos colocados con pánico a perder el nuevo statu quo en Vistalegre II. Comunistas prefabricados como Ramón Espinar, cuyos padres robaban a ancianos y preferentistas desde los consejos de administración de las Cajas de Ahorros. La segunda proviene de las confluencias nacionalistas con reivindicaciones propias y que han utilizado a los podemitas para intentar obtener grupo parlamentario propio en el Congreso. Ahora, tras el fracaso, éstas se sienten engañadas por Errejón e Iglesias y están levantando sus propios proyectos.

Iglesias y Errejón sólo discrepan en la forma de alcanzar el poder. La única diferencia entre ambos reside en que el primero sigue reivindicando a Lenin sobre el escaño, mientras el otro sabe que el comunismo fuera de los círculos íntimos mancha y estigmatiza. Ambos imponen la moral colectiva despreciando la libertad individual. Y de acuerdo a sus tesis de hegemonía gramsciana, ambos creen que la raza humana se divide políticamente en dos facciones: la suya, la de aquellos que quieren controlarnos y aquellas que necesitan ser controladas. Demostremos que hay una tercera: aquellos que no queremos controlar ni permitiremos ser controlados. La defensa de la libertad supondrá el final de Podemos.

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