Ni una mujer

Ni una mujer
  • Carla de la Lá
  • Escritora, periodista y profesora de la Universidad San Pablo CEU. Directora de la agencia Globe Comunicación en Madrid. Escribo sobre política y estilo de vida.

He mirado tres veces las fotos de la cumbre entre China y Estados Unidos porque no me creía lo que veía. Los dos países más poderosos del mundo reunidos para decidir el futuro, aranceles, tecnología… Y ni una sola mujer sentada en esa mesa. He buscado. He ampliado la imagen. Nada. Solo trajes oscuros, corbatas y la seguridad de quien lleva el carrito de los cafés. Adivina.

Esas fotos no son una anécdota de esta semana. Son un espejo sociocultural, un indicador evolutivo. Una mesa larguísima, banderas, solemnidad geopolítica, caras graves, la humanidad negociándose a puerta cerrada. Pero ninguna mujer. Ni una.

En serio, vuelvo a mirar las fotos por si acaso. He pensado que quizá habría una cancillera escondida detrás de un ficus, una asesora estratégica medio desenfocada o abrochándose los cordones. Nada. Ni un quince por ciento. Ni una cuota simbólica para tranquilizar conciencias. Cero.

En efecto, discutimos sobre lenguaje inclusivo, techos de cristal y paneles paritarios, pero la realidad tiene la mala costumbre de irrumpir como una bofetada: la igualdad aún no ha llegado ni siquiera a los mínimos básicos del poder duro. El de verdad.

La ausencia en esa sala de Pekín no es una casualidad. Es la fotografía exacta del sistema que habitamos. China no tiene mujeres en su cúpula de poder. Y Estados Unidos acaba de demostrar que tampoco, después de haber estado a punto de elegir presidenta y haber elegido no hacerlo. Dos modelos políticos completamente distintos, un mismo lenguaje (el machismo es el idioma de la tierra). En España el diagnóstico no mejora ¿para cuándo una mujer en la Moncloa? El cementerio de las casi-presidentas españolas es estremecedor.

Ahora bien, antes de que alguien saque el megáfono ideológico, voy a decir algo que probablemente incomode tanto a feministas dogmáticas como a machistas de sobremesa: el patriarcado no es un consejo secreto de hombres malvados fumando puros mientras planean cómo oprimirnos. Ojalá fuera tan simple. Al menos tendríamos un villano claro.

No. El patriarcado contemporáneo es bastante más sofisticado. Vive en las estructuras, en inercias históricas, redes de poder y jerarquías construidas durante siglos. Pero, aquí viene la parte que escuece, también vive dentro de nosotras. Porque el gran triunfo del machismo moderno no es impedirnos votar, trabajar o estudiar. Quizá el superpoder más brillante de esta idiosincrasia es seguir convenciéndonos de que nuestra principal misión es cuidar y gustar, gustar y cuidar. Y que lo hemos decidido solitas. En libertad… ay.

Ellos conquistan territorios, empresas, partidos políticos, laboratorios, ejércitos o consejos de administración. Y nosotras a lo nuestro, preguntándonos si el pelo está encrespado, si el surco nasogeniano, si dos kilos de más o menos, si el esmalte en primavera o si parecemos suficientemente deseables aunque tengamos 63 años.

Sí, ya sé. Hay científicas, políticas, empresarias extraordinarias… Generalizar es injusto, pero también es necesario para extraer conclusiones. Y conviene recordar que existe un porcentaje inmenso de mujeres que no tienen tiempo ni para pensar. Mujeres que trabajan de sol a sol, cargan agua, cuidan ancianos, crían hijos, cocinan, sobreviven, cosen, limpian, paren y sostienen el mundo sin descanso ni Instagram. Mujeres cuya vida es trabajo, agotamiento y sumisión.

Y luego estamos una pequeña minoría privilegiada: las occidentales con techo, derechos, universidad y libertad jurídica. Nosotras, las que podríamos estar ocupando más espacio en las salas donde se decide todo…. Seguimos peligrosamente entretenidas.

Hay algo muy jodido en una civilización donde millones de mujeres inteligentes dedican más tiempo mental a pesar menos, parecer más jóvenes, y a servir, que a conquistar cotas de conocimiento, dinero y poder. A la vista está que no tenemos voz.

Mientras sigamos obsesionadas con resultar atractivas y compacientes, seguirá sin haber una presidenta de Estados Unidos, ni en España, ni demasiadas mujeres sentadas donde se decida algo más importante que el color de las cortinas institucionales.

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