Hay cocinas que buscan deslumbrar y cocinas que prefieren seducir. La de Eneko Atxa pertenece a las segundas. En ellas, la sorpresa no desaparece, pero deja de ser un fin para convertirse en consecuencia. Lo importante está en otro lugar: en el sabor que permanece, en la belleza de un producto cuando alcanza su momento exacto, en la memoria de un recetario y en esa rara capacidad de convertir una mesa en un lugar de encuentro.