En 1788 comenzaron a plantarla para cultivar cochinillas y producir tinte rojo: en 130 años ocupó 300.000 km2 de Australia y una polilla logró frenar la plaga
Una planta que llegó a Australia como recurso para obtener tinte rojo terminó convertida en una de las mayores plagas vegetales de la historia del país.
La chumbera encontró unas condiciones ideales para expandirse sin apenas enemigos naturales y llegó a inutilizar miles de kilómetros cuadrados de tierras agrícolas. Sorprendentemente, la solución acabó llegando de la mano de un insecto.
Así se convirtió la chumbera en una plaga agrícola en Australia
En 1788, las primeras plantas de Opuntia llegaron a Australia con la Primera Flota. Su objetivo estaba relacionado con la cría de cochinillas, pequeños insectos utilizados para obtener un tinte rojo muy apreciado. Con el paso de las décadas, algunas variedades escaparon de los espacios donde se cultivaban y comenzaron a extenderse por las zonas rurales.
La situación empeoró durante el siglo XIX. El clima australiano favoreció la expansión de la planta, mientras que la ausencia de depredadores capaces de controlar su crecimiento permitió que ocupara grandes extensiones.
La chumbera formó auténticos bosques de espinas que dificultaban el desplazamiento del ganado y reducían la superficie disponible para la agricultura.
A comienzos del siglo XX, el problema ya tenía una dimensión considerable. Las plantas podían alcanzar varios metros de altura y formar masas prácticamente impenetrables. Los agricultores intentaron eliminarlas mediante métodos mecánicos y químicos, pero arrancar o destruir las plantas no bastaba para impedir que volvieran a crecer.
¿Por qué resultó tan difícil acabar con la chumbera?
La capacidad de propagación de la chumbera convirtió cada intento de erradicación en una batalla prolongada. Las partes de la planta que quedaban en el terreno podían favorecer nuevos ejemplares, mientras que su resistencia a las condiciones ambientales complicaba todavía más el control.
Los métodos tradicionales tampoco ofrecían una solución definitiva a gran escala. El problema alcanzó tal magnitud que unas 300.000 km2 de tierras agrícolas quedaron inutilizadas por la invasión.
La respuesta que cambió la situación llegó desde Sudamérica. En 1925, Australia introdujo desde Argentina la polilla Cactoblastis cactorum, cuyas larvas se alimentan de distintas especies de chumberas. El objetivo era utilizar un enemigo natural de la planta para reducir su población sin depender exclusivamente de productos químicos.
Las larvas de la polilla Cactoblastis cactorum acabaron con la invasión
El método consistió en liberar el insecto en las zonas afectadas. Sus larvas penetraban en los tallos y consumían el tejido de la planta desde el interior. La presión ejercida sobre las poblaciones de chumbera fue suficiente para provocar un retroceso espectacular de la plaga durante las décadas siguientes.
La historia de esta invasión se considera actualmente uno de los ejemplos más conocidos de control biológico de una especie vegetal invasora.
El caso demuestra cómo una especie introducida con una finalidad económica puede alterar un ecosistema cuando encuentra condiciones favorables. Décadas después, la experiencia australiana continúa utilizándose para explicar tanto el potencial del control biológico como los riesgos que implica introducir organismos para combatir una plaga.
Aquel episodio marcó un antes y un después en la gestión de especies invasoras y demostró que la investigación científica podía ofrecer soluciones eficaces ante problemas agrícolas de gran escala.