La enseñanza de San Francisco de Asís sobre la paz que millones de personas han convertido en guía de vida: «Señor, haz de mí un instrumento de tu paz»
San Francisco de Asís nos dejó muchas enseñanzas. Una de ellas es sobre la paz, y millones de personas la han seguido.
San Francisco de Asís, vida, legado
Reflexión de Francisco de Asís sobre la vida
San Francisco de As

Pocas oraciones en la historia de la literatura espiritual han logrado impregnar la conciencia colectiva con la fuerza de aquella que arranca proclamando «Señor, haz de mí un instrumento de tu paz». Asociada casi de manera automática a la figura de San Francisco de Asís, esta invocación ha cruzado fronteras confesionales, culturales y políticas hasta convertirse en una especie de manifiesto ético universal. No importa si se pronuncia en un templo de piedra del umbría italiano, en una cumbre internacional o en la soledad de una habitación de hospital: sus palabras conservan un magnetismo intacto que interpela directamente a la responsabilidad individual. ¿Cómo fue este pensamiento de San Francisco y qué impacto tuvo en esa sociedad?
Una paradoja en la historia
Sin embargo, detrás de la belleza de su cadencia existe una paradoja histórica fascinante que suele pasar desapercibida para el gran público. La célebre Oración por la paz no pertenece al puño y letra del Poverello de Asís, ni tampoco aparece en las fuentes franciscanas medievales de los siglos XIII o XIV.
El curioso viaje de un texto anónimo naciente en Francia
Para rastrear la verdadera peripecia de este escrito hay que viajar en el tiempo hasta los primeros años del siglo XX. La primera publicación impresa de la que se tiene constancia formal data de 1912, en las páginas de una pequeña revista espiritual francesa llamada La Clochette (La Campanita), editada en París por el sacerdote Esther Bouquerel.
Apareció de forma totalmente anónima, bajo el título Belle prière à faire pendant la messe (Bella oración para decir durante la misa). El impulso definitivo para su difusión planetaria llegó en medio de la vorágine de la Primera Guerra Mundial.
En 1915, en un continente devastado por la violencia del frente, el papa Benedicto XV hizo un llamamiento público a la paz y distribuyó el texto impreso en italiano a través del periódico del Vaticano, L’Osservatore Romano. Fue precisamente en ese contexto de desesperación colectiva cuando la oración comenzó a imprimirse en estampas religiosas.
¿Cómo terminó entonces unida indisolublemente al santo de Asís?
La conjunción fue casi poética. Hacia 1916, una estampa que llevaba impresa la oración por un lado y una imagen de San Francisco por el otro empezó a circular masivamente entre los soldados y la población civil. La coincidencia gráfica, sumada a que el espíritu del texto sintonizaba de forma milimétrica con la vida del santo del siglo XIII, hizo el resto. La devoción popular completó el puente histórico.
Aunque la crítica filológica haya aclarado su origen contemporáneo, la vinculación no resulta artificial: nadie encarnó el mensaje de esa plegaria con mayor radicalidad que Francisco.
Un mecanismo de transformación inversa
Si se examina la arquitectura del texto, se descubre una delicada filigrana psicológica y moral. La estructura no se limita a pedir la paz como si fuera un don exterior que cae del cielo de forma pasiva. Esta estrategia es totalmente única en el sentido de que nos exige actuar como el conducto por el cual se dará la reconciliación en la Tierra.
La descentración del yo: el secreto de la paz interior
La segunda mitad de la oración da un giro sobre sí misma y aborda el que quizá sea el gran obstáculo de la convivencia humana: la tiranía del egoísmo. En una época inclinada a medir los vínculos en términos de beneficio mutuo o rendimiento personal, el texto contrapone una lógica desconcertante. Buscar ser comprendido, ser consolado o ser amado genera una dependencia permanente de la aprobación ajena. La oración propone invertir el vector de la atención: la verdadera madurez interior no se alcanza cuando se exige consuelo, sino cuando se ofrece.
Esta dinámica culmina en las líneas finales, donde se enuncia la célebre paradoja espiritual: es dando como se recibe, es olvidándose de uno mismo como se encuentra la libertad interior y es perdonando como se sana la propia historia. Resulta innegable que esta lógica conecta de forma profunda con la trayectoria del propio San Francisco de Asís.
Una vida dinámica, llena de acciones con la sociedad de su entorno
El joven acomodado de Umbría que desnudó su vida frente al obispo para abrazar la pobreza no teorizó sobre la paz desde un despacho. Se fue a vivir entre los leprosos, caminó descalzo por los caminos de Italia y llegó a cruzar las líneas de las Cruzadas en Egipto para entrevistarse pacíficamente con el sultán Al-Kamil en pleno conflicto bélico.
La oración, aunque redactada siglos más tarde, capturó ese mismo aliento radical. Por eso sigue pronunciándose en foros tan distantes de su origen. Su fuerza no reside en una teología dogmática o compleja, sino en la simplicidad con la que nos recuerda algo básico: que la paz no es un tratado que firman los gobiernos en las alturas, sino una postura diaria ante las asperezas del mundo.
Temas:
- Religión católica