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Parecen cabañas islandesas, pero solo existen en la región asturleonesa y algunos han sobrevivido casi intactos hasta el siglo XXI

cabañas islandesas
Casa de teito en Pereda de Ancares (León). Foto: Rodelar en Wikimedia Commons.
  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Las cabañas islandesas de tejado vegetal son uno de los símbolos más fotografiados de los viajes al norte de Europa, pero no hace falta coger un avión hacia allá para apreciar algo así. ¿Por qué? Pues porque España, que hasta posee fiordos como en Noruega, guarda su propia versión, mucho menos conocida y con siglos de antigüedad a sus espaldas.

La zona asturleonesa, a caballo entre Asturias, León y el norte de Zamora, conserva un puñado de estas construcciones que siguen resistiendo el paso del tiempo. Se trata de edificaciones ganaderas y viviendas que llevan siglos empleando la misma técnica constructiva, adaptada a un clima y un paisaje muy distintos a los nórdicos, pero igual de duros en invierno.

Conociendo los teitos, las «cabañas islandesas» que en realidad son de Asturias y León

La construcción que da lugar a este parecido con las cabañas islandesas se llama teito (o teitu), un término que designa cualquier tejado hecho con material vegetal.

Principalmente se encuentra en la zona lingüística asturleonesa: suroeste de Asturias, oeste de León, noroeste de Zamora y norte de Portugal. Por su parte, en Galicia, la misma construcción recibe el nombre de palloza.

Los concejos de Somiedo y Teverga, en Asturias, conservan los conjuntos mejor preservados de estas cabañas de tejado vegetal. En León, la comarca de Ancares suma ejemplos en pueblos como Balouta, Campo del Agua y Piornedo, aunque este último ya pertenece administrativamente a Galicia.

¿Cómo se construye un teito y por qué se afirma que aguanta tanto?

El material varía según la zona: paja de centeno en las áreas más agrícolas, escoba negra o retama blanca en las zonas de montaña, y brezo o juncos en otros puntos. La estructura de madera suele ser de avellano o serbal, que sostiene el tejado en forma cónica.

Existen dos técnicas principales. La llamada «a paleta» es más laboriosa y duradera, y exige la mano de un teitador especializado. La técnica «a beu» resulta más económica, con cinchas retorcidas que sujetan el material vegetal.

Bien hecho y con mantenimiento periódico, un teito aguanta unos veinte años antes de necesitar una renovación completa.

A su vez, el aislamiento que ofrece esta cubierta vegetal supera al de la pizarra o la teja. Y es que, en pleno invierno, con temperaturas exteriores medias de dos grados, el interior de la cabaña puede mantenerse en torno a los quince grados sin calefacción añadida.

Al no tener chimenea, el humo del fuego escapa poco a poco a través del propio tejado.

¿Dónde sobreviven hoy estas «cabañas islandesas» españolas?

Penosamente, el siglo XXI no ha sido amable con estas construcciones. La despoblación rural y el abandono del cultivo de centeno han acelerado su desaparición, y los teitadores capaces de reparar estos tejados escasean cada vez más.

Aun así, algunos núcleos han logrado conservarlas. En el municipio de Somiedo se calculan unos 300 teitos en pie, la mayoría cabañas ganaderas más que viviendas, mientras que en 2007 se subvencionó el mantenimiento de 373 de ellos.

En el Bierzo y los Ancares leoneses sobreviven cerca de 60 pallozas, repartidas entre Balboa, Cantejeira, Suárbol o Cariseda, con Balouta como el núcleo mejor conservado de la provincia de León.

Piornedo, ya en territorio gallego, mantiene trece teitos con teitadores contratados de forma regular, mientras que Campo del Agua perdió buena parte de su conjunto en un incendio de 1989 que arrasó la mayoría de sus cabañas.

El origen de los teitos se remonta a los castros prerromanos

El origen de estas cabañas se remonta a los castros prerromanos del noroeste peninsular, cuyas viviendas circulares de piedra ya anticipaban esta forma de construir.

La incorporación del espacio para el ganado dentro de la misma vivienda se considera una de las grandes innovaciones de la época protohistórica en las construcciones del norte de España y del norte de Europa.

La primera referencia escrita conocida aparece en el siglo XVI, cuando el escritor Eugenio de Salazar describió estas cabañas en Tormaleo, Asturias.

Cinco siglos después, unas pocas siguen en pie con el mismo tejado de hierba, resistiendo el mismo frío que inspiró su diseño original.

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