¿Y si prohibimos a Sánchez?
Sánchez está muerto (políticamente) pero se resiste a aceptarlo. Ya ni siquiera le reconforta tocar la lira mientras arde la nación que gobierna, dejando cenizas por donde pasan sus reales decretos. Como tirano decadente, intenta, en su búnker de cianuro y palmeros, que nos olvidemos del medio centenar de muertes que su inútil responsabilidad, y la de Puente, produjeron en Córdoba. No habrá damnatio memoriae que impida recordar a quienes dejaron su vida en las vías por la constante negligencia de puteros y macarras del enchufe.
Seguimos sin saber dónde está el dinero que no se invirtió en mantener las infraestructuras ferroviarias. El mismo Gobierno cuyos miembros y empresas amigas se forraban mientras la gente fallecía en plena pandemia. Ahí están, ellos, los que negaron obras y dinero a Valencia porque la agenda climática se lo impedía y cuyo fanatismo energético nos convirtió en Burundi por un día.
Y como Sánchez sabe que hay una España desmemoriada, se fue con los ricos del mundo a decirles que, con su permiso, piensa prohibirnos la libertad de expresión y cancelarnos las redes sociales. Poco tardaron estas en dibujarle al autócrata demacrado el bigotito que hizo célebre al pintor austríaco. Su anuncio lo realizó con pose de tirano mandibular que, a falta de ademanes hitlerianos, le sitúa en modo Robespierre castizo a punto de dar lustre a la guillotina. A la sangrienta La Vendée le sucederá en el tiempo el trasunto soviético del petit Napoleón de Moncloa, que regurgitará su plan siniestro mientras acaba las obras completas de su mentor, Largo Caballero. Él también sabe que el socialismo es incompatible con la democracia.
La dictadura hace tiempo que está en marcha, dirigida desde una Europa desunida en torno a burócratas sin corazón, pero controlada en montes lejanos, que diría Aznar. Sánchez es sólo su ejecutor, el tonto útil que ejercerá de verdugo contra las pocas libertades que nos queden. Le gusta ir por ahí a presumir de resistencia ante Trump o de caudillo de causas progres, mientras empobrece al país y lo llena de ilegales y delincuentes. No sigue ningún manual porque el catecismo es el de toda la vida: paternalismo de Estado, cuando trata a los ciudadanos de párvulos imbéciles que necesitan de tutela e intervencionismo constante en la vida del contribuyente, al que persigue, acosan, asfixian y encima exigen silencio y aceptación. En definitiva, el socialismo caviar de siempre, todo por el pueblo, pero sin el pueblo. El dinero que expolia a los que menos tienen, acaba rellenando las opíparas cuentas corrientes de los que en mítines levantan el puño diciendo que representan a la famélica legión. Ya son cuatro de cada diez españoles los que te reconocen, según un estudio de Funcas, que no llegan a fin de mes, y la mitad ha empeorado su situación económica desde que llegó Sánchez al poder. Pero son progresistas y tal.
Y en esa deriva frenopática de tirano desbocado, no quedará nada en pie que cuestione su liderazgo mesiánico, y hará todo lo que esté en su mano, y en la de su servil Cándido, para que la alternativa democrática nunca llegue a efectuarse. En su ADN totalitario, el sanchismo prevé una España donde el estallido social venga de quienes cada día sufren de aquello que el régimen denuncia: acoso, mentiras y persecución.
Ahora quieren censurar las redes porque éstas escapan a su control. Se rebelan contra ellas porque hasta ahí no llega la publicidad institucional, como tampoco sus bulos y mentiras que sí cuelan en el No-Do de Ruiz y Cintora, en la Ser de Angelines o en Lo País. Pero les ha salido mal. Ahora el mundo ya sabe que Sánchez es un líder corrupto. Quizá el más corrupto de los que se encuadran en las -mal- llamadas democracias liberales. Su esposa está procesada por corrupción. Como su hermano. Sus antiguos números dos también son inquilinos de la cárcel. El partido que dirige, investigado por presunta financiación ilegal, está repleto de delincuentes y acosadores sexuales. Su familia y él mismo se lucraron de la prostitución y el proxenetismo en negocios donde acudían menores. Su gestión ha provocado el mayor número de muertes de toda Europa. Y ese siniestro legado ya lo sabe todo el mundo, gracias a su anuncio-deseo de prohibir a los ciudadanos que se expresen con libertad en redes sociales.
Como ya es sabido a poco que uno abra un libro de historia, la izquierda, socialista o comunista, quiere prohibir todo aquello que no entra en su cosmovisión totalitaria, o perjudica su autoproclamado derecho a vivir de lo público. Ahora quieren legalizar a medio millón de inmigrantes porque los de aquí ya no les votan. Cuando no hay vivienda, porque no es rentable construirla, ni hay trabajo, porque no compensa crear negocios, salvo que seas millonario y puedes permitirte entrar en pérdidas cada mes, al sátrapa trilero se le ocurre llenar el país de vulnerables con derecho a todo, mientras al que contribuye le quita cada día la sal y el pan. Sonríe cuando lee que cada vez más españoles quieren ser funcionarios, porque es ahí donde el autócrata ve su última oportunidad de implantar la dictadura que siempre soñó su referente moral. La izquierda ha pasado del «prohibido prohibir» al prohibido pensar, criticar, votar o vivir. Igual, lo que hay que prohibir es a estos tiranos que prohíben.