El progresismo tiene poco humor

progresismo, Gobierno, Pedro Sánchez

El progresismo contemporáneo ha decidido caminar por la vida con gesto adusto, como si la sonrisa fuera una concesión ideológica peligrosa. Reír, al parecer, corre el riesgo de trivializar la causa, y la causa —siempre elevada, siempre urgente— exige gravedad litúrgica. Así, el humor queda relegado a sospecha, a territorio incómodo, casi reaccionario.

La escena es conocida: la política convertida en púlpito moral desde el que se dictan consideraciones universales sobre la dignidad humana, generalmente en tono paternalista y con esa seguridad que otorga la convicción de estar en el lado correcto de la historia. El problema no es la preocupación por la dignidad, que es legítima, sino la tentación de administrarla como si fuera un monopolio ideológico.

En ese clima aparece la última polémica. El ministro Pablo Bustinduy, uno de los rostros más visibles de la nueva sensibilidad regulatoria, tal vez para justificar otro departamento inane, ha contribuido a reabrir el debate sobre determinados espectáculos cómicos tradicionales protagonizados por personas con acondroplasia. La tesis oficial sostiene que su participación implica necesariamente humillación y ridiculización. El diagnóstico, sin embargo, vuelve a formularse desde fuera, con más convicción moral que escucha efectiva hacia quienes llevan décadas reivindicando su trabajo como oficio, sustento y también expresión artística.

Aquí el progresismo tropieza con su contradicción favorita: defender la autonomía individual… salvo cuando la decisión no encaja en el marco moral previamente diseñado. La libertad es un concepto admirable, pero parece tener letra pequeña. Si el sujeto elige algo que incomoda al relato, la elección pasa a ser sospechosa, cuando no directamente invalidada.

El resultado es una forma de tutela estética y moral que recuerda más a una comisión de buenas costumbres que a una sociedad plural. Se protege a las personas negándoles agencia, se combate la caricatura prohibiendo el contexto, y se combate la ofensa eliminando el matiz. Todo muy serio, muy responsable, muy poco humano.

El humor, precisamente, siempre ha sido territorio de exageración, de incomodidad y de irreverencia. Pretender que el humor no moleste es como exigir que la sátira pida permiso. La tradición cómica —del esperpento a la revista— ha jugado con lo imperfecto, con lo absurdo y con lo incómodo mucho antes de que existieran departamentos ministeriales dedicados a vigilar la sensibilidad.

Hay en cierto progresismo una pulsión higienista: ordenar la realidad, eliminar lo ambiguo, reducir la complejidad a un manual de instrucciones morales. Pero la vida, y el humor, resisten mal los manuales. La gente quiere trabajar, decidir, equivocarse incluso, sin que una voz institucional traduzca su biografía a lenguaje terapéutico.

Quizá el problema no sea la defensa de la dignidad, sino la incapacidad para convivir con la ironía. Porque la ironía introduce duda, y la duda es incómoda para cualquier discurso que aspire a ser incuestionable.

El progresismo, cuando pierde el humor, pierde algo más importante: la capacidad de mirarse a sí mismo. Y pocas cosas resultan más sospechosas que una ideología —o un ministerio— incapaz de soportar un chiste.

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