Sánchez y sus 700 guionistas
Hay personajes políticos que parecen salidos de un manual de ciencia política. Y luego está Pedro Sánchez, que parece más bien una criatura de guionistas, una especie de protagonista de serie política con más temporadas que Cuéntame y con más giros argumentales que una telenovela venezolana en hora punta.
Lo cierto es que el personaje tiene mérito. No sabemos si mérito político, histórico o puramente teatral, pero mérito tiene. Porque hay que reconocer que mantenerse en el centro del escenario durante tantos años exige una combinación de resistencia, audacia y cierta vocación de actor shakesperiano que no abunda en la política española. Sánchez no gobierna: interpreta.
Y lo hace, además, con un equipo de guionistas que ya quisieran en la Casa Blanca. Se dice que tiene cerca de 700 asesores. Setecientos. Que no es una cifra, es una productora audiovisual. Eso ya no es un gabinete político, es una sala de escritores de Netflix. Uno imagina una mesa larga en Moncloa con veinte personas discutiendo el capítulo de la semana:
—A ver, en el episodio de mañana, ¿Sánchez se reconcilia con sus socios o anuncia una reforma constitucional?
—No, mejor aún: hacemos las dos cosas, pero en orden inverso para que haya suspense.
La política española, desde que Sánchez ocupa el escenario, funciona un poco así: como un thriller parlamentario donde cada capítulo incluye un giro inesperado. Un día es el líder que resiste contra su propio partido.
Al siguiente es el estratega que vuelve por la puerta grande tras una derrota interna. Y al siguiente, está negociando con medio arco parlamentario para armar una mayoría que, sobre el papel, parecía tan probable como ver a un árbitro del VAR invitado a una feria taurina.
En ese sentido, Sánchez se parece más a Manuel Godoy que a los políticos grises de manual. Aquel Príncipe de la Paz de Carlos IV que sobrevivía a conspiraciones, intrigas palaciegas y enemigos varios con la elegancia de quien siempre tiene un plan B en el bolsillo del chaleco. La comparación, por cierto, adquiere ahora una ironía deliciosa: mientras el presidente ensaya su nueva línea electoral del ‘No a la guerra’, uno casi imagina a algún asesor proponiendo el título nobiliario para la campaña: Pedro Sánchez, Príncipe de la Paz… versión Moncloa. En política, como en el teatro, el nombre del personaje siempre ayuda.
Por eso resulta tan fascinante el protagonista. No porque uno esté de acuerdo con él —eso ya depende del ánimo de cada cual— sino porque ha convertido la política en una narrativa continua. Sánchez no gobierna en ciclos legislativos: gobierna en capítulos.
Y mientras tanto, el país observa el espectáculo con la mezcla de escepticismo y curiosidad que provoca cualquier serie de éxito. Los hay que siguen cada episodio con entusiasmo militante, como si fuese la final de la Champions ideológica. Otros lo ven con ironía castiza, apoyados en la barra del bar, comentando la jugada con la resignación del aficionado que sabe que el partido siempre acaba en prórroga.
Al final, quizá esa sea la verdadera habilidad del personaje. No tanto convencer —que eso ya es más complicado— como mantener la atención del público. Y en una época donde todo dura quince segundos en redes sociales, sostener una trama política durante años ya es una proeza narrativa.
Así que uno no sabe si Sánchez pasará a la historia como estadista, estratega o simplemente como el protagonista de la serie política más larga de la democracia española. Pero lo que está claro es que, con setecientos guionistas detrás, la temporada aún no ha terminado. Y en Moncloa, seguramente, ya estarán escribiendo el próximo capítulo… firmado por Su Excelencia el Príncipe de la Paz contemporáneo.