La psicología deja claro que las personas nacidas en los años 50 y 60 no dejaron los estudios porque quisieran: la vida les obligó a asumir responsabilidades mucho antes de tiempo
La reflexión de Carlos Ruiz Zafón en 'El Juego del Ángel': "Después de todo, tendré una vida entera en la que morir"
Carlos I de España: "Hablo el español con Dios, el italiano con las mujeres, el francés con los hombres y el alemán con mi caballo"
Tirar peladuras de naranja por el váter una vez a la semana: ¿para qué sirve y por qué lo recomiendan?
Hay una generación entera en España —y en buena parte de Europa— que creció escuchando una misma frase en casa: «aquí no se puede estudiar, hay que trabajar». Quienes nacieron entre los años 50 y 60 no dejaron los libros porque no les gustaran o porque no tuvieran ambición. La psicología actual lo explica de forma mucho más sencilla y, a la vez, más dura: la vida no les dio alternativa.
Una educación que, simplemente, no estaba al alcance de todos
En aquella época, la escolarización secundaria no era ni obligatoria ni accesible para la mayoría. En países como Francia, de donde proceden algunos de los datos estadísticos más citados sobre esta generación, apenas un 70% de los jóvenes seguía estudiando a los 16 años, y la edad mínima para abandonar la educación no se amplió hasta mediados de los años 50. En España, el contexto era parecido o incluso más duro: acceder a estudios por encima de lo básico era, directamente, un privilegio económico que la mayoría de las familias no podía permitirse.
A eso se sumaba un mercado laboral mucho más exigente desde edades muy tempranas. No era raro empezar a trabajar a los 17 o 18 años, y en las zonas rurales, mucho antes, ayudando en el campo o en el negocio familiar desde la infancia. No se trataba de vocación ni de elección personal: se trataba de que la economía familiar dependía de esos brazos adicionales.
Las mujeres, con la puerta aún más cerrada
Si para los hombres de esa generación el margen de elección era pequeño, para las mujeres era prácticamente inexistente. Hasta 1965, muchas no podían trabajar de forma legal sin el consentimiento de su marido, y en los años 60 apenas un 40% de las mujeres de entre 30 y 50 años tenía un empleo. El concepto de «vocación profesional», algo que hoy damos por hecho al hablar de orientación académica, era sencillamente irrelevante para la mayoría de las jóvenes de la época: sus opciones estaban limitadas de antemano al hogar o a unos pocos oficios considerados «apropiados».
¿De dónde sale entonces su fortaleza?
Aquí la psicología pide prudencia, y conviene explicarlo con honestidad: no hay un estudio que diga, sin matices, que trabajar de niño «fabrica» personas resilientes. Lo que sí apuntan varias investigaciones es que esta generación creció con mucha menos supervisión adulta de la que tienen los niños hoy, en un equilibrio que a veces bordeaba el desamparo. Pasaban horas resolviendo solos sus propios conflictos, sin un adulto mediando en cada discusión o en cada golpe de la vida, y eso, con el tiempo, les entrenó una tolerancia a la frustración que hoy sorprende a las generaciones más jóvenes.
Algunos psicólogos recurren a una metáfora muy visual para explicarlo: la resiliencia se parece más a la flexibilidad del junco que a la rigidez del roble. El roble es fuerte, pero se quiebra ante un viento lo bastante intenso; el junco se dobla, resiste y vuelve a su posición. Esta generación, dicen, aprendió a doblarse sin romperse porque no le quedó otra.
Una fortaleza que no se eligió, y que no conviene idealizar
Dicho esto, los propios expertos insisten en algo importante: autonomía no es sinónimo de abandono, y la resiliencia no nace solo de la adversidad. El cuidado, la seguridad emocional y el contexto familiar siguen pesando tanto o más que la obligación de madurar pronto. De hecho, un estudio estadounidense con casi 10.000 niños encontró una relación entre asumir tareas y responsabilidades desde pequeños y un comportamiento más prosocial y competitivo en la vida adulta, pero los propios autores fueron claros: era solo una correlación, nunca una causa directa.
Así que no, no se trata de romantizar una infancia marcada por la falta de oportunidades. Se trata, simplemente, de entender que cuando alguien de esa generación dice «yo no pude estudiar», no está contando una anécdota menor. Está describiendo, con pocas palabras, una época entera en la que crecer deprisa no era una virtud que se cultivaba, sino una condición que se imponía.
Temas:
- Educación
- Psicología