Relevo a la guardia

Relevo a la guardia
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  • Clara Zamora

Por temperamento, el pueblo español es refractario a toda forma de dictadura. La sacrosanta democracia constitucional está acostumbrada al favoritismo abusivo, a la farsa parlamentaria y al carnaval perpetuo de las crisis ministeriales. Pero esto ya ha alcanzado el grado de blasfemia. “Un buen gobierno obedece” es el mensaje contundente de “¡Basta ya!”. El buen pueblo español ruge de furor ante la obra maldita de los traidores que encabezan el Gobierno. Ha determinado seguir unido y activo ante la chusma demagoga vertida en tantos ridículos y vulgares discursos. El pueblo español, siempre hidalgo y generoso, no tolera ya más vileza y empieza a moverse por la indignación. ¿Y por qué hemos llegado hasta aquí?

Se ha echado de menos en la resistencia a algún líder que pudiera encasillarse en el concepto clásico de la alta política, alguien con paso ligero y el brillo de un entendimiento agudo y rebelde. Ha faltado algún gobernante o aspirante a serlo que sea español hasta el tuétano de sus huesos, que se complazca en demostrarlo en todas las circunstancias y bajo todos los cielos, que ame con delirio a España, porque en ella haya nacido y porque también es suya. Incluyo aquí a alguien que ostente alguna herencia por derecho divino, es decir, una naturaleza de rey nato. Perdonaría cualquier extravagancia donjuanesca si a cambio tuviera una figura presente, de naturaleza indómita, que supiera restablecer el equilibrio perdido, que actuara en busca de tangibles realidades.

Veo a lo lejos a seres en nebulosa que miran su responsabilidad histórica a través de unos prismas. El bosque heráldico de los altos linajes españoles ha descollado históricamente, al ocupar de forma habitual altos puestos en todos los ámbitos que han ido dirigiendo nuestro país. Dice una conocida cita que ni la alcurnia ni la riqueza son virtudes, bastan para alcanzar honores. Ser la puntualidad misma es necesario, pero no es suficiente. Considero obligado participar activamente. Se demandan hombres y mujeres de raza, con carácter, con seguridad, que sepan dónde pisan y que pisan, porque pueden pisar. Que sientan el deber de la historia en sus hombros, pero no a través de una pantalla de iPad. Se demandan caracteres de acero. ¿Dónde están esas estirpes que hicieran grande a nuestra España? ¿Acaso no saben que son los más odiados de todos por este esperpento que nos amenaza?

Hay poco brío y mucho desdén. No hay una oposición clara, constante, unida, sólida, que suponga una deidad simbólica para todos los españoles que no estamos de acuerdo con lo que está sucediendo. Avanza una bestia monstruosa, que está herida por la indiferencia, por la irresponsabilidad, por la insensibilidad, por la corrupción. Esa bestia se viste de forma suntuosa y fantástica con el símbolo del amor a su patria, su bandera. Y se está tirando a la calle, desesperada. Esa bestia va a ser incontrolable en poco tiempo, toda desnuda, despreocupada de las ligas rojas, con torsos vibrantes. Irán a por la cabeza de Pedrísimo al grito de “¿Dónde estás, verdugo mío?”.

Algunos necesitan vengar a sus seres queridos, otros avanzan furiosos por lo que ven injusto, otros por la evidente agonía de su vida confortable. Tanta mentira e incompetencia concentrada no puede crear más que un frenesí como el que viene. Más fácil hubiera sido haber hecho honor al concepto de la alta política desde un principio, pero para eso España hubiera tenido que contar con algún hijo privilegiado y, evidentemente, ese ser capaz de superar estas fallas y otros defectos pretéritos con vistas a un futuro mejor no existe o no ha querido dar un paso al frente en esta selva política. El resultado va a ser la inminente revolución, como siempre, con su jaca y su vara.

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