Honoris causa kale borroka

Honoris causa kale borroka
  • Valentí Puig

Algunas universidades de Cataluña llevan demasiado tiempo intentando convivir con la presión independentista –si no protagonizarla- por la vía de negarla o de someterse a una complicidad que tanto en términos institucionales como morales es perversa. Mientras la Cataluña no nacionalista ejerce su pluralismo entre la espada y la pared, gracias a la solidez del Estado a pesar de todo, espacios elementales de la libertad intelectual siguen sujetos a la espiral del silencio. No puede decirse que haya un ‘fair play’ académico sobre el debate de lo que está ocurriendo en la sociedad catalana. En un enfrentamiento con los estudiantes del independentismo más radical, encapuchados,  la rectora de la universidad de Tarragona tuvo que escuchar que las leyes no sirven para nada y asumir el dilema de cerrar o no la universidad con la más reciente “huelga de país”, organizada por la inter-sindical independentista que dirige Carles Sastre, quien en 1977, en plena transición democrática, asesinó al industrial José María Bultó poniéndole un artefacto explosivo en el pecho, y también se le sospechó organizador del atentado contra el exalcalde Viola. Carles Sastre es un asiduo psicopatológico de TV3. 

Esa indefensión es la zozobra de cientos de profesores que son críticos con el ‘procés’ y de miles de estudiantes que quieren ejercer el derecho a la educación y asistir a clase porque no consideran incompatible sus derechos con tener una u otra posición política. La propuesta de invitar a expertos en constitucionalismo, de distintas tendencias, para debatir el contenido de la sentencia del Tribunal Supremo fue rechazada en una de las universidades como si fuera una iniciativa delictiva, mientras la kale borroka estudiantil –alentada por aquellos profesores que prefieren la causa de la secesión al pluralismo crítico- cierra facultades, corta accesos viarios o veja a los estudiantes que quieren ir a clase. Es otra circunstancia del momento post-liberal que va cuajando en Cataluña. Que todo eso ocurra en la universidad es singularmente siniestro. La coacción de la “universitas” va más allá de la anomalía o de la disfuncionalidad. Irradia intolerancia en dosis que acaban siendo sistémicas.  

¿Para cuándo un doctorado honoris causa colectivo para una representación simbólica de la kale borroka en las universidades de Cataluña? De modo explícito, se ha dado en algunas universidades –no en todas- una negociación entre los estudiantes secesionistas y el rectorado para que cumplimentar las huelgas contra la sentencia y no asistir a clase a fin de participar en sentadas y revueltas no afectase a los expedientes académicos de quienes dan prioridad a la algarada frente al saber y la ciencia. Son los novillos de la kale borroka catalana. Erosionan la función primordial de la calidad universitaria para Cataluña.

Inevitablemente, tenía que ser la universidad de Girona la más voluntariosa al aprobar de forma unánime la adaptación del sistema de evaluación a las ausencias del estudiantado secesionista y al mismo tiempo pedir la libertad de los políticos sentenciados por el Supremo.  Eso implica un claro deterioro de los “standards” académicos y una falta de respeto a los contribuyentes que sufragamos el sistema educativo y que lo desearíamos óptimo, libre y competitivo. Algo huele a neumático quemado en aquellos claustros universitarios que asumen la kale borroka casi como un derecho inalienable.  Visto así, es argumentable que las leyes no sirven para nada.

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